Elaine Vilar Madruga: “Todo el lenguaje es político”

Entrevista

Con ‘La piel hembra’, la escritora cubana Elaine Vilar Madruga, que se prepara para una gira por nuestro país, cierra un caudaloso ciclo novelístico.

Elaine Vilar Madruga, escritora cubana. (Instagram)
Ciudad de México /
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Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989) confiesa que regresar con un libro nuevo a México es una necesidad. La piel hembra, de casi setecientas páginas, es una novela de realismo mítico sobre un pueblo sin nombre ni ubicación, donde las mujeres se rebelan contra “machócratas” y “macholocos” y se exhiben “áureas”. De esta manera, la poeta, narradora y dramaturga cierra un ciclo de cinco años.

En julio del año pasado, la prolífica autora estuvo en una residencia en la Casa Snowapple, en Coyoacán, donde escribió muchas de las últimas páginas de La piel hembra (Alfaguara, 2026), que concluyó en Cuba, donde están sus vivos y sus muertos, isla que sueña como un lugar donde habrá espacio para la transformación, la esperanza y la conciliación.

“Con México tengo lazos profundísimos. Es un país al que siempre me gusta regresar, al que siento parte de la geografía emocional de mis afectos”, dice a Laberinto, a punto de viajar desde La Habana a completar un fin de año “muy mexicano” con un maratón de presentaciones en las ferias del libro en la UNAM, Monterrey y Guadalajara, y en el Hay Festival en Querétaro.

Hace un par de semanas, Vilar Madruga, de 37 años, fue incluida en el proyecto “26 en el 26” que lanzó la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) para celebrar sus cuatro décadas con novelistas de hasta cuarenta años de edad cuyas obras son la vanguardia de la narrativa contemporánea.

La piel hembra es la última de mis novelas, el final de una etapa de escritura de una serie de búsquedas lingüísticas y de temas, un viaje que se inició hace cinco años con la primera de mis novelas, La tiranía de las moscas, y siguió con Las cavidades y El cielo de la selva”, apunta.

Caudalosa en su charla como en su prosa, pero precisa y sencilla como su poesía, Vilar Madruga reitera que La piel hembra cierra una etapa de trabajo y “probablemente abra nuevas puertas de creación”. Cuenta en ella la historia de un grupo de mujeres de un pueblo perdido en las montañas que inicia una rebelión de los cuerpos que deriva en una suerte de guerra civil entre los deseos y las esperanzas de sus pobladores, quienes han estado esperando una voz mesiánica que los salve de la nada.

Regresa cuando la FIL la incluye en “26 en el 26”. ¿Qué implica dialogar con su generación?

Una posibilidad tremenda. Un listado es también la puerta a un mundo de descubrimientos que nos permite diálogos entre escritores tan disímiles, que trabajamos en un continente, un territorio marcado por la lengua española con todas sus metamorfosis y transmutaciones. Además, es un tiempo muy interesante para la literatura a escala mundial, porque la hispanoamericana se posiciona en los primeros escaños de la más leída del mundo. Algunos autores y autoras del continente, muchos de ellos muy jóvenes, están abriendo pasos en mercados muy competitivos y enamorando a los lectores y a las lectoras.

El listado, además de significar un honor tremendo para quienes fuimos incluidos, nos da la posibilidad de conocer voces con las que compartimos un tiempo generacional de creación. Tendremos también elementos discursivos de búsquedas de lenguaje, de búsquedas temáticas comunes. La literatura, al final, es un poco la fotografía de los tiempos que nos ha tocado vivir. Estos 26 autores son los fotógrafos que retratamos la realidad desde nuestras geografías, desde la condición del cuerpo migrante, porque muchos de los incluidos son nómadas que se ocupan de retratar esas realidades.

Portada de ‘La piel hembra’, de Elaine Vilar Madruga. (Alfaguara)

¿Cómo se inserta el cuerpo en su obra?

Los cuerpos siempre me han obsesionado. Esta obsesión parte de entender y fotografiar el cuerpo propio, que siempre será un cuerpo en metamorfosis. Los cuerpos cambian desde que nacemos hasta el momento en que nos volvemos cadáveres. Me interesa mucho este proceso de transmutación de la corporalidad porque el cuerpo es un territorio de resistencia. Tratamos de resistir los embates no solo del tiempo sino de las políticas, de las huellas y traumas con que vivimos y con los que aprendemos a sobrevivir.

El cuerpo de las mujeres ha sido visto con una mirada cosificadora, más como objeto que como sujeto. Hay que recuperar ese derecho a la narrativa propia, a contar desde nuestros cuerpos, a no dejar que nuestros cuerpos sean contados por otras voces, hablar del cuerpo femenino en toda su belleza, en todo su esplendor, pero también en su decadencia, del derecho al envejecimiento que muchas veces se nos niega.

En Las tarántulas, ¿cómo trastoca el cuerpo femenino para llegar a esa metáfora de la tarántula?

En Las tarántulas lo femenino es un cuerpo monstruoso. Está intervenido por el deseo de tener un hijo y no poder tenerlo. Está intervenido por el ansia de ser madre. Está intervenido también por las cicatrices que no tienen tanto que ver con la historia personal sino con la historia de los países que habito. Las tarántulas es un poemario que se acerca a mi deseo de contar no solo un país o un territorio, Hispanoamérica, sino el espacio físico que habita mi cuerpo, qué historia trae mi cuerpo y qué obsesiones y traumas arrastra mi cuerpo y cómo es un sujeto en transmutación, cómo cada vez que creo entenderlo se transforma y se convierte en algo a la vez conocido y ajeno. Las tarántulas es ese cuerpo monstruoso en el que la transmutación nos hace ajenos y conocidos a un mismo tiempo.

¿Hay algún puente o conexión de Las tarántulas con el Frankenstein de Mary Shelley?

Tiene un puente de conexión fundamental. Hoy mismo estaba escribiendo sobre Mary Shelley porque también se ocupa de cuerpos en transformación. Frankenstein es también una historia sobre miedos, sobre qué nos hace vulnerables. Son elementos de conexión que están de alguna forma en Las tarántulas. Mi poemario es una radiografía de los miedos que me habitan: al envejecimiento, a no ser buena autora, a la soledad, a la humanidad que me habita.

En su poema “Anestesia”, dice: “la poesía nada me ofrece/ salvo el silencio”. Y la prosa, ¿qué le deja?

La prosa me deja mucho ruido. Me deja zumbidos, el vaivén de las hojas cuando caen en la selva, cuando son aplastadas por el tiempo. Me deja el sonido del escalar las montañas ahora mismo. En la narrativa encuentro siempre una música interna de las palabras. Es un vaivén interesante porque no sabemos hacia dónde nos llevan las palabras, cuesta arriba o cuesta abajo. Con la poesía me pasa todo lo contrario: es silente, una cámara lenta, donde la voz se siente y las palabras se murmuran. Son ejercicios muy diferentes desde el punto de vista de la proyección del sonido.

Creo que Verlaine alude a Hamlet en el último verso de su “Arte poética”, donde afirma: “Y todo lo demás es literatura”. ¿Qué es esa literatura para usted?

Todo es susceptible de transformarse en literatura: cada silencio, cada ruido, cada historia no contada, cada historia susurrada, también aquellas que son dichas en voz alta. Lo que vivimos, lo que dejamos de vivir, es susceptible de convertirse en literatura. Por eso es que, de alguna forma, las escritoras y los escritores somos buenos observadores no solo de la naturaleza humana, sino del devenir humano, de las cosas que están sucediendo frente a nuestros ojos, de las cosas que otros no ven o pasan por alto. Tenemos una obsesión por fijar en la memoria el gesto, la imagen, el cuadro mental o la fotografía que pasa ante nosotros.

¿Cómo logra que tanto su prosa como su poesía sean tan musicales, que tengan ese ritmo trepidante, pero tan sonoro?

Soy guitarrista, estudié música clásica. La música me ha acompañado en mi formación como artista. Luego, vengo de una zona geográfica, el Caribe, muy musical, de Cuba, con una música tremenda, con ritmos variados, muchos de ellos creados en ella. Mientras escribo poesía e incluso narrativa, pienso en la melodía y en la armonía de las palabras, en cómo el lenguaje es una partitura musical. Esa armonía aparece en nuestra mente cuando leemos y encontramos esas palabras que resuenan. Es como si moldearan el piso bajo los pies. Me gusta la idea de que el ritmo de las palabras pueda ser un estremecimiento, un proceso en el cual los lectores reciban carne a carne, piel a piel y hueso a hueso.

¿Cuántas Elaine Vilar Madruga habitan en Elaine Vilar Madruga?

Muchísimas, todas mis versiones del pasado y todas las posibles de un futuro. Me obsesionan las temporalidades. Pienso en las personas que fui, en todas mis versiones como escritora, como mujer, como amante, como sujeto político, como cuerpo que habita esta realidad. Mientras escribo, pienso en las transformaciones que pueda tener en el futuro. Te diría que en mí habitan las versiones del futuro, que ojalá sigan escribiendo. Me gusta pensar en la transmutación de uno cuando escribe. La persona que hoy está hablando contigo no es la misma que escribió Las tarántulas, ya ni siquiera la misma que escribió La piel hembra. Mis libros están habitados por todas esas versiones y espero que a los próximos se sigan sumando muchas más.

¿Y cómo habitan en usted Puma, Maná, Regina Coi, Rosalía Laputa, la galería de retratos femeninos de La piel hembra?

Son como hijos, personajes que tienen tintes positivos y negativos, algunos muy marcadamente negativos, otros muy marcadamente positivos. Existen en una zona de claroscuro donde el bien se fusiona con el mal, la zona que me interesa trabajar como creadora. Siempre me ha encantado el diseño de personajes. Es como dar a luz, ver cómo se forman las uñas de los dedos de los pies, los cabellos de maíz de las mujeres, sus pieles áureas, y cómo se va formando el espacio, que tiene una condición de personaje fundamental: las montañas, el pueblo, los animales que lo habitan, los humanos que tienen comportamientos animales, los animales que tienen comportamientos humanos.

Hay una conexión con la criatura que engendraste, que también es una fotografía de la vida que has vivido, de los sueños que has tenido, de las obsesiones o los traumas que has experimentado, de las geografías de tus afectos. Mis personajes se parecen también a la vida que viví, a las personas que he conocido, a las que he conocido a través de la lectura y a la historia del territorio que habitan.

¿Por qué en La piel hembra no identifica al pueblo, como se hizo con Macondo, Comala, Santa María?

Ya no hacen falta nuevos pueblos ilustres, hacen falta pueblitos pequeños. No hace falta la ilusión de grandes pueblos míticos, sino un espacio que no tiene nombre, que no está ubicado en un país determinado y que pueda evocar por eso mismo la presencia de todos nuestros pequeños terruños. Este es un pueblito perdido en el medio de la nada, con una historia que carga sobre sus hombros, una historia milagrosa, porque el milagro aquí es condena que los personajes deben arrastrar.

Mi intención ha sido siempre el juego. Me interesa que la gente que me lea venga a jugar, como yo cuando juego con el lenguaje. El juego en La piel hembra consiste en habitar el espacio de las personas, que nos recuerde los relatos personales, no la idea de un relato colectivo. Es un poco la invitación a que las lectoras y los lectores habiten, invadan el espacio, y les recuerde sus pueblitos sin nombre y perdidos en el margen de los caminos y las montañas.

Sus libros se han vinculado a géneros como el terror o lo fantástico. La piel hembra me parece más cercana a lo mítico que a lo mágico.

Tu eres mexicano, yo soy cubana, y lo mágico en nuestro continente forma parte de la vida cotidiana. La esfera de lo mágico es una cara del realismo. Ahora bien, siempre me ha interesado lo místico y lo mítico de los espacios que habitamos, sean simbólicos o físicos, lo místico y lo mítico de los cuerpos, de los silencios, de las geografías emocionales, de las guerras que han sucedido. Me interesa la zona mística porque siento que es un territorio que no se ha explorado a profundidad.

Hay mucho que se puede seguir hablando y debatiendo sobre las religiones, sobre los mitos de los pueblos, sobre el folclor y la mística del lenguaje. Lo místico se abre a muchas influencias, y en él caben el realismo mágico, el terror, la literatura de crítica política o social, la fantasía o la ciencia ficción. Me gusta pensar en la literatura como un cultivo donde se asientan diferentes aguas, ritmos, arenas, cadencias, sabores.

A propósito de lo áureo, de lo místico en La piel hembra, ¿se siente usted más relacionada con el Renacimiento, incluso con la visión medieval del arte, que con el siglo XXI?

Una es hija de los tiempos pasados, pero, sobre todo, de los tiempos que le han tocado vivir. Siento una conexión muy profunda con el tiempo que me ha tocado vivir, incluso escribo porque me interesa la crítica a este tiempo. Escribo no solo porque me interesa la exploración del pasado que fue o del pasado transmutado y que sigue teniendo ecos en nuestro tiempo, sino porque me interesa el presente. Me interesa también el futuro posible que se está cociendo desde el presente. Pero no puedo olvidar que soy hija de los tiempos pasados y que en mí viajan referencias, iconografías, lecturas, toda una representación que tiene sus fundamentos en el Renacimiento.

¿Cómo entra la tradición de la gran literatura cubana en su obra?

Soy hija de una tradición literaria, de un canon nacional, de una de las literaturas más potentes del Caribe, que es la cubana. Mi isla ha dado muy buenos poetas, narradores, dramaturgos. Convivo con esas madres y esos padres literarios, están dentro de mi maleta de escritura, dentro de mi maleta de viaje.

El pueblo de La piel hembra me parece que refuta ese verso de Eliseo Diego que llama a Cuba una “isla pequeña rodeada por Dios en todas partes”, porque usted más bien mete a dios por todas partes.

Creo que refuta y al mismo tiempo afirma lo que dice Eliseo Diego. Por momentos, el pueblito sin nombre de La piel hembra parece muy habitado por dios; de hecho, dios se desborda por el pueblo, se derrama montaña abajo, forma una especie de caudal. Y por momentos parece también un pueblo muy abandonado por dios, un pueblo solo en lo más alto de la montaña donde a los hombres, en esa soledad, no les queda otra que inventarse dioses, los dioses de la guerra, los dioses de la muerte, los dioses de los huesos, los machócratas y los macholocos. Tiene una necesidad de buscar algo en qué creer, asirse a algo que trascienda, la necesidad de la esperanza que nos brinda ese más allá.

Irremediablemente, este pueblo de La piel hembra se asocia con Cuba. ¿Cómo ve a Cuba?

Se viven momentos muy difíciles desde hace muchos años, pero el último quinquenio ha sido especialmente difícil. Quiero pensar en Cuba como un lugar donde habrá espacio para la transformación y la esperanza. José Martí hablaba de la necesidad de construir un lugar de todos y para bien de todos. Esa frase identifica lo que sueño y quiero para mi país: un espacio donde tengan cabida los cuerpos migrantes, los cuerpos exiliados, los cuerpos que se han quedado en la isla; un espacio de conciliación, donde exista pluralidad de criterios, donde todos puedan hablar y dar su opinión sobre la política y los destinos del país. Me interesa que sea un país que se abra al mundo y que se abra al futuro. Me gustaría que fuera también un país donde la gente no sufriera por las políticas internas y las políticas externas, que existiera esa mirada donde se siga privilegiando el bienestar del ciudadano y la ciudadana. Cuba es el país donde tengo mi casa, aunque mi cuerpo me lleve por diferentes lugares del mundo, donde están mis vivos y mis muertos.

¿Qué hay con los hombres del libro? Desde el primer capítulo hay una sumisión a las mujeres. Incluso un tipo violento puede ser sometido por Laputa.

Los hombres de mi novela son tan variados como en la vida misma. Hay muy buenos, ahí está Mango Loco, el loco profeta; está San Huesero, que cree que tiene una misión casi imposible: rescatar los huesos de los cadáveres enterrados y llevárselos a sus familiares. Hay personajes marcados por lo oscuro, tiránicos, que obedecen a la línea literaria de las novelas del dictador del siglo XX. Hay hombres moralmente ambiguos, como el cura Iván o Federico Mesías, negativo y positivo a la vez. Mis novelas anteriores están más enfocadas en los personajes femeninos, pero ahora quería mostrar el registro de lo variopinto, de lo plural, hombres que pueden ser monstruosos o angélicos o simple y llanamente eso, seres humanos intentando hacer lo mejor posible con las cartas que les ha tocado jugar en la vida.

¿Machócrata es un neologismo político?

Todo el lenguaje es político. Esta palabra, machócrata, retrata muy bien una realidad hispanoamericana: las figuras masculinas que encabezan casa, patria, territorio, isla, espacios domésticos, públicos y políticos. El lenguaje nos da la posibilidad de crear nuevas palabras en los vacíos y fusionar conceptos diferentes. Me interesa que esta novela vaya creando una mística de las palabras, un mundo que no solo se construye desde lo místico de la geografía, sino desde la mística del lenguaje.

Sobre lo que dice del loco del pueblo, ¿el escritor asume ese papel del loco en el siglo XXI?

Siempre hemos sido los locos mirando la puerta del apocalipsis y la puerta del abismo, los locos con cara de Casandras, aquellos que podemos ver un futuro, avistarlo y advertimos de ello. Nuestras voces no siempre son escuchadas a tiempo. La condición de videncia del loco tiene mucho que ver con la videncia del poeta o el novelista. Es como colocarnos frente a las circunstancias humanas en su versión más desnuda, y prever lo que puede suceder. Me interesa la visión del escritor como el loco del fin del mundo, coreando las verdades que resultan incómodas de escuchar, pero que, por incómodas, son necesarias.

AQ / MCB

  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.

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