Estar de más | Por Emmanuel Carrère

Literatura

Lee el prólogo a la edición italiana de ‘Operación Shylock’ (Adelphi, 2026) de Philip Roth, una obra, según Carrère, “generalmente considerada la cúspide, la obra más virtuosa y asombrosa de su genial autor”.

Philip Roth y Emmanuel Carrère. (Imágenes de Wikimedia Commons)
Emmanuel Carrère
Ciudad de México /
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¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?

En mi opinión, desde que el crítico Serge Doubrovsky acuñó el término “autoficción”, este ha sido ampliamente explotado. En general, en casos de libros como el mío, por ejemplo, engloba todo aquello que simple y sencillamente podría llamarse escritura autobiográfica, dictada por la obsesión de la verdad y por la insistencia de eliminar la ficción en la medida de lo posible. En otras palabras: no contar patrañas ni contárselas a uno mismo. Los libros cuya trama autobiográfica está contaminada por la ficción, los libros cuyo autor, sin dejar de ser él mismo, actúa bajo su nombre en una realidad paralela, son, de hecho, bastante raros. Los más extraordinarios han sido escritos por Philip Roth, con una furia tal que él mismo sintió la necesidad de intitular a uno de ellos Los hechos (1988). En esta ocasión, jura, que no inventa nada, que le entrega al lector la cruda, fáctica y simple verdad; pero no puede evitarlo, es más fuerte que él, y concluye el libro con una carta dirigida a Philip Roth por su habitual doble literario, el escritor Nathan Zuckerman. Sea como fuere, de todo este ciclo, que también comprende la solemne e impactante Patrimonio. Una historia verdadera (1991) y la cada vez más retorcida —a mi parecer— Engaño (1990), Operación Shylock (1993) es generalmente considerada la cúspide, la obra más virtuosa y asombrosa de su genial autor.

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Gracias a su biógrafo, Blake Bailey, sabemos que, a finales de la década de 1980, Philip Roth sufrió una terrible depresión y que, durante ese mismo periodo, el de la Primera Intifada, viajó en múltiples ocasiones a Israel. Esas visitas no solo inspiraron el libro que tienes en tus manos, sino también otra obra maestra, La contravida, publicada en 1986 (la creatividad de Roth cuando su moral está por los suelos es asombrosa). En ese entonces, un discreto jubilado ucraniano, un tal John Demjanjuk, estaba siendo juzgado en Jerusalén. Los sobrevivientes de Treblinka lo acusaban de ser el más horripilante de los verdugos, conocido con el apodo de Iván el Terrible. Al parecer, Roth no asistió al proceso. Tampoco se topó, en Jerusalén, a un casi sosías que se hacía pasar por él, Philip Roth, y bajo su identidad recaudaba fondos destinados a promover un grandioso proyecto, el diasporismo, es decir, la partida de varios millones de judíos askenazis (a Roth le interesan muy poco los sefarditas) hacia su país de origen, Polonia, donde el falso Roth estaba seguro de que serían recibidos con los brazos abiertos. Estos sentimientos de amor de los polacos hacia sus judíos fueron garantizados por el papa Juan Pablo II y por Lech Walessa. Además de promover el diasporismo, el falso Philip Roth creó el grupo de los Antisemitas Anónimos, pero es hora de que deje de arruinarles el placer contándoles todo; digamos simplemente que la novela escenifica este enfrentamiento cara a cara con incomparable poder satírico (y no solamente): “lo auténtico contra lo falso, lo responsable contra lo irreflexivo, lo serio contra lo superficial, lo tenaz contra lo adverso, lo cambiante contra lo obsesivo, lo consumado contra lo insatisfecho, lo creativo contra lo evasivo, lo erudito contra lo inculto, lo sensato contra lo fanático, lo esencial contra lo superfluo, lo fructífero contra lo inútil…”. (Como se lo pueden imaginar, la cosa es más compleja, el verdadero Philip Roth no es tan perfecto, ni el falso Philip Roth tan miserable; los papeles, burdos, están hechos para intercambiarse hasta el infinito).

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Da la casualidad que estoy escribiendo este prólogo en Jerusalén Este, que utilizo como campo base para un extenso reportaje desde los Territorios Ocupados. Desde la publicación de La contravida y Operación Shylock han pasado más de treinta años, y aún me parecen de una actualidad sorprendente. La verdad es que no es tan extraordinario: aunque el 7 de octubre y la destrucción de Gaza le den un aspecto de crisis, la “situación”, como la llaman aquí, no ha cambiado en lo absoluto, quizá no desde la creación del Estado de Israel en 1948, sino desde 1967, es decir, desde la Guerra de los Seis Días y desde la ocupación de Cisjordania y Gaza. Ni una sola línea que cambiar. Excepto que nadie podría escribir esas líneas hoy en día. En La contravida se encuentra un retrato de un colono judío; en Operación Shylock el de un intelectual palestino (en la segunda parte del cuarto capítulo, “Malicia judía”) que dicen más que todos los ensayos, más que todos los libros de historia. Con su desmesura y sus monólogos vertiginosos, Roth toca el nudo más inextricable de los conflictos religiosos y geopolíticos y, sencillamente, el alma de sus personajes. Dentro de unos días, regresaré a París. Comenzaré mi historia y sé que tendré que sopesar cada palabra, no solamente porque intento ser ecuánime, sino porque creo en la complejidad de las situaciones individuales más que en las líneas insuperables de las distintas partes, en las excepciones más que en las reglas, pero también, honestamente, porque en ese terreno cada palabra está minada. Teniendo presente las palabras del alto comisionado John Chancellor a uno de sus oficiales subalternos en los tiempos del Mandato Británico de Palestina: “Si no se gana el odio tanto de los judíos como de los árabes, será despedido”, no deseo verme eliminado por ninguno de los dos. Un problema que no le preocupaba a Roth: nadie, jamás, logró coartar su libertad, su capacidad de interpretar todos los papeles, de ocupar todas las posiciones por turno, de defenderlas o destruirlas con una honestidad epicúrea. Somos enanos posados sobre los hombros de gigantes: bastaría con un pequeño empujón, y emprendería este trabajo con una fotografía enmarcada de Philip Roth sobre mi escritorio, inclinándome ante ella, con devoción, cada mañana.

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Siempre leo con lápiz en mano, incluso la lista de la compra y las dosis de los medicamentos, así que pensé que sería buena idea concluir este prólogo copiando algunos pasajes que he anotado. Pueden saltárselos, o considerarlos un adelanto.

“Mira, yo tengo personalidad para dar y prestar. Tú, estás de más, eso es todo”.

“El pito era magnífico, debo admitirlo; sin embargo, por mi parte, siempre preferiré a los polacos de la estación de tren de Varsovia que reciben jubilosos el regreso de sus judíos”.

“Tú eres el Dostoievski de la desinformación”.

“Soy un enemigo de Israel (dice el falso Philip Roth)… solo porque estoy del lado de los judíos e Israel ya no sirve a los intereses de los judíos. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Israel se ha convertido en la mayor amenaza para la sobrevivencia judía… está distorsionando y desfigurando a los judíos de tantas maneras tan terribles como alguna vez, solamente nuestros enemigos antisemitas tuvieron el poder de hacerlo”.

(Roth se encuentra con un amigo palestino de la universidad, George Ziad, un brillante intelectual, otrora delgado y elegante, ahora obeso y melancólico).

“—¿Qué haces aquí, Zee?”

Con una sonrisa afable, respondió: “Odio… soy un árabe consumido por el odio que lanza piedras… ¿Qué otra cosa podría lanzarle al ocupante? ¿Rosas? ¡Ay! No soy un árabe que tira piedras: soy un árabe que lanza palabras, suaves, sentimentales e inconclusas, igual que mi padre. Vengo a Jerusalén a ver la casa en la que viví de niño… Miro la casa y me dan ganas de matar. Luego regreso a Ramallah, a llorar como él, por todo lo que se ha perdido. Amaba a Pornoy, Philip. ¡Era genial, genial! Se los doy a leer a mis estudiantes en la universidad. ‘Aquí tienen a un judío’, les digo, ‘que nunca ha tenido miedo de hablar sobre los judíos sin pelos en la lengua. Un judío independiente que ha tenido que pasar por muchas para serlo’. Trato de convencerlos que en el mundo existen judíos que no se parecen en lo absoluto a los de aquí. Pero para ellos, el judío israelí es tan malo que les cuesta creerlo. Miran a su alrededor y piensan: ¿Qué han hecho? Díganme una sola cosa que la sociedad israelí haya hecho. ¿Qué han creado en comparación con ustedes, los judíos dispersos por el mundo? Nada en lo absoluto. Nada más que un Estado fundado en la fuerza y en la voluntad de dominar… ¿Qué saben estos judíos sanos y seguros de sí mismos que los desprecian a ustedes, los neuróticos de la diáspora, sobre lo judaico?... Judíos que convierten a sus hijos en brutos con uniforme, ¡y qué superiores se sienten a ustedes, los judíos que no saben nada de armas! Judíos que usan garrotes para romperles las manos a los niños árabes, ¡y cómo se sienten superiores a ustedes, los judíos incapaces de semejantes violencias! Judíos sin tolerancia, judíos para los cuales todo siempre es o blanco o negro, que tienen una miríada de absurdos micropartidos, compuestos por un solo hombre, tal es su intolerancia mutua… He aquí el gran logro judío: ¡convertir a los judíos en torturadores y en pilotos de cazabombarderos! Y supongamos que ganan, que tras su victoria hacen lo que les viene en gana, y que todos los árabes de Nablus, todos los árabes de Hebrón y todos los árabes de Galilea y de Gaza, pongamos también que todos los árabes de mundo desaparecen de la faz de la tierra por gentil cortesía de la bomba nuclear de los judíos, ¿qué les quedaría de aquí a cincuenta años? Un pequeño estado escandaloso y sin importancia… Los judíos tienen fama de ser inteligentes, y son inteligentes. El único lugar en el que he estado donde todos los judíos son estúpidos es Israel”.

(Ahora habla un soldado de Tsahal, un soldado intelectual, tan es así que lee a Philip Roth).

“El destino de Israel es vivir en un mar árabe. En lugar de no tener nada ni destino, los judíos han aceptado este destino. Los judíos aceptaron la división, y los árabes no. Si hubieran dicho que sí, me recuerda mi padre, también estarían celebrando cuarenta años de independencia. Pero ante cada decisión política, invariablemente han tomado la decisión equivocada… El noventa por ciento de su sufrimiento se debe a la idiotez de sus líderes políticos… Pero cuando miro a mi propio gobierno, todavía me dan ganas de vomitar”.

Con los rizos espaciados de vello púbico, a menudo es difícil, a simple vista, determinar con precisión a quién pertenecen.

“Te aseguro que Arafat sabe distinguir entre Woody Allen y Philip Roth”.

Esa fue sin duda la frase más extraña que he oído en mi vida.

Efectivamente.


Traducción de María Teresa Meneses

AQ / MCB

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