El testamento literario de Roberto Bolaño

Literatura

En la antología ‘Notas para una autobiografía. Entrevistas 1975-2003’, queda claro que el principal objetivo del autor de ‘Los detectives salvajes’ fue escribir, y antes que eso, leer.

Roberto Bolaño, escritor y poeta chileno. (EFE)
Carlos Rubio Rosell
Madrid /

Poco antes de morir, cuando contaba cincuenta años, Roberto Bolaño creía, a pesar de haber obtenido dos de los premios más importantes de las letras en lengua española, el Rómulo Gallegos y el Herralde de Novela, y de ser considerado uno de los escritores más originales de la narrativa actual en castellano, que el ser humano estaba condenado de antemano a la derrota “sin apelaciones”. Sin embargo, su vida, dijo, había sido una pelea abierta, sin cuartel, de la mejor forma posible y limpiamente, por alcanzar las cotas más altas de la creación artística, e intentó toda su vida caer como un valiente. Sabía que ésa era su victoria.

Tal vez por esa razón lo último que pidió públicamente fue “el premio de poder escribir cada día”. El reconocimiento, la fama, los premios literarios, le daban absolutamente igual. Los únicos premios que había perseguido, confesó pocos días antes de ser internado en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, donde fallecería por insuficiencia hepática un lunes 15 de julio de 2003, eran los de provincia, en España, “porque si ganaba, comía, y si no ganaba, no comía”. Los ganó casi todos, y esos fueron los premios que recordaba con cariño —“Realmente, el favor que me hicieron los que me dieron estos premios es enorme. No sabrán jamás la enorme gracia que derramaron sobre mí”—. Porque para él, nadie con dos dedos de frente podía creer en el triunfo. “Creo”, aseguraba, “en el tiempo. Eso es algo tangible, aunque no se sabe si real o no, pero el triunfo, no, de ninguna manera. En el campo de los triunfadores uno puede encontrar a los seres más miserables de la tierra y hasta allí yo no he llegado ni me veo con estómago para llegar”.

Así que ni triunfo ni premios ni reconocimiento valían ya nada para él, que creía más bien “en la lluvia cuando llueve y en mi cuenta corriente cuando hay dinero”, porque como señalaba, el mejor escritor del siglo XX, y en esto no tenía ninguna duda, había sido Franz Kafka, “alguien a quien no se reconoció jamás en vida. Partiendo de esto”, subrayaba, “¿qué coño significa el reconocimiento? Nada de nada”.

Lo suyo, como queda de manifiesto en el libro Notas para una autobiografía. Entrevistas 1975-2003, que acaba de publicar Alfaguara en España, fue escribir, y antes que eso, leer, porque en el momento en que decidió ser escritor, cuando tenía dieciséis años, se puso a leer. “Y gracias a la literatura”, contaba, pudo leer “libros maravillosos, increíbles, como encontrar tesoros”. Y en su vida, que fue bastante nómada y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer “contrapesó esa pobreza” y fue su “soberanía” y su “elegancia”. “Podía estar en cualquier situación y si leía a Horacio, por ejemplo, el dandy, el que estaba viviendo por encima de sus posibilidades era yo, siempre. La literatura me ha producido riqueza, es riqueza”.

Porque la vida, consideraba, “no creo que haga escribir a nadie. El momento en que uno decide ser escritor es un instante de locura total y de voluntad, entendida en el sentido nietzscheano de la palabra, que es un sentido bastante delirante. Escribir no es normal, lo normal es leer y lo placentero es leer, incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima”.

Y ahí estaba “el lector ideal”, aquel que, como exponía Bolaño, “conoce a fondo la obra de un escritor. Leer un solo libro de Camus, pongamos por caso, me parece imperdonable. Y lo mismo podría decir de Flaubert o de Stendhal. Hay que leer a Stendhal entero, buscar sus libros, atesorarlos, mimarlos. Otro lector ideal es el romántico, que lee Werther y luego se pega un tiro en la cabeza; o uno lee a Kerouac y termina haciendo autostop bajo la lluvia; o lee un relato de ciencia ficción de Philip K. Dick y empieza a urdir conspiraciones. Pero eso quizás sea ir demasiado lejos. No quiero que mis lectores sufran, ni que mueran jóvenes”.

En cualquier caso, Roberto Bolaño apostó por la escritura e hizo de ello un arte. Sus principios fueron, como explicó él mismo, no solo estéticos, sino también éticos. “Yo no intento conciliar a la izquierda con la derecha. Para mí la literatura traspasa el espacio de la página llena de letras y frases, y se instala en el territorio del riesgo, yo diría del riesgo permanente”.

En ese sentido, la gran literatura no era para el escritor “una cuestión de estilo ni de gramática, como también sabía Swift. Es una cuestión de iluminación, tal como entiende Rimbaud esta palabra. Es una cuestión de vivencia. Es decir, por un lado, es una lectura lúcida y exhaustiva del árbol canónico y, por otro lado, es una bomba de relojería. Un testimonio (o una obra, como queramos llamarlo) que explota en las manos de los lectores y que se proyecta hacia el futuro”, aunque al final lo que se cuente sea siempre “una variación de lo que el hombre se viene contando a sí mismo desde hace miles de años”, pues lo que cambia, “lo que permite que el árbol, si aceptamos darle esa figura a la experiencia literaria, se mantenga vivo y no se seque es la estructura, nunca el argumento. Esto, por supuesto, no quiere decir que el argumento, el tema, no importe, claro que importa, o tal vez lo que importa sea la dosificación del tema, la reformulación de la ‘dosis temática’, pero lo importante es la estructura. La estructura es la música de la literatura”.

Como testamento literario, Notas para una autobiografía funciona perfectamente. Pero también es un repaso completo de algunos otros temas que la curiosidad de sus lectores, a través de sus entrevistadores, le plantearon a lo largo del tiempo, desde su identidad como chileno, pasando por su “mexicanidad” como escritor, hasta sus cuitas existenciales, a lo que se añaden algunas joyas como un par de diálogos entre Bolaño y Ricardo Piglia y Rodrigo Fresán, así como un texto seminal del poeta y periodista oaxaqueño Macario Matus en el que hablan Mario Santiago y Bolaño a propósito de un recital en la Casa del Lago en octubre de de 1975, y dos entrevistas realizadas por el propio Bolaño en 1976, publicadas en la revista Plural, a Arqueles Vela y a Poli Délano. Es decir, se trata de un recorrido intelectual pero también biográfico, en el que se abordan sus primeros años mexicanos como poeta radical y combativo, su traslado y asentamiento definitivo en España, las obras sucesivas —de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, La literatura nazi en América o Los detectives salvajes, hasta Amuleto, Nocturno de Chile, Amberes o la bellísima Tres—, así como sus opiniones sobre el mundillo literario y sus autores.

“Yo a México le debo, más que nada”, afirma, “mi formación intelectual: la formación sentimental se la debo más a España”. “Nosotros detestábamos a Octavio Paz, pero Octavio Paz es un gran poeta, pero un gran poeta. Y es uno de los ensayistas más lúcidos de nuestra lengua”. “Para mí Ciudad de México es una ciudad de fantasmas. He recibido muchas invitaciones para participar en congresos de escritores y en cursos universitarios, y nunca he aceptado. Hace más de veinte años que no pongo un pie en la ciudad, y eso que mi padre aún vive allí. Mi relación con México fue de lo más intensa, pero eso quedó atrás. Ahora México se encuentra en mi cabeza, en mi imaginación; prefiero pasar las vacaciones en lugares más interesantes”.

“La dictadura aparece en algunos de mis textos como la escenografía de una búsqueda más profunda, como es la presencia del mal. Yo no me inspiro en las dictaduras porque los personajes de estos gobiernos irregulares son terriblemente mediocres. Solo sirven como personajes secundarios, en cambio, el mal ofrece mucho juego literario”.

“...me vine solo [a Europa] y trabajé en todos los oficios conocidos, salvo los tres o cuatro oficios que por decoro o naturaleza no haría jamás, y Amberes es, bajo determinada lectura, una manera de mirar uno de esos oficios, tal vez el que me resultó más grato, el de vigilante nocturno de un camping a orillas del mar, y que, en cierta forma, me devolvió el gusto de vivir junto al mar, un mar como el Mediterráneo, que es el más hermoso del mundo, más que el Pacífico y el Atlántico, más que el Índico y el Caribe (aunque el Caribe, lo decía Kennedy Toole, es como un Mediterráneo bebé), mucho más que el Báltico, que parece un charca negra, y que el Mar del Norte”.

La década del ochenta, que fue nefasta para Latinoamérica, creó una tipología que no solo se expandió en el ámbito literario, sino básicamente en el ámbito profesional, cuyo lema era ganar dinero, tener éxito, todo con un rechazo absoluto al fracaso y un criticismo por encima de todo. Y los escritores adoptarán más o menos ese modelo como propio. Entonces aparecen escritores en los que no hay nada. O son malos copistas del realismo mágico, como la mexicana Laura Esquivel, o son pésimos escritores, entre comillas, juveniles, como Alberto Fuguet, o son escritores que toman temas históricos de una forma nefasta. Hay una escritura muy mala en Latinoamérica, una escritura que por un lado abusa del tipismo, del folclorismo, y que se intenta vender al extranjero como una mercadería exótica”.

“Me siento cercano a algunos latinoamericanos como Abilio Estévez, que es cubano, al mexicano Juan Villoro. Villoro, para mí, es uno de los mejores novelistas de mi generación y un escritor desde todo punto de vista admirable. Me siento cercano de Enrique Vila-Matas, de Javier Marías. Me siento cerca de Rodrigo Rey Toda, guatemalteco, que es muy bueno también, y de César Aira, el argentino, o de Alan Pauls y Juan Forn”.

Los diez libros que recomiendo son: Odisea, de Homero; las Historias, de Heródoto (completo); las Historias, de Polibio (completas); los Líricos griegos arcaicos, antología de Juan Ferraté; los Diálogos, de Platón (completos); los Poemas, de Castillo; la Eneida, de Virgilio; las Sátiras, de Horacio; la Guerra de los judíos, de Flavio Josefo; la Historia de Roma desde su fundación, de Tito Livio (completita). Creo que ya hay diez títulos. Y nos dejamos en el tintero a Marcial, a Juvenal, a Ovidio, a Lucano, a Propercio, a Jenofonte, a Ciceron, uf, a muchísimos, hasta llegar a Anna Comneno, cuyo libro, la Alexíada, es como una catapulta silenciosa. Una catapulta viva en un sueño”.

2666 es una apuesta. Dado el número de sus páginas, la apuesta necesariamente ha de ser fuerte. Aunque en realidad toda obra literaria tendría que enfocarse así: un trabajo de artesanía, de humildad y de paciencia, pero también una apuesta salvaje, el instante en que el escritor se la juega a todo o nada. Ese es uno de los males, por otra parte, de la literatura actual. Son muy pocos los escritores que se la juegan a todo o nada. Casi todos prefieren situarse en un término medio, contentar a una entelequia a la que llaman público lector, y asegurar su sueldo. Que al final de cuentas no es más que un sueldito miserable”.

“Yo básicamente soy poeta. Empecé como poeta. Casi siempre he creído, y aún sigo creyéndolo, que escribir prosa es de un mal gusto bestial. Y lo digo en serio. ¿Por qué? En algún sentido creo que escribir prosa es volver a las labores de mi abuelo analfabeto. Es mucho más difícil la poesía. Las escenografías que te proporciona la poesía son de una pureza y de una desolación muy grande. Cuando juntas pureza y desolación el escenario se agranda automáticamente hasta el infinito y lo lógico es que tú desaparezcas en ese escenario y, sin embargo, no desapareces. Te haces infinitamente pequeño pero no desapareces”.

“...yo no creo en la literatura que pretende narrar hechos reales. Yo creo que toda literatura, por su propia condición, tiene que liturizar, tiene que fabular. Los hechos reales, por más magníficos que sean, no significan nada si no están narrados desde una óptica cuyas señales no sean estrictamente literarias”.

“Me levanto a la mañana temprano. Trabajo hasta las doce del mediodía, hora en la que voy a buscar a mi hijo al colegio. Regreso a mi estudio después de comer y me quedo hasta las seis de la tarde. Después leo o preparo la cena. Y además me encuentro con mi mujer. ¿Qué más puede pedir un escritor?

“Vivir es algo súper importante, cuando uno está sano es bonito vivir, ver un partido de futbol, un partido épico Real Madrid-Barcelona, o disfrutar del cariño de tu familia, de tus amigos o simplemente vagabundear”.

AQ / MCB

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