'No dejes de mirarme' o el poder del arte

Cine

Seleccionada para representar a Alemania en la categoría de Mejor película de habla no inglesa en la edición 91 de los Premios Óscar, la cinta defiende la idea de que la verdadera creación artística florece a partir de la subjetividad.

Tom Schilling en 'No dejes de mirarme'. (Walt Disney Studios)

Fernando Zamora

No dejes de mirarme es algo más que el título de una película alemana; es el consejo que, en ella, ofrece una muchachita un poco loca a su sobrino que quiere ser pintor. La chica se lo dice durante una visita a la exposición de Arte degenerado que promocionaron los nazis en 1937 y que resultó en la primera colección de arte moderno.

No dejes de mirarme fue dirigida por Florian von Donnersmarck, reconocido autor de La vida de los otros, película que, en el 2006, lo volvió famoso. Y como sucede con el gran arte, esta obra está íntimamente relacionada con la vida del autor. Tanto que, a pesar de que el filme parece un retrato de Gerhard Richter, es en realidad un autorretrato. Porque sólo en la superficie No dejes de mirarme cuenta la historia de un pintor que se asemeja a Richter. Esto no importa. Tampoco que a través de su protagonista cuente la historia reciente de Alemania. “Sólo lo subjetivo es arte, si no, sería artesanía”, afirma Donnersmarck. Y tiene razón.

El pintor de No dejes de mirarme aquí se llama Kurt Barnert. Kurt se enfrenta a la definición de pintura que ofrecen tres sistemas: para los nazis, debe ser heroica, para los comunistas, proletaria y para los capitalistas, “una idea”. Sin embargo, lo importante es que a lo largo de su vida el problema de Kurt ha sido existencial: ¿por qué he recibido el don de hacer arte? Sí, puede que en esta pregunta haya alguna relación con Ricther, pero más bien se encuentra íntimamente ligada con la vida de von Donnersmarck quien, después de La vida de los otros viajó a Hollywood, hizo una película con Johnny Depp y luego “se vació”; ya no supo qué decir.

El director se había vuelto una suerte de camaleón que pasó de Berlín a California, del cine de autor al cine de productor. Camaleón. Este apodo despectivo se le ha dado a Richter y en ello estriba la identificación del director con él. Pero hay más: durante el clímax, Kurt consigue que su némesis, que el malo de la película, se desplome. ¿Qué ha visto el profesor Carl Seeband en esta inocente pintura de un niño que parece apuntar hacia otra pintura que representa a un nazi? En la respuesta estriba un discurso en torno al poder del arte y su capacidad para decir aquello que se llama en psicoanálisis “lo sabido no pensado”. En efecto, Kurt el pintor sabe cosas que no ha pensado conscientemente. Más de lo que puede decir. Pero sus pinturas, como las de todos los grandes, develan el interior de sus protagonistas.

Así que, más allá del biopic, No dejes de mirarme es un discurso sobre el poder del arte y éste, el poder, es otro tema: ¿por qué el profesor Seeband mata o deja vivir? Porque puede. Así le responde a un comandante ruso cuando decide salvar a su hijo. Y así responde Kurt, el pintor, cuando le preguntan por qué dibuja letras con consignas proletarias a mano alzada y sin usar plantilla. “Porque puedo”.

El poder del arte, parece estar diciendo von Donnersmarck, radica en la capacidad de revelar algo que está más allá de la superficie, algo que trasciende la técnica y el discurso vacuo del arte moderno. El poder está en “mostrar la verdad”. Porque también eso se lo dice la tía lunática al niño de cinco años: “ahí donde hay algo verdadero, ahí está el arte y está también la belleza”. No se trata de un descubrimiento moderno. Para nada. Ya los medievales sabían que la verdad, para serlo, tiene que estar plenamente identificada con belleza y bondad.


No dejes de mirarme está disponible en Amazon Prime y en HBO.

No dejes de mirarme

Florian Henckel von Donnersmarck | Alemania | 2018

AQ

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