Un cierto aroma en el aire de este incipiente otoño, una caída de hojas, el canto de un pájaro —vayan ustedes a saber—, me hizo volver a los nada memorables tiempos de la funesta pandemia. En aquel entonces, encerrados por fuerza, nos ocupamos muchas veces de las más raras ocupaciones: reuniones virtuales con amigos lejanos, demoradas sesiones de cine casero, lecturas siempre postergadas que sólo así llevamos a término y hasta curiosas pantomimas con las que nos procurábamos cierto alivio ante la sombra maligna que se cernía sobre nuestras cabezas… Fue para una de estas que preparé el singular divertimento que a continuación leerán. Su punto de partida es el inmejorable poema de Wallace Stevens, “Trece maneras de mirar a un mirlo”, donde el otoño impone al maestro de Pensilvania la atmósfera de sus estrofas. El destinatario inicial de mi divertimento fue mi hermano Luis, arquitecto, de quien he recibido múltiples lecciones, junto con otras no menos sabias de amigos arquitectos tapatíos —Juan Palomar, Sergio Ortiz, Jesús Rábago, Javier Pagaza—, a quienes me gustaría verlos sonreír luego de leer este juego de infieles, aunque cándidos, espejos. Cosa extraña esta estación del año, presente por lo menos en dos títulos necesarios de la poesía mexicana contemporánea: El otoño recorre las islas, del tempranamente fallecido José Carlos Becerra, y Por una vez contra el otoño, de Luis Vicente de Aguinaga, en pleno uso de sus facultades poéticas, para ventura nuestra. Imposible no traer a colación en el mes en curso la sincronía de cierta fecha: 2 de octubre, que no se olvida. 2 de octubre, mismo día en que nacen los poetas Wallace Stevens y el jalisciense Guillermo Fernández. Misma fecha en que un silencioso carro de fuego se llevó al poeta de Cocula, Elías Nandino, ante la mirada atónita del arcángel Miguel, santo patrono de la entrañable tierra del mariachi. Añado mi traducción del poema original de Stevens*, que no pretende ser más que un referente donde el minucioso lector podrá, si le place, establecer las indispensables suplantaciones, comenzando por la del arquitecto en lugar del mirlo.
Trece maneras de mirar a un arquitecto
1
Entre veinte casas de interés social
sólo se movía
el ojo del arquitecto.
2
También tengo tres ideas distintas,
como en un despacho
donde hay tres arquitectos.
3
En el viento de otoño disertaba el arquitecto.
Era sólo el principio del “acto humano perfecto”. **
4
Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre una mujer y un arquitecto
son uno.
5
No resulta fácil decidirse,
por la belleza del concepto,
por el trazo de los planos,
al arquitecto soñando
o lo que viene luego.
6
La ciudad se puebla de torres bárbaras.
A través de su ventana,
la sombra del arquitecto
va de aquí para allá,
con una vaga idea entra y sale
ante un comportamiento
a todas luces indescifrable.
7
Oh, ciudad de Guadalajara,
¿por qué imaginas cotos dorados?
¿Acaso no te das cuenta
que el arquitecto va en bicicleta
y que tus días están contados?
8
Algo del verso creo saber,
nobles acentos, lúcidos ritmos;
pero también sé
que el arquitecto anda metido
en lo que sé.
9
El arquitecto escapó de nuestros versos,
no sin antes señalar la orilla
de uno de sus raros universos.
10
Cuando el arquitecto se inclina
sobre la blanca llanura del plano,
¿Será Dios quien guía su mano,
o nomás descansa y dormita?
11
Recorrió en motocicleta
la hoy crecida Ribera.
Y se llevó un buen susto
cuando le pareció ver
entre sus útiles de dibujo
el compás de otro arquitecto.
12
Flota en el aire un cierto olor a cierta hierba,
¿fuma el arquitecto o el otoño comienza?
13
Toda la tarde se hizo tarde,
llovía y no dejaba de llover;
lo digo sin mucho esmero,
pero vaya usted a saber,
a dónde se fue el arquitecto.
***
Trece maneras de mirar a un mirlo
Wallace Stevens
1
Entre veinte montañas nevadas,
sólo se movía
el ojo del mirlo.
2
Yo tenía tres opiniones,
como un árbol
donde hay tres mirlos.
3
El mirlo revoloteó en el viento de otoño.
Era una pequeña parte de la pantomima.
4
Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre una mujer y un mirlo
son uno.
5
No sé qué cosa prefiero,
la belleza de inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
el mirlo silbando,
o lo que pasa después.
6
Los carámbanos cubrieron el ventanal
con vidrio bárbaro.
La sombra del mirlo
atravesaba, de aquí para allá.
Su ánimo
trazó en la sombra
una causa indescifrable.
7
Oh leves hombres de Haddam,
¿por qué imaginan pájaros dorados?
¿Acaso no ven cómo el mirlo
camina en torno a los pies
de las mujeres que los rodean?
8
Yo sé de los nobles acentos,
y de lúcidos ritmos inescapables;
pero también sé
que el mirlo está involucrado
en lo que sé.
9
Cuando el mirlo voló fuera de vista,
marcó la orilla
de uno de muchos círculos.
10
A la vista de los mirlos
volando en la luz verde,
incluso los jefes de la eufonía
lanzarían un grito agudo.
11
Recorrió Connecticut
en un coche de vidrio.
Una vez le entró el miedo,
cuando confundió
la sombra de su equipaje
con mirlos.
12
El río se está moviendo.
El mirlo debe estar volando.
13
Fue tarde toda la tarde.
caía la nieve
y seguiría nevando.
El mirlo se posó
en la rama de un cedro.
*Publicado en su libro Harmonium (1923).
**Frase con la que el arquitecto Ignacio Díaz Morales, maestro de generaciones, definía la arquitectura.
AQ / MCB