En 2026 se conmemoran cuarenta años del fallecimiento de la canadiense Elizabeth Smart (1913-1986), auténtica rara avis de la literatura en lengua inglesa del siglo veinte. Smart dejó como legado un poderoso díptico autobiográfico en clave poética constituido por En Grand Central Station me senté y lloré (1945) y The Assumption of the Rogues & Rascals (1978), títulos distanciados por un silencio editorial de más de tres décadas. Entre ambos libros titila una misma llama: la devastadora historia de amor que Smart sostuvo con el poeta inglés George Barker (1913-1991), integrante de los llamados Nuevos Apocalípticos, la agrupación nacida alrededor de la antología The New Apocalypse publicada en 1939 por James Findlay Hendry y Henry Treece. Aquellos escritores pretendían apartarse del clima doctrinario y el realismo político que dominaban buena parte de la poesía británica de los años treinta. Apostaban por una imaginación volcánica, por el símbolo, por el sueño, por el estremecimiento verbal. Barker representaba esa corriente con un vigor que deslumbró a Smart desde el momento en que leyó sus poemas.
La anécdota pertenece ya a la mitología literaria: la joven canadiense descubrió la obra de Barker, quedó poseída por ella y emprendió una búsqueda obstinada del hombre detrás de esos versos que la marcaron hasta lo más hondo. Cuando finalmente se encontraron, el deseo adquirió una dimensión absoluta y aniquiladora. Barker estaba casado. Smart también se internó en relaciones íntimas que orbitaban el desorden y el escándalo. De esa unión surgieron cuatro hijos y una existencia caracterizada por el desarraigo, las estrecheces económicas, las huidas y las reconciliaciones. La pasión funcionó para ambos como una fuerza de gravedad capaz de despedazar cualquier noción de estabilidad.
Todo ello alimenta las páginas de En Grand Central Station me senté y lloré, uno de los libros más peculiares del siglo pasado. Más que novela, diario o confesión, el volumen se propone como una larga incandescencia lingüística donde el amor adúltero cobra resonancias litúrgicas. Smart escribe desde el núcleo mismo del incendio emocional. Cada paisaje, cada objeto y cada estación del año participan de una exaltación erótica que bordea el trance. Con la experiencia sentimental la autora edifica un territorio verbal regido por mareas interiores, visiones y fulguraciones de índole casi bíblica. Basta leer uno de sus pasajes para advertir el voltaje de esa prosa:
Todo lo inunda el agua del amor: de todo lo que ve el ojo, no hay nada que el agua del amor no cubra. No existe un solo ángulo en el mundo que el amor en mis ojos no pueda convertir en símbolo de amor. Incluso la precisa geometría de su mano, cuando la contemplo, me disuelve en agua, y la corriente del amor me arrastra […] Estoy convirtiéndome en líquido para invadir cada uno de sus orificios en cuanto abra la puerta. Tenaz como un pájaro recién nacido, todo boca con su único deseo, cierro los ojos y tiemblo, esperando el paraíso: va a tocarme.
En estas líneas se detecta la respiración de una artista que escribe al filo del delirio, entregada a una electricidad que consume toda frontera entre cuerpo, deseo y lenguaje. Smart comprendía la pasión amorosa como una combustión permanente: de ahí que sus páginas desprendan una sensación de vértigo anímico incluso hoy, en una época acostumbrada a la exhibición sentimental instantánea y el desgaste acelerado de los afectos.
El reverso de esa aventura aparece muchos años después en The Assumption of the Rogues & Rascals. Si el primer libro está gobernado por la fiebre amorosa, el segundo examina las consecuencias materiales de aquella elección signada por la vehemencia. Smart escribe desde la maternidad, desde el cansancio, desde las jornadas dedicadas a sostener a cuatro hijos mientras Barker sobrevuela otras vidas y otros vínculos. La autora sobrevivió trabajando como redactora de anuncios por más de una década y a partir de 1963 se sumó a la plantilla de Queen Magazine, de la que llegó a ser editora, por lo que crió a sus hijos en condiciones frecuentemente adversas. El fervor romántico se combina entonces con la necesidad cotidiana de resistir.
Al día de hoy hay una sola biografía consagrada a Smart: By Heart, escrita por su amiga cercana Rosemary Sullivan y publicada en 1991, el mismo año de la muerte de Barker. Sullivan describe a Smart con una mezcla de admiración y desconcierto: “Siempre insistía en desconfiar de la vida sin riesgos; para ella la vida era una aventura y así había que vivirla, sin evitar sus cantos más afilados. Sufrió mucho. En muchos aspectos, la vida había traicionado sus ilusiones; era una vida confusa y difícil. Pero nunca se echó atrás”. Esta última frase alumbra la obstinación existencial de Smart, su negativa a instalarse en cualquier zona de confort.
Sullivan recuerda también una afirmación de la propia escritora: “Es doloroso arder en el tiempo, convertir una mancha en la pared en el centro del mundo, ahora y por los siglos de los siglos”. Pocas declaraciones resumen con tanta nitidez el ímpetu que atraviesa su obra escasa pero luminosa. Smart transformaba el detalle cotidiano más nimio en materia de revelación emocional. Su escritura aspiraba a incendiar el instante y prolongar su resplandor más allá de la duración de una vida.
En una de las pocas entrevistas que concedió, alguien le preguntó: “¿Es más difícil ser un hombre o una mujer?” Smart respondió: “Es más difícil ser una mujer, pero también es mucho más interesante”. La sentencia posee el filo irónico y la lucidez próxima al frenesí que recorren sus dos libros. Y a la vez resume la compleja aventura que ella misma protagonizó: amante, madre, lectora voraz, mujer aislada durante largos periodos, escritora venerada por círculos minoritarios y descubierta tardíamente por nuevas generaciones.
Smart, así pues, ardió en el tiempo. Ardió en el amor, en la maternidad, en la escritura y en el empeño por vivir según sus propios impulsos y sus propias reglas. Su obra, con todo, no terminó reducida a cenizas. La intensidad verbal de su díptico continúa convocando lectores que encuentran en esas páginas una valentía infrecuente, una forma extrema de entrega afectiva y estética. En medio del bullicio contemporáneo, la voz única de Elizabeth Smart mantiene su tono abrasador sin dar el menor viso de extinguirse.
AQ / MCB