“El odio es el mecanismo político fundamental”: Eduardo Rabasa, traductor de ‘1984’

Entrevista

Eduardo Rabasa conversa sobre su traducción, la primera en México, de ‘Mil novecientos ochenta y cuatro’, la novela de George Orwell.

El escritor, traductor y editor Eduardo Rabasa. (Foto: Jesús Quintanar | MILENIO Diario)
Guadalupe Alonso Coratella
Ciudad de México /

Mil novecientos ochenta y cuatro, la novela distópica más importante del siglo XX y la más representativa del británico George Orwell, es traducida en México por primera vez. La versión al idioma español que hablamos en nuestro país fue realizada por el escritor, traductor y editor Eduardo Rabasa, un sueño que se cumple después de treinta años. El fundador de la Editorial Sexto Piso lleva a Orwell tatuado en el brazo izquierdo y ha leído unas once veces la novela de este autor visionario nacido en la India. George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair, supo descifrar, como pocos, los mecanismos del poder, el carácter frágil de la verdad en la era de las ideologías y la manipulación del lenguaje como arma de control. Big Brother o Gran Hermano, Newspeak o neolengua, así como Thought police o policía del pensamiento, fueron términos creados por Orwell para describir el mundo y la sociedad que imaginó en esta novela cuya actualidad es sorprendente.

¿Cómo entraste en la obra de George Orwell?

En la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, una maestra, Tere Lozada, me dio The Lost Writings, una colección de escritos perdidos de Orwell. Me seguí con Mil novecientos ochenta y cuatro y Rebelión en la granja. Esas lecturas cambiaron mi forma de ver el mundo, sobre todo, la realidad política. Hice mi tesis sobre Orwell y me eché un par de años leyéndolo. Desde entonces se volvió un autor muy importante para mí.

¿Qué te impresionó de su escritura?

El uso del lenguaje. Es un tema importante en Orwell, así como la relación entre lenguaje y pensamiento que en este libro está muy presente. En un ensayo Politics and English Language reitera cómo el lenguaje determina buena parte de lo que pensamos. Su prosa es refinada y pulcra, pero al mismo tiempo es simple. Ahí radica su elegancia, en la economía del lenguaje.

¿Por qué decides traducir esta novela?

Era una idea que siempre tuve. Había traducido sus ensayos y su Diario de guerra, pero esta es la obra cumbre, por lo menos para mí. Ahora que pasó a dominio público fue la oportunidad perfecta para cumplir mi sueño de toda la vida. Estuvo bien que pasara un tiempo porque me sentí más preparado para traducirla. Es una obra de gran complejidad.

¿A qué te enfrentaste durante la traducción?

Primero al peso de lo que estaba traduciendo. Además, es un libro muy traducido y pensé: para qué una más. Es una versión traducida en México y ahí está la diferencia. Me parece bien abonar desde del español que aquí hablamos. Por otra parte, hay muchos giros del lenguaje que no se traducen de manera exacta debido a las diferencias en la conjugación de verbos en inglés. Por ejemplo, hay palabras compuestas de la neolengua inventada por Orwell que en inglés tienen sentido, pero cuando pasan al español quedan excesivamente largas. Siempre digo que traducir es meterte a las entrañas de un libro, sobre todo en una novela como esta.

Meterse a fondo en la maquinaria de George Orwell debe ser fascinante. ¿Hubo algo que te haya sorprendido?

Van diez u once veces que la leo. Me llamaron la atención los breves pasajes que tienen lugar en el campo, cuando el personaje recuerda su niñez. Siendo una novela que ocurre en una ciudad gris, fea, sucia, en los pasajes del campo Orwell se permite una especie de homenaje a lo bucólico. También me llamó la atención que casi al final, cuando Winston está solo en el café donde lo torturan y lo emborrachan y ya con la mente transformada, se pone a garabatear con el dedo y escribe sobre la mesa 2 + 2 =. Orwell no lo cierra. En otras traducciones sí está 2 + 2 = 5, pero en el original Orwell lo deja abierto. Según yo, se trata de un gesto de esperanza, pues en su fuero interno el personaje no se atreve a decirse a sí mismo 2 + 2 es igual a 5. Luego está el título, que en casi todas las ediciones en español lo traducen con número, 1984, pero el original está con letras. Me parece que fue intencional. En el libro se habla mucho de cómo los acrónimos evocan una cosa y el lenguaje extendido otra. Por eso en el partido se la pasan recortando el lenguaje, para hacer más conciso y acotado el rango de pensamiento. El hecho de que el título sea extendido tiene, según yo, la intención de evocar un paisaje más amplio en la novela; por eso decidí ponerlo con letras.

El Partido Único de la Sociedad de Oceanía nos dice mucho de lo que podría pasar en el futuro o ya está pasando en algunos gobiernos que tienden al totalitarismo.

Orwell tenía en mente al partido nazi y al régimen soviético. Por desgracia, a lo largo de la historia se ha repetido el fenómeno. Es la vocación de Trump. Se supone que Estados Unidos es la gran democracia, el faro de libertad del mundo occidental, pero él ha dicho en varias ocasiones que le encantaría perpetuarse en el poder, o sea, ser un dictador o fundar una dinastía como en el régimen chino. Lo dijo hace poco: “Me gustaría entregarle el poder a mi hijo”. Cosas que parecerían muy locas en voz de la máxima democracia del mundo con un líder que claramente se comporta e incluso se considera un Big Brother.

Resulta fascinante cómo ciertos autores tienen la capacidad de adelantarse a un tiempo, de imaginar un futuro. ¿Qué vio Orwell?

En su ensayo How I Write, cuenta que desde los cinco años descubrió una vocación literaria y habla del poema de William Blake y el tigre. Pero también dice que uno de sus rasgos distintivos como escritor es la capacidad de ver cosas que los demás no ven. Y no es que no puedan, sino que no están dispuestos a aceptarlas. Es el concepto del “doble pensar”, la idea que nos hacemos de ciertos aspectos de la realidad que si los tomáramos literalmente resultarían apabullantes. Orwell no tenía eso, estaba dispuesto a llevar el pensamiento a sus últimas consecuencias, aunque no le gustara la conclusión a la que llegaba. Recordemos que le tocó vivir una época convulsa: las dos guerras mundiales, el nazismo, el ascenso del régimen soviético. Le tocaron fenómenos extremos y tenía esa capacidad de escribir tal como veía las cosas. No necesitaba hacerse piruetas mentales para acomodarse a un sistema de pensamiento u otro, a un partido u otro. Tenía una gran honestidad y ese rasgo distintivo le permitió ver cosas que poca gente veía y que incluso siguen vigentes en nuestras sociedades.

Por ejemplo, el modo en que se ha degradado el lenguaje en el espacio público, lo que hoy vemos en algunos discursos políticos.

Estamos viviendo la literalidad de lo que era ficción para Orwell. Mucho de la comunicación política actual, de los grandes centros de poder como la presidencia de Estados Unidos, la de Argentina, el candidato de Colombia, sucede a través del insulto. Miley dice: “Zurdos de mierda, los vamos a joder”; eso es desde el más alto centro de poder. Es algo muy orwelliano porque el insulto es una expresión de pensamiento simple, sin complejidad, dirigida a desatar una emoción, una respuesta catártica de histeria, de odio, incluso de rechazo. Esa degradación del lenguaje tiene una connotación política muy clara que Orwell pudo ver. Muchos de estos movimientos y grotescos personajes políticos, dicen: yo le hablo a la gente en su propio lenguaje, Buscan un lenguaje con efecto político a partir de ideas sencillas y simplificando fenómenos muy complejos.

El Big Brother, ese ente oculto que nos ve día y noche, ¿también es algo que experimentamos?

El tema de la vigilancia tomó fuerza desde el 11 de septiembre, cuando George Bush coartó las libertades civiles; luego vinieron las revelaciones de Snowden sobre cómo nos espiaban. Tenemos la vigilancia gubernamental, pero también la vigilancia, muchas veces voluntaria, de los aparatos inteligentes y las redes sociales. Es como un Big Brother autoalimentado por uno mismo. Cuando dices algo o te detienes en cierta información, de pronto ya te están inundando con eso. Lo mismo cuando subes un post: te la pasas checando si ya lo vieron, si no lo vieron, si tiene like, si te critican, si mejor lo bajas. Lo que en su momento parecía ciencia ficción, como las telepantallas en los hogares donde te transmitían propaganda y te veían, es muy parecido a lo que hacemos con las camaritas: nos estamos autovigilando todo el tiempo. Ya no es solo el Estado, es la propia sociedad colaborando. Las telepantallas de Orwell son hoy las cámaras de las redes sociales. La diferencia es que las prendemos voluntariamente.

¿Cuál piensas que es la gran profecía en Mil novecientos ochenta y cuatro?

La gran profecía es haberse dado cuenta de que el odio es el mecanismo político fundamental. Incluso en regímenes democráticos donde se cuenta con la voluntad o la participación del individuo común, hay una idea muy acertada cuando dice que, en su vida cotidiana, la gente es muy razonable. Si va al supermercado con diez libras, sabe que le alcanza para comprar tal y tal cosa; no hay duda. En cambio, cuando se habla de política, las categorías racionales de esa misma persona se trastocan, es capaz de entrar en ciertos estados de histeria o de odio que son inducidos desde el poder. Creo que la universalidad de ese mecanismo fue muy profética. Podríamos pensar que solo está asociado a regímenes totalitarios, pero te das cuenta de que no. Si lo vemos en el ámbito del poder político, en las redes sociales sucede lo mismo. El odio es el alimento de muchas personas dispuestas a destruir vidas sin importar las consecuencias con tal de probar el efecto de esa pequeña descarga que sacará un momento de mí.

Es interesante descubrir la claridad con la que detectó los resortes del poder.

Al final, hay una revelación entre el héroe caído en desgracia y su torturador, que le dice: “A ver, ¿por qué crees que hacemos todo esto?” Cuando Winston responde: “Me vas a decir que es por nuestro propio bien”, le da una descarga eléctrica y le dice:“No digas estupideces, lo hacemos por el poder puro. Los totalitarismos del pasado se engañaban supeditando el ejercicio del poder a un fin, a la grandeza del pueblo, por ejemplo, pero nosotros no. Para nosotros, es el poder por el poder desnudo, por el puro placer del ejercicio del poder”. Suena muy fuerte. En el caso de algunos regímenes políticos, no te explicas ciertos actos sino a partir de esa categoría. ¿Cómo puedes justificar racionalmente que metan a niños en jaulas para deportarlos? Eso es sadismo puro, no encuentro otra palabra. Creo que Orwell lo vio claramente.

AQ / MCB

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