Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska nació en París en 1932, hija de un francés de origen polaco y estadunidense, el príncipe Jean E. Poniatowski Sperry, y de Paula Amor de Ferreira Iturbe, franco-mexicana de ascendencia rusa, cuya familia había abandonado México tras el fin del Segundo Imperio. Debido a la Segunda Guerra Mundial, la familia emigró a México con Elena, de apenas diez años. Según relata Michael K. Schuessler en su biografía de la escritora, la primera lengua de Poniatowska fue el francés, que hablaba con sus padres, y luego el inglés con acento británico, que aprendió en el Colegio Windsor. Aprendió el español de manera informal con las trabajadoras domésticas de la familia. Más tarde fue enviada a Estados Unidos para estudiar en una escuela privada dirigida por monjas en el Convento del Sagrado Corazón en Filadelfia. Debido a esto, algunos de sus críticos consideran que su identificación como mexicana, así como su identificación con América Latina y la lengua española, son elecciones deliberadas. Para Bell Gale Chevigny, “la fuerza particular de la obra de Poniatowska deriva del vacío que encontró en su posición como mujer privilegiada y de que utilizó esa posición para cultivar una disposición de imaginación y espíritu”.
Lo cierto es que a lo largo de la obra de Poniatowska se puede observar una actitud ética hacia el otro, es decir, hacia las personas diferentes a ella, sobre todo en clase social, pero también en género y etnicidad. Esta actitud se refleja en la forma en que se representa a sí misma en su escritura: una mujer de origen extranjero, educada, moviéndose entre una clase social privilegiada en un país con altas tasas de analfabetismo y pobreza, que busca entender la identidad mexicana en quienes son diferentes a ella. Ese deseo de pertenecer definirá, desde sus inicios en el periodismo y la literatura, su interés por la cultura popular. Y es que Poniatowska comenzó simultáneamente sus carreras periodística y literaria: en 1954, llegó al periódico Excélsior, entrevistando a políticos y artistas, y publicó Lilus Kikus, una colección de doce relatos cortos que hoy podríamos llamar “autoficcionales”.
Desde la publicación de La noche de Tlatelolco (1971), una crónica o “mosaico testimonial” sobre la masacre estudiantil de 1968 por el Estado mexicano, la práctica periodística de Poniatowska fue una novedad para la época y se ha comparado con la del llamado Nuevo Periodismo estadunidense por su libertad para experimentar con géneros más allá de la escritura “objetiva”, que era lo tradicional en la prensa mexicana. Sin embargo, el interés de Poniatowska por la cultura popular oscila entre una identidad literaria cosmopolita y una periodística más relacionada en intención con lo que la teórica Kimberly Nance ha denominado “la búsqueda de la justicia social”. Esta búsqueda de justicia social destaca en Fuerte es el silencio (1980), Nada, nadie: las voces del temblor (1988) y El tren pasa primero (2006).
Tanto el periodismo como la literatura de Poniatowska pueden analizarse como una sola forma híbrida, entre lo documental y ficcional. Su estilo y sus intenciones son más afines a la narrativa testimonial, un género practicado por los autores latinoamericanos políticamente comprometidos de la generación de la postrevolución cubana. En su búsqueda original por entender al otro, Poniatowska ha terminado por inventar su propio género, uno en el que “los sin voz”, los personajes marginados de la vida mexicana, han conquistado un espacio central a través de sus textos. Sin embargo, si el lector presta cuidada atención, ahí, tímidamente escondida, entre líneas, detrás de su libreta, sigue estando esa mujer, testigo y participante de la vida cambiante del país que decidió elegir como propio.
Lilus, Mariana y otras mujeres
Antes de la publicación de El amante polaco (2019), sus memorias, donde entre episodios históricos e íntimos de su familia confiesa valientemente su experiencia de abuso sexual, lo más cercano que Poniatowska había estado a la autobiografía fue con El universo o nada (2013). Narrado en primera persona, este libro se centra en la vida de su esposo, el astrónomo ya fallecido Guillermo Haro. La autora se representa a sí misma como una ama de casa entregada a su familia, aunque bastante distraída y poco dispuesta a tomar decisiones firmes.
En contraste con esta imagen de esposa tradicional, que desea agradar a los círculos políticos y sociales de su marido, Poniatowska ha escrito sobre otras mujeres a las que admira por su independencia, libertad, fortaleza, coraje y falta de interés por las convenciones sociales. En Las siete cabritas (2000), siete perfiles de intelectuales mexicanas, Poniatowska se centra en identidades femeninas que contrastan de diversas maneras con su propia vida. Hay una clara diferencia entre estas mujeres y la narradora Poniatowska, quien se retrata como una mujer infantilizada o ingenua que se comporta “correctamente”, una buena chica católica con falta de autoestima, que se siente insegura respecto a sus capacidades artísticas. Desde ahí explora la sexualidad femenina, que no deja de impactarla al escribir sobre las vidas excepcionales de estas “otras”. Esto se muestra especialmente en el perfil de la modelo, pintora y poeta Nahui Olin. El origen de Olin es bastante similar al de Poniatowska: provenía de una familia francesa de clase alta, que incluía intelectuales y escritores. No obstante, el contraste entre ambas identidades es evidente, pues la libertad y sensualidad experimentadas por Olin no se comparan con las de la narradora: “Sus ojos son de un erotismo brutal, hasta violento. No hay hombre o mujer ahorita en México y a principios del siglo XXI que se atreva a escribir así, a sentir así, a enamorarse así, a pintar así”. La escritora intenta explicar el comportamiento inusual de Olin describiéndola como un ser de otro mundo.
En los textos de Poniatowska, sean literarios o periodísticos, las mujeres son representadas como independientes y fuertes. Mientras retrata a mujeres marginadas y sin educación en relación con sus tareas domésticas y su condición de pobreza, en el caso de las artistas explora su vida interior en un sentido más profundo, alabando su inteligencia y su sensualidad. Otro ejemplo destacado es Tinísima (1992), una novela biográfica sobre la fotógrafa Tina Modotti, que contiene la prosa más erótica de la obra de Poniatowska. Si bien en la ficción Elena Poniatowska apenas escribe sobre la libertad sexual y el placer femeninos, al escribir sobre estas mujeres “de carne y hueso” se desafía a sí misma.
Poniatowska se inscribe dentro de una generación de artistas que se enfrentan a una sociedad patriarcal y conservadora. Su forma de acceder a la crítica de esta sociedad es mediante la ironía y una inocencia consciente. Es por ello que la perspectiva infantil es otra característica distintiva del estilo de Poniatowska. En Lilus Kikus, una historia de formación sobre una niña en la Ciudad de México, la protagonista critica a la sociedad en la que vive con un uso excesivo de la ironía: “Lilus oyó decir por allí que las tontas son las mujeres más encantadoras del mundo. Sí, las que no saben nada, las que son infantiles y ausentes”.
La construcción de un punto de vista infantil es más compleja en La “Flor de Lis”. Esta novela puede leerse como una continuación de las aventuras de Lilus Kikus, aunque aquí la narradora se llama Mariana y es una adolescente. La personalidad de Mariana se va construyendo a través de una mezcla de tabúes religiosos y una conciencia del significado de la sexualidad: muestra fascinación por el cuerpo de la madre a la vez que descubre que el cuerpo desnudo debe estar oculto, y su amistad con otras mujeres está arraigada en su admiración por su belleza física.
Ante la imposibilidad de conocer completamente al otro o, más específicamente, a la otra, Poniatowska adopta el papel de observadora silenciosa. Encarna la descripción que hace Virginia Woolf de la escritora de no ficción como alguien que observa la vida de los demás a través de sus ventanas. Sin embargo, las narradoras en primera persona de Poniatowska no permanecen en un mismo lugar por mucho tiempo. Actúan en un estado de desplazamiento continuo: si la niña Lilus Kikus observa el mundo desde la ventana de su casa, la joven Mariana lo observa desde la ventana de un autobús en movimiento. En las ficciones autobiográficas de Poniatowska, la identidad se representa como un proceso que sufre un cambio constante, simultáneo al proceso de descubrir la otredad. Sentada en una banca pública, Mariana observa al pueblo mexicano marcando cierta distancia, pero al final de la obra es capaz de dominar el lenguaje popular para comer lo que todos comen: “Me gusta sentarme al sol en medio de la gente, esa gente, en mi ciudad, en el centro de mi país, en el ombligo del mundo... Mi país es este banco de piedra desde el cual miro el mediodía... Mi país es el tamal que ahora mismo voy a ir a traer de la calle de Huichapan número 17, la FLOR DE LIS. ‘De chile verde’, diré: ‘Uno de chile verde con pollo’ ”.
En la escritura de Poniatowska, la figura del otro —que podría ser otra mujer o el más abstracto “pueblo mexicano”— está estrechamente entrelazada, mediante el lenguaje popular, con la figura de una narradora que aspira a fusionarse con sus personajes. Poniatowska ha construido un personaje de sí misma capaz de movilizarse por el territorio nacional y sus más intrincados círculos, un personaje que ha sabido desarrollar la autoridad suficiente para cuestionar a un político, entablar conversaciones con intelectuales, así como disfrutar de la cultura popular.
Pertenecer
En Luz y luna, las lunitas (1994), hay una fotografía monocroma de página completa que captura, de pies a cabeza, a dos mujeres tomadas de los brazos. Ambas están quietas sobre el suelo sin pavimentar, con un muro de ladrillo al fondo en el que cuelgan jaulas de pájaros. A pesar de su edad, altura y diferente color de piel, a primera vista las mujeres parecen similares: dos “señoras” de mediana edad. Sonríen a la cámara, ambas con sus vestidos florales de verano, suéteres delgados y el pelo recogido. Sin embargo, si se observa detenidamente, las pequeñas y sutiles diferencias sobresalen. La mujer de la izquierda lleva ropa más descolorida, con las costuras del vestido deshilándose y sus zapatos están rotos, mientras que la mujer de la derecha lleva ropa de mejor calidad, elegantes zapatos de tacón, un reloj y una pulsera en una muñeca, mientas que su pelo parece haber sido peinado profesionalmente. Aunque ambas miran directamente a la cámara, la mujer de la izquierda esboza una media sonrisa, mostrando una actitud desafiante, mientras que la otra mantiene una amplia aunque controlada sonrisa, mostrando el mismo encanto que alguien que posa para la sección de sociales de un periódico.
En el margen inferior de la página hay un pie de foto: “Usted es una catrina que no sirve para nada”. Si se sabe que la mujer de la izquierda es Josefina Bórquez, y la de la derecha, Elena Poniatowska, queda claro quién de las mujeres es la catrina y quién es la otra que ha emitido la frase. La imagen tomada por el fotoperiodista Héctor García aparece en el libro como prueba de lo que describe el texto “Vida y muerte de Jesusa”. En esta crónica, Elena Poniatowska escribe sobre el desarrollo de su amistad con Josefina Bórquez, quien participó como soldadera en la Revolución mexicana y más tarde trabajó como lavandera en un barrio pobre de la Ciudad de México. Bajo el personaje de Jesusa Palancares, Josefina se convirtió en la protagonista de la novela testimonial más famosa de Poniatowska, Hasta no verte Jesús mío (1969), pero también en una amiga cercana de la autora.
El encuentro de Elena con Josefina-Jesusa responde a un deseo que se remonta a su novela autobiográfica La “Flor de Lis”, donde la protagonista es interpelada en la calle de la siguiente manera: “Güerita, güerita ¡cómo se ve que usted no es de los nuestros, no sabe nuestras costumbres!”. Como se sabe, ser llamada “güerita”en México, o “una rubia de verdad”, como Carlos Fuentes describió alguna vez a Poniatowska, es un signo de diferencia. La identidad nacional, definida como el sentido de pertenencia a la tierra y cultura mexicanas, ha sido uno de los temas centrales en la obra de Poniatowska. El deseo de pertenecer está presente a lo largo de toda su obra y determina su propio lugar en el espacio narrado, en diálogos como este, de la misma novela:
“—Pero tú no eres de México, ¿verdad?
“—Sí, soja.
“—Es que no pareces mexicana.
“—Ah sí, entonces ¿qué parezco?
“—Gringa.
“—Pues no soy gringa, soy mexicana.
“—No se te ve.
“—Soy de México porque quiero serlo, es mi país”.
Al desarrollar fuertes relaciones afectivas entre ella y sus informantes para sus crónicas o entre la narradora y sus personajes literarios, Poniatowska ha actuado en ambos campos culturales como si quisiera responder al llamado místico de ese sacerdote que en La “Flor de Lis” motiva a Mariana a salir de su zona de confort para enfrentarse a la realidad desconocida de su país: “Atrévete a caminar en la multitud, entre los pelados como ustedes los llaman, aviéntate, rompe el orden establecido”. En la búsqueda de nuevos lenguajes para el diálogo con los otros, con ese México que eligió desde que aprendía el español del “pueblo” con las trabajadoras domésticas, Poniatowska se ha aventado a romper con el orden establecido del lugar donde le ha tocado vivir.
Este artículo es una versión acotada y traducida por mí del capítulo “Out of place”, en mi libro Latin American Documentary Narratives. The Intersections of Storytelling and Journalism in Contemporary Literature, Bloomsbury, 2023, pp. 73-105.
AQ / MCB