¿Qué cantaban las sirenas? El enigma de la poesía en Homero

Ensayo

Lo que Homero trató de decir en unos cuantos hexámetros es que las sirenas físicamente debieron ser algo verdaderamente hermoso como para enloquecer a quienquiera que las escuchara.

Herbert James Draper, ‘Ulises y las Sirenas’. (Wikimedia Commons)
Sergio Briceño
Ciudad de México /
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Para saber exactamente qué fue lo que dijeron las dos sirenas que se encuentran con Ulises luego de la advertencia de la “diosa entre diosas”, como llama a Circe el propio argivo, es necesario entender de quién descienden ellas dos, a quienes el aeda retrata sentadas en un prado, lo que llevó a pensar durante muchos años que tenían aspecto de pájaro. No fue sino hasta la Edad Media cuando se las empezó a representar con cola de pescado, y de ahí hasta la actualidad, pasando por Melusina, tenemos el bando de quienes las tienen por aves y el de aquellos que siempre las recordarán, aunque no hayan estado en Grecia, como seres escamados de la cintura hacia abajo.

Hace años, estando en Chetumal durante una temporada de restauración, una arqueóloga y yo tuvimos una larga discusión sobre las características físicas de las sirenas, a las cuales yo imaginaba y concebía como mujeres con piernas caudales, es decir, seres mitad pez mitad mujer, lo que, como ya dije, nos remonta a la imagen de Melusina, más próxima a la idea de sirena, sobre todo si pensamos en el poema de Rubén Darío donde la isla Sirenusa, “—isla de oro / en que el tritón elige su caracol sonoro / y la sirena blanca va a ver el sol—” es el escenario en el que tiene lugar un coloquio deslumbrante entre centauros y centauresas acerca del dominio humano y de la idea de la vida, el amor y la mujer.

Podemos concluir, bajo ese supuesto, que en el fondo lo que Homero trató de decir en unos cuantos hexámetros es que ellas físicamente debieron ser algo verdaderamente hermoso como para enloquecer a quienquiera que las escuchara, porque no dice en ningún momento que tengan plumas o que tengan escamas. Por eso vale cuestionarse qué causaría más aprecio: ¿ver a una mujer pájaro o ver a una mujer pez?

Además, ¿qué tipo de hermosura, qué tipo de belleza, de qué cadencia o modo o tipo de poema estamos hablando? En la traducción en verso de José Manuel Pabón, publicada por Gredos, leemos: “Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises, / de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto, / porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda / a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye. / Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas: / los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos / de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos / y aun aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda”.

El último hexámetro es el que llama la atención: ¿por qué las sirenas son capaces de saber “aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda”? La traducción de Pedro C. Tapia Zúñiga para la Bibliotheca Scriptorvm Graecorvm et Romanorvm Mexicana que coordinaba el maestro Rubén Bonifaz Nuño, dice en cambio así: “Ven acá en tu viaje, laudado Odiseo, gran gloria de aqueos, / detén tu nave, a fin de que puedas oír nuestras voces. / Pues nadie aún, pasó aquí de largo en su negro navío, / antes de oír de las bocas nuestras la voz melodiosa, / sino que él, tras recrearse, se va, y sabiendo más cosas. / Pues cierto, sabemos todo aquello que en Troya anchurosa, / por voluntad de los dioses sufrieron troyanos y argivos, / y sabemos cuanto sucede en la tierra que a muchos sustenta”.

Si nos concentramos en el primer verso, en ambos casos hay una coincidencia: se trata de un elogio, un panegírico a Ulises-Odiseo, que deriva probablemente de una primera alusión a lo que sintió el héroe cuando escuchó a un aedo cantar la gesta troyana y ensalzar al esposo de Penélope, aunque en ese momento, descrito en el canto IX de la Odisea, nadie sabía que Ulises era Ulises.

Estaban en la isla donde vivían Nausicaa y su padre Alcinoo, rey de los feacios que de tan buenos navegantes hasta habían llevado a Radamante a buscar a Ticio en el propio Infierno, y es a lo largo de esas escenas, que siglos más tarde retoma Luis de Góngora para hablar de su “náufrago y sobreausente” de sus Soledades, donde hay varios momentos en que Ulises no deja de llorar al escuchar la belleza con la que el aedo (según yo el propio Homero, que, como en Don Quijote, el autor introduce como personaje para autoelogiarse) está cantando esos versos en memoria de las hazañas del propio Ulises.

Este puente que va del canto del aedo al canto de las sirenas, está salpicado por el viaje al mundo de los muertos, que es en realidad un ascenso de los muertos a la superficie, una secuencia que por lo demás es el germen del que más de dos mil años después brotará la Comedia de Dante. Pero en lo que quisiera insistir es en el enigma que envuelve al canto de las sirenas.

¿Qué puede enloquecer a un hombre sino el elogio desmedido hacia su propia persona? Y sin embargo lo que cantan estos seres, que por otro lado son descendientes de un río, que en la Tróade eran sagrados y mantenían relaciones sexuales con mujeres y diosas, pese a lo complicado que resulta representarse un acto sexual de esta naturaleza; lo que cantan, pues, es lo que saben de lo que está ocurriendo en cada parte del mundo, como si fueran omniscientes y ubicuas.

Dos mujeres pájaro o dos mujeres pez, gane quien gane entre los bandos en cuestión, lo interesante es ver de dónde surge la “voz melodiosa”, en la cual quienes la escuchan “se recrean” (Tapia); una voz que “en dulzores de miel de los labios nos fluye” (Pabón) y las hace saber “cuanto sucede en la tierra que a muchos sustenta” (Tapia). Una voz al mismo tiempo oído y ojos y tacto y olfato y gusto, una voz donde se unen todos los sentidos, pero unos sentidos no de humanos sino de dioses, o de diosas o de monstruos con “visión distante”, como la que tiene Zeus.

Podríamos sospechar que la única voz capaz de hacer eso sería la voz de un poeta, pero de un poeta capaz de escuchar lo que dicen los dioses y los humanos al mismo tiempo. Y quizá no estemos tan alejados. La poesía que está escuchando Ulises, además, le confiere cada vez mayor fuerza, pues de lo contrario no tendría sentido que lo amarraran con más y más cuerdas Perimedes y Euríloco, y aquí están dos datos: ambos nombres hacen pensar tanto en la perífrasis verbal como en la euroloquia o eulogia, es decir, el bien hablar, el de la palabra adecuada. ¿Por qué Ulises no se pone la cera que sí le pone a sus marinos? ¿Era esa una forma de expedición, una expedición hacia el poema que estaban cantando las sirenas y para lo cual era indispensable, de tan bello y demoledor, tenerse que amarrar al mástil?

Puede ser. Lo más probable es que lo planteado allí por Homero rebase por mucho la comprensión humana, y el castigo por el conocimiento absoluto, en términos poéticos, ya sabemos que es la muerte.

AQ / MCB

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