David-Simon Edgar Nahoum nació en París el 8 de julio de 1921. Sus padres, judíos originarios de Salónica (Grecia), se establecieron en Francia durante la Primera Guerra Mundial. Una tragedia marcaría los primeros años de la dilatada vida del filósofo y sociólogo: hijo único, con tan solo diez años, perdería a su madre.
¿Sería acaso esta irreparable pérdida la que le inculcaría una verdadera comprensión de la fragilidad, pero también de la fortaleza de la vida? En cualquier caso, desde muy temprana edad desarrolló una profunda comprensión de la condición humana, que pondría al servicio del respeto hacia los demás. Este sentido de humanidad sería el hilo conductor que atravesaría su vida. Su lucha humanista comenzó con el antifascismo y el antinazismo durante los terribles años de 1930-1940, cuando la monstruosa bestia antisemita asolaba el mundo. Su temprana toma de conciencia política se remonta al Frente Popular.
Como él mismo relató más tarde, se sintió “entusiasmado por el ambiente de esperanza que reinaba entre la clase obrera durante las huelgas de la primavera de 1936”. Muy conscientes de los peligros del fascismo, los jóvenes politizados, libertarios e internacionalistas, se movilizarían en apoyo de la República española.
La afiliación al Partido Comunista Francés
Fue en 1941 cuando sus generosos ideales se transformaron en acción. Se unió al Partido Comunista Francés (PCF) y se incorporó a la resistencia en 1942 bajo el seudónimo de “Morin”, que adoptaría definitivamente. En una entrevista concedida al periódico L’Humanité el 25 de octubre de 2019, habló de su implicación en el “ejército de las sombras”: “Cuando tenía veinte años quería vivir, experimentar la vida. Pero fue una época en la que sentí que existía una especie de lucha global que amenazaba a la humanidad. Esto me llevó a unirme a la Resistencia Comunista. Fue un acto patriótico, pero fue algo más importante: el destino de la humanidad estaba en juego”.
Luego de algunos años de lucha clandestina, el joven combatiente de la resistencia se presentó como voluntario para incorporarse al Estado Mayor del Primer Ejército Francés en Alemania, en 1945. Más tarde, en 1946, asumiría la jefatura de la oficina de propaganda del gobierno militar francés. Tras la Liberación, después de la experiencia al otro lado del Rin, escribió El año cero de Alemania (1946), obra en la que realiza un balance del estado mental del país derrotado, sumido en un estado de “sonambulismo”, presa del hambre y los rumores.
La guerra de Argelia
Maurice Thorez lo invitó a escribir para el semanario Les Lettres françaises. En 1948 y 1949, publicó artículos en la sección “Arte y Entretenimiento” de Le Patrioterésistant, de la Federación Nacional de Combatientes de la Resistencia y Patriotas Deportados e Internados, antes de abandonarla por algunas discrepancias. En 1949, comenzó a distanciarse del PCF, del que fue expulsado en 1951.
En 1950, ya licenciado en Historia, Geografía y Derecho, ingresó al Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) y formó parte del Centro de Estudios Sociológicos, dirigido por Georges Friedmann. Al igual que Friedmann y Sartre, se relacionó con intelectuales afines, comprometidos y a veces críticos del PCF. En 1955, participó en la fundación del comité contra la guerra de Argelia. De manera autodidacta, completó su formación universitaria en Filosofía, Economía y Ciencias Políticas.
Edgar Morin fue una figura activa en todos los ámbitos intelectuales. Participó en la fundación de varias revistas, como Arguments (que cofundó en 1956), Communications y la Revue française de sociologie. Fue precursor al realizar los primeros estudios sobre las prácticas culturales emergentes, que reuniría en L'Esprit du temps (1960) y La Rumeur d'Orléans (1969). En el plano político, navegó por la socialdemocracia y siguió vinculado a un proyecto de emancipación que prefería denominar socialista.
En 1965, llevó a cabo La metamorfosis de Plodémet (1967), un estudio transdisciplinario sobre una comuna en Finisterre, Bretaña, donde residió durante casi un año. Fue uno de los primeros ensayos sobre etnología de la Francia contemporánea. Durante la década de 1960, pasó casi dos años en Latinoamérica, donde impartió clases en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en Santiago de Chile. En 1969, fue invitado a colaborar con el Instituto Salk. Allí conoció a Jacques Monod, autor de El azar y la necesidad (1970). Durante este periodo concibió los fundamentos del “pensamiento complejo” y de lo que se convertiría en su Método.
Los “oasis de resistencia y solidaridad”
En 1970, Edgar Morin fue nombrado director de investigación. A partir de entonces, participó activamente en debates intelectuales y mediáticos. De 1973 a 1989 dirigió el Centro de Estudios en Comunicación de Masas y publicó sus investigaciones sobre televisión y música en la revista Communications. Entre 1977 y 2004, apareció su obra más trascendental: El Método,
Partiendo de una visión interdisciplinaria de la educación, Morin invita a reflexionar sobre la humanidad considerada en toda su complejidad, sobre la base de un universalismo que tomara en cuenta su entorno. Comprometido con la educación y la comprensión mutua, creía que “enseñar a entenderse entre los seres humanos es la condición para la solidaridad intelectual y moral de la humanidad”. En 2015, en L’Humanité, nos animó a examinar lo que denominaba “oasis de resistencia o de solidaridad”.
Alerta y receptivo a nuevas ideas, escribió cerca de sesenta libros, entre los que se incluyen, solo por nombrar los más significativos, Introducción a una política del hombre (1969), El paradigma perdido: la naturaleza humana (1973), La naturaleza de la naturaleza (1977), La vida de la vida (1980), El conocimiento del conocimiento (1986), Introducción al pensamiento complejo (1990), Ideas (1991), Terre-Patrie (1993, con Anne-Brigitte Kern), L’Humanité de l’humanité. L’Identité humaine (2001), Éthique (2004), La Voie (2011). Edgar Morin publicó también varias obras que revisitan su pasado, entre ellas Autocritique (1959), Vidal et les siens (1989), Itinérance (2006), Mon chemin (2008) y Les souvenirs viennent à marencontre (2019).
Director emérito de investigación del CNRS desde 1993, recibió doctorados Honoris Causa de universidades de todo el mundo. Su obra ha ejercido una enorme influencia en el pensamiento contemporáneo, especialmente en el mundo mediterráneo, Latinoamérica y Asia. Fundó y presidió la Asociación para el Pensamiento Complejo. Estuvo atento a la búsqueda de un camino o ruta emancipadora que fuera integral. Se sensibilizó cada vez más ante los problemas ambientales, declarándose comprometido con una “política de la civilización” y abogó por una “conciencia comunitaria del destino compartido de la Tierra”.
El choque de civilizaciones
Ya cerca de cumplir cien años de edad, Edgar Morin publicó Impliquons-nous (2015), un guiño a Stéphane Hessel: en lugar de expresar indignación, aboga por la participación activa. El 13 de octubre de 2015, como editor invitado del periódico francés L’Humanité, instó a los lectores a emprender un camino emancipador en estos términos: “Ser humano, implica desarrollar el yo, pero siempre dentro de la comunidad. Esto es, además, una aspiración que recorre toda la historia de la humanidad, encarnada en el socialismo y el comunismo, y que se materializará en nuevas formas. […] La emancipación humana es ahora una cuestión global”. Y, sin perder la esperanza, añadió: “Una nueva conciencia planetaria está surgiendo en todas partes, pero aún no se ha transformado en una fuerza histórica”.
En sus últimos años, como un hombre que nunca maduró y que se apresuraba a denunciar las injusticias, rechazó la teoría del “choque de civilizaciones”. Propuso tender puentes entre los seres humanos, las culturas y religiones, que lo llevaría a entablar un diálogo con el controvertido “islamólogo” suizo Tariq Ramadan, cuyo coloquio se publicó con el título de Lo urgente y lo esencial (2017). Algunos lo criticarían por la ingenuidad de este debate.
Siempre atento a los acontecimientos mundiales, siguió compartiendo sus posturas a favor de una comunidad internacional de justicia, comprometiéndose con el pueblo palestino, para el cual reclamaba el “reconocimiento de un Estado”. Hasta su último aliento, la búsqueda de la comprensión de los demás guio su investigación y su pensamiento, que compartió sin reservas.
Traducción de María Teresa Meneses.
Texto tomado del periódico L’Humanité, 30 de mayo de 2026.
AQ/MCB