Armas y letras

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Los autores del Siglo de Oro tenían claro, entre su vasta sabiduría, cuáles eran los momentos apropiados para hablar, callar o aprestar las armas.

Lorenzo Vallés, 'Muerte de Juan Escobedo', circa 1879. Óleo que recrea la emboscada de los sicarios de Antonio Pérez a Escobedo. (Museo del Prado)

David Toscana

El Siglo de Oro me gusta por su concepto del honor, de la valentía, del espíritu caballeresco. Había en los autores una buena dosis de sabiduría que se capta en los argumentos y, cuando vemos alguna de sus obras de teatro o la leemos o la escuchamos leer, nos aparecen frases o versos tan bien dichos que parecen dichos.

“La razón hace al valiente, y al cobarde hace el temor”, dice Tirso de Molina en El burlador de Sevilla, y continúa hablando de que “el que se pone a servir, voluntad no ha de tener, y todo ha de ser hacer, y nada ha de ser decir”. En El vergonzoso en palacio menciona algo que se volverá famoso años después con Calderón de la Barca: “No creáis en los sueños, que los sueños sueños son”. Pero esto ha de ser una consigna bien conocida y el toque calderoniano está en haber agregado que la vida es sueño.

Don Quijote habla de manera distinta sobre el “hacer”, pues no pone tal verbo en un sirviente sino en el hombre de acción: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro”. Aunque sobre el decir opina lo mismo que Tirso de Molina y le pide a Sancho “que te abstengas y reportes en el hablar demasiado conmigo; que en cuantos libros de caballerías he leído, que son infinitos, jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor como tú con el tuyo”. Sin embargo, Sancho sabe negociar su palabrería. “Si vuestra merced se enoja”, respondió Sancho, “yo callaré y dejaré de decir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado decir a su señor.” Así, don Quijote no puede sino conceder: “Di lo que quisieres, como tus palabras no se encaminen a ponerme miedo; que, si tú le tienes, haces como quien eres, y, si yo no le tengo, hago como quien soy.”

Aunque aquellos escritores solían ser cristianos que de dientes para afuera hablaban de poner la otra mejilla, lo cierto es que en sus personajes el acero se aprestaba con presteza. “De lengua al agraviado caballero ha de servir la espada, no la pluma” o, cuando no llega a buen fin el arreglo verbal de una disputa: “lo que la ciencia erró, venza el acero”, muy parecido a “la lengua suspended, y hable el acero” o “donde el acero ha de hablar, calle la lengua”.

Así pues, no salía tan barato insultar a alguien. Siempre que lo hizo, don Quijote hubo de sostenerlo con las armas o pagarlo en los huesos. Por eso gran prudencia era cerrar la boca. Baltasar Gracián escribió: “Siempre hay tiempo para enviar la palabra, pero no para volverla”. Y Calderón de la Barca dijo: “Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla”.

AQ

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