Desde hace más de tres décadas, Armando González Torres (Ciudad de México, 1964) viene construyendo una de las obras más sólidas de la literatura mexicana reciente, centrada en la poesía, el aforismo y el ensayo, además de la reseña y el artículo. Se trata de un escritor al que caracterizan la erudición siempre tamizada por el humor sutilmente ácido (y por ello más corrosivo), la elegancia sobria en el estilo, la riqueza lingüística, el escepticismo ante las modas, sobre todo las ideológicas, y una curiosidad afortunadamente insaciable que, a últimas fechas, lo ha llevado por los caminos del arte de la conversación en el siglo XVIII, los libros alegres y optimistas, y las utopías con sus promesas y riesgos.
Me parece que su libro más reciente, La tiranía de los Quijotes (Jus, 2026), extiende y continúa de alguna manera el tema utópico, en la medida en que el famoso caballero pretende instaurar en la Tierra, o por lo menos en España, el imperio, precisamente utópico, de los valores de la caballería andante. Qué suele resultar de tales intentos es lo que examina, primero, en Jardines en el cielo (Ariel, 2025), y ahora en esta obra sobre el Quijote y sus muchas, variadas hasta lo contradictorio e incluso inverosímil, y con frecuencia dañinas interpretaciones.
Entre los numerosos mitos modernos, si empezamos a contar justamente desde la época de Cervantes y Shakespeare, ninguno ha tenido esa diversidad de interpretaciones, y eso tomando en cuenta que una de las características de todo mito debe ser precisamente la posibilidad de interpretarlo en más de un sentido. Ese mito, como bien apunta González Torres, es en todos los casos un personaje literario que escapa de los libros en los que nace, y toma la calle para continuar sus andanzas en la imaginación, incluso, de personas que lo citan sin jamás haber leído la obra original; en el teatro, el cine, la música, las artes gráficas o el cómic y, casi siempre con escasa fortuna, en la política.
Ni Hamlet, ni Don Juan, Robinson Crusoe, Frankenstein, Drácula, Sherlock Holmes o Tarzán han sido tan manoseados por personajes públicos, desde intelectuales que lo conocen a fondo hasta simples mercachifles de la ideología barata y la mentira sistemática como los que actualmente se empeñan en destruir el mundo. Don Quijote, como apunta nuestro autor, ha sido utilizado por todos los segmentos del espectro político-ideológico. ¿Por qué?
Armando González Torres comienza por compartir sus encuentros con la obra, que no consistieron en una devoción instantánea sino, muy por el contrario, en una apreciación reticente y escéptica, marcada por la obligación escolar y la comicidad de pastelazo que priva, sobre todo, en la primera parte. Cabe resaltar esto: en contraste con la mayoría de las referencias discursivas a este personaje, la aproximación de Armando González Torres no es la de un admirador rendido, acrítico y simplón; todo lo contrario, se trata de un lector agudo y exigente que detecta desde el principio los riesgos que presenta la triste figura del caballero.
La tiranía de los Quijotes tiene, por lo menos, un doble valor. Por un lado, se trata de un recuento, a la vez exhaustivo y sintético (pues la disciplina del aforismo ha hecho de Armando González Torres un escritor conciso y ajeno al fárrago) de los modos en que Don Quijote ha devenido una figura multiusos, cuyo tránsito de personaje cómico y satírico a abanderado cursi de proyectos, con frecuencia, homicidas, es de lamentarse por cualquier amante de la literatura, pero también de las artes plásticas, pues su iconografía, con excepciones notables como las de Gustave Doré y Salvador Dalí, hemos llegado a asociarla con unicornios, virgencitas, paredes con buganvilias y demás imágenes del submundo de la peor decoración, incluyendo las estatuas que suelen tener los abogados y que Armando González Torres nos recuerda. Por otro, se trata de lo que en inglés se denomina cautionary tale, una advertencia sobre los riesgos éticos, estéticos y políticos de andar manipulando personajes.
En efecto, extraído de su contexto literario, Don Quijote sigue siendo una figura potente, pero rígida y grandilocuente, sin comicidad, sin el juego realidad-ficción que es uno de los triunfos de la novela, sin el entorno de choque entre lo caballeresco y lo picaresco y, añado yo, sin Sancho Panza, pues creo que no debe olvidarse jamás que la novela no tiene uno, sino dos protagonistas, que depende de polaridades (Medievo-Renacimiento, ideal-realidad, locura-razón, el caballero y su escudero) y que, a juicio de muchos entre los cuales me incluyo, lo más emotivo de la obra consiste en la manera en que relata la construcción, desarrollo y consagración de una amistad profunda entre dos seres de distintos mundos; en la manera en que, entre desencuentros, desventuras y palizas, los dos personajes se van acercando, aprendiendo uno del otro y reblandeciendo sus ásperas rigideces. Esa dimensión que es difícil adquirir en la primera lectura.
¿Por qué es tan socorrido Don Quijote como símbolo político, adaptable a todas las ideologías? En primer lugar, obviamente, por su complejidad, por su densidad literaria y psicológica; en segundo, porque todo su actuar parte de la simpatía por las víctimas de injusticia, los políticamente débiles, los pobres e ignorados. Es, pues, una base compartible y auspiciosa. Lamentablemente, la vocación justiciera y redentora va acompañada de la mayor de las irresponsabilidades y del culto a la personalidad: “Así, sea cual sea su signo, el Quijote solemnizado de la política tiende a prefigurar y aproximarse peligrosamente a los tiranos”. Don Quijote es el anti-Maquiavelo, y no necesariamente para bien. Se trata, pues, de una obra que entre otras virtudes tiene la de la oportunidad: actualmente el mundo sufre la plaga de quijotes de pacotilla que, escudados en discursos justicieros, antielitistas y mesiánicos, están socavando derechos y libertades a diestra y siniestra.
De cómo el Quijote llegó aquí es también materia de la obra reseñada: en ella se traza la evolución del personaje, desde sus orígenes cómico-satíricos y no mucho más, pasando por un siglo XVIII desvaído, que puso poca atención a sus aventuras; por la época crucial del Romanticismo que lo transfiguró en símbolo y en ideal, y que buscó dotarlo de esa profundidad filosófica que, muy probablemente, sus primeros lectores pasaron por alto; por su posterior transformación en símbolo de la hispanidad (la justiciera de la izquierda y la cristiana del franquismo); la caracterización del quijotismo como espejo de la ingenuidad peligrosa, nociva y obcecada (para los monarquistas) y encarnación del espíritu de libertad y justicia (para los independentistas, con Bolívar a la cabeza del club de fans); para finalmente, en el siglo XX, convertirse en un símbolo unitalla que cada participante en la arena pública puede moldear a placer, incluyendo a tiranos como el Che Guevara, Fidel Castro o Hugo Chávez. Por el camino nos encontramos con interpretaciones que van desde lo negativo, como la de Lord Byron, hasta lo hagiográfico, como la de Unamuno, y otras más sobrias, como la de Ortega y Gasset, y en América Latina las de todos los colores, desde Rubén Darío hasta José Carlos Mariátegui.
La tiranía de los Quijotes contiene, en apenas 158 páginas, un amplísimo, variado, divertido y sugerente análisis de la historia de una trayectoria que Cervantes jamás hubiera podido soñar, la de la transformación de un personaje cómico, creado por un marginal de las letras de su tiempo (en cuanto habitó la periferia de la vida cultural), en bandera política e ideológica. El libro parte de la distinción entre las lecturas estéticas y las eferentes, es decir aquellas que buscan modelos, pautas, moralejas e inspiraciones en las obras literarias, casi siempre con nefandas consecuencias, para centrarse luego en el recuento de los muchos tratamientos de que ha sido objeto el Quijote, regalándonos un viaje por la historia intelectual que termina con una advertencia absolutamente pertinente: “Acaso la forma más fructífera de leerlo es devolviéndolo a la ambigüedad de la literatura y evitando sus usos demasiado literales o demasiado alegóricos”.
AQ / MCB