La hiperrealidad se desborda en un mundo desigual, pleno de diversas formas de iluminación en las ciudades. Destellos tenues, cálidos y fríos delinean nuestro camino. Luces que se dirigen hacia las contorsiones rítmicas en espacios amplios, repletos de cuerpos que piden un rayo láser más, que esperan una imagen inusitada más. En esos mismos espacios la luz se aferra a hombros y rostros inmersos en la música. La música es un espejo que nos contempla. Al reflejarse la luz sobre nuestros cuerpos habitados por el ritmo, ¿somos espejos de alguien más?
En los aviones, los destellos en el pálpito de sus alas son señales de un rumbo. Y en el sitio más alejado de la ciudad, en la noche, esa luz descansa en la mano: un celular ilumina la belleza de un rostro olvidado. No hay un afuera, pero dentro las distancias permanecen. Y a esto le llamamos avance. Las luces nos confieren la fuerza de un espejo en medio de la oscuridad. De esa forma podemos ser visibles, ¿reales?
Los espejos en la antigüedad ya reflejaban y dirigían la luz; hoy el rayo láser la lanza hacia lo infinito con una sincronía perfecta, como la música. En otro lenguaje, las luces led transforman la morfología de una superficie antigua; sus colores forman imágenes. Estas imágenes pueden crearse con planos, mapas y archivos históricos, símbolos de una memoria que se resguarda por su fragilidad. Cinco almas manipulan lo que se proyecta: es así como las manos programan a partir de imágenes nacidas de siglos de dolor o pasión. El mercurio sobre el cristal, la plata o el aluminio nos recuerdan el agua, espejo natural, la misma que la IA consume hambrienta. Desde esta transformación se articula y se expresa el espíritu creador de INVERSIVE STUDIO: cinco jóvenes dan vida desde el cansancio, la alegría y el error humano. Muestran la materia inasible ante la mirada.
La IA no puede competir con la herida de la historia, con la profundidad de la música que se gesta a partir de la falla afortunada. Si no hay un afuera de este avance que arrasa, entonces se resiste desde dentro. De la misma forma, quien moldea la arcilla con las manos se resiste al algoritmo. Lo conoce y decide hasta dónde permite su infiltración.
Podemos observar una tendencia: luces led que intervienen el espejo, lo horadan, lo atraviesan y condicionan su cuerpo plateado. No hay un afuera. Esta tendencia busca borrar la imagen del desvelo, de nuestro rostro imperfecto. Por eso agrega al espejo una herida metarreal que ilumina. Dejemos a los espejos así, sin luces incrustadas en su cuerpo. Dejemos a los espejos que sean solo espejos, como el cuerpo es solo eso y basta. Y por ser solo eso nos asombra: de él surgen voces que se formaron con la disciplina de la ópera. El cuerpo del artista resiste, negocia y decide cómo expandirse. No necesita algoritmos: los utiliza a voluntad. La música nacida de la formación clásica y operística se infiltra y se sostiene en la creación contemporánea. Así, una pieza de Alejandro Reyes-Valdés, pianista y director de ópera, se gestó desde lo inabarcable y profundo que habita su cuerpo, desde lo que no termina. Reyes-Valdés incorporó a la composición coros de voces operísticas. Otra voz leyó palabras que acompañaron a la música y a la imagen. Esa misma voz, después de escuchar la pieza, la nombró: Pilares del abismo. La voz, refugio del ser, resiste alojada en sistemas y algoritmos con ecos de un órgano de catedral.
No hay un afuera. Pedimos libros extraños de poca circulación a través de plataformas, por ejemplo, para leer Moralidades legendarias, de Jules Laforgue. La luz que notifica su envío elimina la distancia con Jules, autor de esta frase que encontraste en la red y que te arrebató el sueño y te provocó buscarlo: Méthode, Méthode, que me veux-tu ? Tu sais bien que j’ai mangé du fruit de l’Inconscience! [Método, método, ¿qué quieres de mí? ¡Bien sabes que he comido del fruto del inconsciente! —traducción propia—]. Y luego encontrarte entre sus páginas reales y sonoras, hojeándolas con tus dedos, y leer: O petite âme brave, / O chair fière et droite, / C'est moi que j'convoite / D'être votre esclave [Oh, mi corazón bravo, / oh mi carne orgullosa, / solo deseo una cosa: / ser tu esclavo —traducción de Jesús Belotto—].
Del mercurio a la plata, de la plata al aluminio: esa es la profundidad del espejo que muestra nuestra piel. No hay un afuera. Nos multiplicamos en dimensiones vivas. Con o sin luz led, con o sin lo artificial de una inteligencia.
La IA sí puede reproducir el engaño humano, incluso el método; el trance ritual, no; tampoco la suavidad del vuelo del águila ni la sensación que se produce en los dedos al tocar el piano. No reproduce la vivencia. Cada nota es un espejo que se puede escuchar y cuyo reflejo se duplica en la memoria, en los ojos y en la piel.
¿Qué hacemos con esa música hecha de anzuelos, con las imágenes que nos hacen sentir, con los frágiles documentos históricos resguardados y con el entusiasmo por cambiarle el rostro a una edificación para devolverla luego a lo que era? Tenemos en nuestra mirada espejos magnificados, que muestran las sombras que se expanden al infinito cuando miramos detenidamente otros ojos.
AQ / MCB