Ediciones Era: cuando cierra una casa

Cultura

La reducción de Era no es un accidente aislado: es uno de los síntomas más dolorosos de la destrucción paulatina de la diversidad cultural.

Ediciones Era se fundó en 1960. (Especial)
Alfredo Núñez Lanz
Ciudad de México /
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Marcelo Uribe —director de Ediciones Era desde 1991— siempre se refería a las editoriales como casas. La analogía es precisa: una editorial, más que una empresa que arriesga ciertos recursos por una obra determinada, brinda refugio. Le ofrece al escritor un sitio al cual pertenecer y a sus libros la posibilidad de permanecer. En una época en que las grandes corporaciones editoriales someten la literatura a ciclos de venta cada vez más breves, una casa protege a sus autores incluso de la intemperie del mercado.

Ediciones Era fue una de esas casas durante 66 años. Para quienes recibimos la noticia de que publicaríamos allí, ser aceptados significaba uno de los mayores premios a los que podíamos aspirar. No solo por el prestigio de un catálogo que ayudó a formar a varias generaciones de lectores mexicanos, sino porque sabíamos que nuestros libros no morirían tres meses después de aparecer. Permanecerían en circulación, serían promovidos hasta agotar sus ejemplares y no terminarían triturados por haber incumplido las expectativas de venta inmediata de algún ejecutivo.

Era publicó mi primera novela, El pacto de la hoguera. La confianza que depositó en ese libro cambió mi vida como escritor. Ingresar a su catálogo implicaba encontrarse junto a autores y obras que habían construido una parte esencial de nuestra literatura y de nuestro pensamiento. Pero también suponía entrar en una tradición editorial que todavía defendía el rigor, la belleza y la libertad como valores capaces de imponerse a la conveniencia comercial.

El comunicado oficial difundido el 18 de agosto por Ediciones Era resulta dolorosamente ambiguo. Afirma que la editorial “reduce al mínimo sus operaciones” y anuncia ventas de su fondo en librerías, espacios amigos y ferias. La redacción permite imaginar una pausa, un periodo de resistencia o incluso la posibilidad de que las condiciones mejoren y la editorial recobre su actividad. Sin embargo, durante la reunión a la que fuimos convocados sus autores el pasado 12 de agosto, Marcelo Uribe describió una situación mucho más terminante: ni siquiera un millón de dólares bastaría para salvar el proyecto. Era no volverá a publicar un libro. Las novedades proyectadas para la FIL de este año no llegarán siquiera a imprimirse. Y dejar de publicar, aunque el catálogo sobreviva y siga encontrando lectores, marca el cierre efectivo de una casa editora.

Que el gobierno federal analice ahora posibles alternativas de apoyo puede dar pie a noticias esperanzadoras, pero no debería distraernos del verdadero problema. Cualquier auxilio llegaría después de años de abandono del ecosistema editorial mexicano, especialmente desde la pandemia. No se trata solamente de salvar a Ediciones Era cuando su crisis adquiere una dimensión escandalosa; se trata de preguntarnos por qué permitimos que una editorial de su importancia llegara a este punto y cuántas otras han desaparecido sin provocar siquiera una nota de prensa.

Una verdadera política cultural de fomento al libro y la lectura no puede limitarse a intervenir cuando una editorial emblemática llega a una situación extrema. Tendría que garantizar la dignidad y la supervivencia de todo el gremio: autores, editores, correctores, traductores, diseñadores, impresores, distribuidores y libreros. Esto implicaría establecer estímulos fiscales para los distintos procesos de producción y circulación, reactivar las compras públicas mediante criterios transparentes y plurales, fortalecer las bibliotecas —cuyo olvido merecería un artículo aparte—, impulsar las coediciones y crear programas de formación de lectores con resultados verificables. También supondría reconocer que abaratar o regalar algunos títulos no constituye, por sí solo, una política de lectura. Las colecciones populares promovidas por Paco Ignacio Taibo II pueden ampliar el acceso, pero, cuando la selección se limita a un catálogo determinado desde el poder, el Estado corre el riesgo de confundir el fomento cultural con la difusión de sus propias preferencias ideológicas. Una política democrática no decide qué deben leer los ciudadanos: amplía sus posibilidades de elección y garantiza que quienes hacen posibles los libros puedan vivir dignamente de su trabajo.

Rafael Pérez Gay lo advirtió en su columna “Librerías en agonía”: durante las últimas dos décadas han cerrado en México, en promedio, 22 librerías cada año. Entre 2003 y 2023 desaparecieron 458 establecimientos dedicados al comercio del libro, aun cuando la población del país siguió creciendo. En 2024, apenas 13.8 por ciento de la población adulta alfabetizada había entrado en una librería. “Las librerías mueren y las editoriales con ellas”, escribió Pérez Gay. Y ni hablar de las librerías de viejo, donde la bibliofilia y el coleccionismo agonizan. La reducción de Era no es, por lo tanto, un accidente aislado: es uno de los síntomas más dolorosos de la destrucción paulatina de la diversidad cultural. El Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales del antiguo FONCA —ahora integrado al Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales— opera con recursos cada vez más limitados, insuficientes para atender democráticamente a un sector que comprende no solo la edición de libros, sino numerosas disciplinas artísticas.

A esta precariedad se suma una transformación más profunda. Los libros deben disputar la atención de lectores sometidos a un flujo interminable de estímulos breves, videos verticales y contenidos diseñados para impedir que aparten los ojos de una pantalla. Las grandes plataformas audiovisuales ya toman en cuenta al espectador que mira una película mientras consulta el teléfono y necesitan recordarle varias veces aquello que acaba de ocurrir. Al mismo tiempo, distintos tribunales estadunidenses han comenzado a reconocer los daños que las características deliberadamente adictivas de algunas redes sociales pueden provocar en la salud mental de los jóvenes. Si incluso una película empieza a considerarse demasiado exigente para nuestra atención fragmentada, ¿qué porvenir les espera a los libros que piden silencio, tiempo y concentración?

Justamente por eso necesitamos más editoriales como Era: proyectos dispuestos a publicar obras que desafíen al lector, en lugar de facilitarle el olvido; casas capaces de preservar un catálogo y no solo de abastecer novedades; editores que acompañen una obra más allá de sus primeras semanas en las mesas de exhibición. Defenderlas no significa sostener artificialmente empresas inviables, sino reconocer que los libros producen algo cuyo valor no puede medirse mediante rendimientos inmediatos: la memoria, la imaginación, el pensamiento crítico y la diversidad.

Hasta ahora tampoco se ha explicado con claridad qué ocurrirá con los derechos de las obras recientes cuyos contratos permanecen vigentes ni cómo se administrará el catálogo después de que las operaciones de Era queden reducidas al mínimo. Detrás de las cifras, las declaraciones y las especulaciones sobre un posible rescate estamos los autores, enfrentados de pronto a la pérdida de nuestra casa y a la incertidumbre sobre el destino de nuestros libros.

El catálogo de Era permanecerá, desde luego. Sus libros seguirán en bibliotecas, pasarán de unas manos a otras y encontrarán nuevos lectores. Pero no debemos permitir que esa permanencia simbólica oculte la gravedad de lo ocurrido. Una casa editorial no es únicamente el conjunto de libros que publicó: es también la posibilidad de los libros futuros. Esa es la verdadera orfandad que deja el cierre de esta casa: quedamos a la intemperie quienes le confiamos nuestros libros, pero también los libros que aún no hemos escrito y cuyo porvenir habíamos puesto, sin saberlo, bajo su techo.

AQ / MCB

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