Eléboro | Por David Toscana

Toscanadas

Teofrasto atribuyó al eléboro múltiples propiedades medicinales, incluida la capacidad de curar la locura.

Ilustración botánica del eléboro blanco. (Wikimedia Commons)
David Toscana
Ciudad de México /
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En sus Caracteres, Teofrasto habla del impertinente. Entre otras impertinencias, dice que este hombre, durante una comida “cuenta que ha evacuado por arriba y por abajo gracias al eléboro que ha bebido, y que en sus deposiciones la bilis era más negra que la sopa que está sobre la mesa”.

Pienso en Sancho, que cuando bebe el bálsamo de Fierabrás, se desagua por “entrambas canales”. Curioso que un bálsamo tan prodigioso esté apenas hecho de vino, aceite, romero y sal.

También pienso en la famosa sopa negra de los guerreros troyanos. Su ingrediente principal era la sangre de puerco. Se le agregaba vinagre y sal al gusto. Suculenta.

La impertinencia puede ser de obra y omisión; sobre todo de palabra y nunca de pensamiento. Teofrasto la define como “una conducta que, sin dañar, causa fastidio”. A veces sí daña. Pone otro ejemplo: “El impertinente es un individuo capaz de ir y despertar a uno que acaba de dormirse para hablar con él”.

Seguramente con esto en la cabeza, Chéjov escribió su cuento “Qué público”, en el que un revisor de ferrocarril insiste en despertar a un pasajero.

“¡Señor, Dios mío! Tengo reumatismo… Llevo tres noches sin pegar ojo, he tomado morfina expresamente para poder conciliar el sueño ¡y ahora me viene usted… con el billete! ¡No tiene usted piedad ni humanidad! Si supiera lo mucho que me cuesta dormir no me molestaría por semejante nadería… ¡Qué falta de piedad y de sentido común! ¿Qué necesidad tiene usted de mi billete?”

Ahora voy al eléboro. Teofrasto era especialista en botánica. Tiene un libro titulado Historia de las plantas. Entiendo que no es fácil hoy conseguir eléboro en las herbolarias; sin embargo, Teofrasto lo pinta como un curalotodo: purgante, contra el aborto, desórdenes de la vejiga, enfermedades de la mujer y de los oídos, además fortalece la voz, regula las flatulencias de las caballerías, se emplea para perfumes, es diurético, antídoto contra la picadura de alacrán y, muy notoriamente, sirve para curar la locura.

Otra vez pensé en Chéjov. En su cuento “El monje negro”. ¿Qué le dieron a Kovrin para curarlo de la locura? Crucé los dedos para que fuera eléboro, pero no, le habían dado bromuro de potasio.

En la zona de Anticira se cultivaba el mejor eléboro, y para llamarle loco a alguien se le decía: “Vete a Anticira”.

El mayor empleo del eléboro blanco era como vomitivo. Umberto Eco escribe: “El eléboro blanco puede provocar vómitos a la persona que lo coge para arrancarlo de la tierra”. Distinto a lo que escribe Teofrasto: “El eléboro hace que la cabeza adquiera pesantez, y los recolectores no pueden estar arrancándolo durante mucho tiempo, por lo cual comen antes ajos que riegan con vino puro”. Benditos aquellos días, pues hoy se iría a la quiebra un hacendado que hubiera de darles “vino puro” a sus jornaleros.

AQ / MCB

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