La carrera de Julia Ducournau parece una negociación con el cuerpo. Raw (2016) es una obra maestra. La elogiada Titane es un regodeo en la humillación del ser humano. En Cannes, en 2025, el estreno de Alpha (ahora en cines y streaming) ha sido también contradictorio. Once minutos de pie con aplausos… y abucheos. Muchos críticos simplemente salieron de la sala durante la obra. Se ha dicho que hay en Alpha más de lo que uno debería soportar. Pero no se trata de soportar, sino de pensar que en esta última película la directora vuelve a pensar el cuerpo como objeto del deseo, mutación, enfermedad, trauma y, claro, amor.
La película va de una pandemia que, en muchos sentidos, recuerda a la del sida que tuvo lugar en la década de 1980. Una muchacha se contagia de un virus que transforma en estatuas a las personas. La directora francesa está decidida a encasillarse en el género del body horror y está bien. Pero ¿qué es esto? A menudo se utiliza el término con facilidad para discutir de filmes que se complacen en la deformación monstruosa o la mutilación. Pero el gran cine de horror corporal no está en mostrar carne alterada sino en destruir la estabilidad del protagonista y de los espectadores. El cuerpo deja de obedecer a la identidad, la piel no protege al individuo, lo traiciona. En la historia del cine nadie ha entendido esto mejor que David Cronenberg. No es que el director filme sangre o vísceras gratuitamente, sino que ha entendido que el horror está en la colonización del cuerpo por fuerzas ajenas: tecnología, sexualidad, enfermedad, violencia social. En The Brood de 1979 o en The Fly de 1986, el canadiense hace de la piel una superficie de invasión cultural. Es esto lo que produce horror. Hay también en él un extremo. En Crash, ocurre lo mismo que le sucedió a Ducournau con Titane. Por más que ambas sigan siendo finísimas desde el punto de vista formal, el cuerpo erotizado termina por volverse éticamente ambiguo. Porque ni Titane de Julia Ducournau ni Crash de David Cronenberg se limitan a explorar la transformación del cuerpo con todas las metáforas implicadas; en ambas los protagonistas se entregan voluntariamente a la deshumanización. Se abandona así el horror trágico y los directores entran en una zona en que uno se pregunta si es ético estar viendo cómo se humillan así los actores. Esta es, me parece, la diferencia entre representar la degradación y elogiarla.
Ducournau es para muchos la maestra de las identidades, pero con Titane llegó a un extremo que resultó incluso de risa loca. Y Ducournau parece haber escuchado esas risas. Ahora, en Alpha no renuncia al body horror, pero abandona el nihilismo de Titane. Y construye algo que vale la pena mirar: memoria del sida, miedo a la enfermedad, la drogadicción, el trauma familiar. Alpha es una chica que teme haber sido contagiada tras compartir una aguja. Su tío se consume lentamente por este virus que petrifica los cuerpos. Y por primera vez la elogiada directora francesa introduce la dimensión de un miedo colectivo. En ello radica la importancia de Alpha como película. Puede que siga cosificando, pero lo hace para que el espectador se aterrorice de su propia paranoia frente a la enfermedad. Las mejores escenas de Alpha son tristes con toda autenticidad. Los cuerpos se agrietan y hay una madre que busca obsesivamente cualquier señal de infección. No está aquí ya la densidad hiperbólica de Titane sino la belleza atroz del mejor cine de Cronenberg y la propia Ducournau.
¿Dónde ver Alpha?
La cinta de Julia Ducournau está disponible en salas de la Cineteca Nacional y cadenas comerciales Cinépolis.
Alpha
Dirección: Julia Ducournau | Francia, 2025.
AQ / MCB