Originalidad es volver al origen
Antoni Gaudí
‘El arte de Gaudí’ (Vaso Roto Ediciones) reúne por primera vez los textos que el poeta, crítico de arte y compositor Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) dedicó al arquitecto catalán Antoni Gaudí entre 1949 y 1966. El libro (edición y prólogo de Enrique Granell) aparece como inevitable conmemoración en el ámbito del centenario de la muerte de Gaudí (10 de junio).
El Gaudí de Cirlot, que vivía solo para su obra en una Barcelona que lo ignoraba, es el revulsivo de una tradición que se movía a la manera de un sonámbulo, el oponente del historicismo del siglo XIX, el creador de una “arquitectura desencadenada” que no se detiene sino hasta el momento de su conclusión, el fundador de de una larga estirpe de artistas plásticos.
Cirlot pasea por las construcciones más emblemáticas (la Sagrada Familia, el Park Güell, la casa Batlló y la casa Milá) proponiendo una arriesgada interpretación: Gaudi señala el encuentro entre la naturaleza, la imaginación, la espiritualidad y la modernidad.
Cuando la mirada, cansada de la monotonía de las edificaciones urbanas, e incluso de los grandes estilos históricos, se detiene ante algo insólito, que une a la grandiosidad de la concepción la novedad vehemente de sus estructuras, podemos decir que hemos encontrado un motivo de grave goce estético. La arquitectura desencadenada de Gaudí es uno de los ejemplos más puros de esa constructividad expresiva, lancinante, a que hemos aludido. Nuestra contemplación puede abarcar los detalles más nimios o sostener el peso de los conjuntos que, con inmenso poder emergente, brotan cautelosos ante la mirada; es igual, siempre nos espera la sorpresa, el hallazgo, el brote purísimo de la creación artística. Hemos visto el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, esas “ruinas del futuro”, el Park Güell que, como un terrible laberinto, se enrosca sobre la antigua Montaña Pelada, la casa Batlló, cubierta de brillante decoración y rematada por una cubierta parecida al caparazón de un animal prehistórico. Hemos visto, y también habitado, la casa Milá, llena de labios, de bocas, de poder tenebroso, plantada como un conjunto volcánico, dominado también por una tersa cubierta blanquecina. Siempre el mismo silencio sinfónico, siempre la misma sensación de lo inesperado, siempre esa maravillosa penetración en nuestro ánimo de lo que se insinúa brutal y dulcemente, cargado de esencias contradictorias, pletórico de instancias que no sabemos si nos conducen a la sonrisa o al miedo. Gaudí queda detrás de todo ello. Está presente en cada una de las formas petrificadas, en cada latido de los hierros, en cada resplandor de los azulejos y de los vidrios. No es posible separar la creación de su creador; los partidarios del arte aislado, como los partidarios de la interpretación exclusivamente psicológica, olvidan que en esa comunión de la persona con la materia se realiza uno de los misterios que esencialmente cumple el hombre sobre la Tierra.
Sin embargo, contemplar la obra de Gaudí no es fácil. No basta con la mirada elemental de los ojos, vírgenes de toda interior preparación apreciativa. La ley de las analogías exige que, para asimilar una construcción, haya dentro de sí todo un trasmundo constructivo, del mismo modo que los ojos no podrían ver el Sol si no tuvieran en ellos algo de ese astro. De todas estas cuestiones trataremos en las páginas siguientes, procurando, fundamentalmente, ordenar las ideas que surgen de esa necesidad contemplativa, tendiendo a la integración de aquellos factores que sentimos como necesarios para poder llegar a la perfecta asimilación de la obra gaudiniana. Pero, antes de empezar, continuemos abocados a la pura visión bruta de las cosas; la suma de sensaciones experimentadas, vividas, será la mejor base sobre la que elevar el edificio de la comprensión. Volvamos al Park Güell, a recorrer sus pórticos de piedras hirsutas, acumuladas como por una tempestad de fuerzas agresivas; veamos su crecimiento, tan rico, tan vivaz, que parece obra de la Naturaleza, pero no de esta que ahora conocemos, cansada, paralizada por millones de años de esfuerzo. La Naturaleza que Gaudí nos muestra es la de los grandes periodos geológicos. Una vegetación carbonífera crispa las estructuras, las agrupa, las dirige, y las eleva con sacudidas de un amor contenido e inmediato. En otras ocasiones, la tensión se expresa en las masas onduladas, en la violencia de los encuentros de las formas. En otras, finalmente, se producen los más extraños contrastes de universos estéticos; desde todas las partes del mundo de los ismos, que son las dimensiones de la capacidad humana, han venido potencias y realizaciones, para reunirse en un canto único, cuya disonancia sustancial no desintegra su belleza, sino que es, solo, expresión de su modalidad.
Contemplemos, en una calle cualquiera de una ciudad de nuestro mundo presente, la brusca aparición de un edificio gaudiniano. Mirémoslo con una absoluta pureza de criterio, o procuremos ahondar en los radios de la estrella que nos ha de llevar al exacto conocimiento de la razón de ser de esas presencias erguidas. Si nos extraña excesivamente el contraste entre la contorsión y la aparente dulzura de las decoraciones, como en el caso de la Conserjería del Park Güell, recordemos la maravillosa escultura románica, en la que una constante y esplendorosa policromía recubre la angustia atormentada de las figuras, talladas a golpes de dolor, de represión, de violencia oprimida y opresora. Si, por otra parte, nos escandalizamos ante la heterogeneidad de la yuxtaposición continua de elementos grandiosos y triviales, de servicios elevados y cotidianos, recordemos, con sinceridad absoluta, la realidad de nuestras vidas, las de todos nosotros, del más alto al más bajo, y veremos que están hechas de idénticas contradicciones, de igual agonía entre el estar en la tristeza vulgar de cada día y el querer ser en la inefable altura que es capaz de alcanzar nuestro pensamiento. El arte de nuestro tiempo no tiene un significado más hondo que el de llegar a demostrar que el mundo de lo estético no le ha sido dado al hombre para el superficial placer de la “belleza”, sino, para resumir, petrificado en él, cuanto quiere que perdure cuando ya no exista ni el recuerdo. El arte es el supremo testigo.
AQ / MCB