Mi hijo Gabriel y yo llegamos a Esmirna, Izmir en buen turco. Es una ciudad que ha sido construida siguiendo las curvas del mar Egeo. Caminar es la mejor forma para conocerla. Es una ciudad con poca presencia física de las mezquitas y, por lo tanto, casi excepcional, escuchar la musicalidad del cántico oración. Descubrimos lugares de gran presencia histórica de unos 2 600 años de antigüedad, retomando los prehelénicos y los griegos, sin olvidar la gran presencia de los otomanos. Es una ciudad de buen sol, con una temperatura que deambula por los 34 grados. La población local, su gran mayoría los hombres van en pantalones cortos y las mujeres con prendas playeras, exhibiendo bastante piel. Es grato observar la convivencia natural entre mujeres, de amigas que visten con cierto rigor musulmán y las que lo hacen a su libre albedrío, se acompañan y charlan gratamente. Es una sociedad musulmana permisiva.
Un componente importante de la ciudad es el paseo marítimo, que abarca unos cinco kilómetros, acompañado, para gusto de los paseantes, de asientos de madera dobles y hamacas donde las parejas pueden conversar a gusto. Asimismo, hay un espacio especial, con un asiento continuo, de unos 30 metros de largo por 10 de ancho, donde pueden acomodarse unas 200 personas. A partir de las siete de la noche, todavía con luz natural, se puede escuchar a diversos grupos musicales. Un momento lúdico amparados por el mar. Hemos ido varias veces y escuchamos desde baladas muy buenas, acompañadas con guitarras, alguna flauta trasversa y cantantes masculinos y una mujer roquera de muy buena voz y magnífica presencia. En el paseo no dejan de cruzar los vendedores ambulantes que ofrecen agua, semillas de girasol y dulces, así como las gitanas con sus amplias faldas coloridas, ofreciendo rosas a las parejas, intentando convencerlas con un discurso sonriente, mientras intensas olas remueven espuma. El atardecer llega pasadas las nueve de la noche. En una de esas tardes hubo un intento de varios policías de impedir que los músicos tocaran y la reacción de la gente fue rápida y determinada, hubo gritos y varias personas se acercaron para frenar la acción represiva; se logró que los músicos siguieran tocando. Una expresión concreta de acción ciudadana.
El transporte es excelente. Tomamos el tren ligero que atraviesa la ciudad, siguiendo al mar Egeo. El tren, con aire acondicionado, es cómodo. Bajamos en una estación por intuición. Y caminando por una avenida arbolada, nos encontramos con un centro cultural donde se presentaba una exposición fotográfica sobre la historia de la ciudad. Desde fines del siglo XIX hasta los 30 del XX. Mostraba la vestimenta no occidental, trabajadores y familias en las plazas, festejos cumpleañeros, y un sector de la clase media, hombres con traje y diferentes grupos de mujeres con vestidos elegantes; también la entrada de las tropas del ejército republicano triunfante, la expulsión de la población inglesa, en fin, un excelente testimonio. Fue aprender un poco de la historia turca.
Regresamos caminando y atravesamos por una calle con restaurantes de clase media alta, la diferencia era notoria desde la vestimenta y las copas de vino sobre la mesa, en un país musulmán. En el camino hacia el hotel, en una calle principal vimos unos cien policías aproximadamente, hombres y mujeres, con variados colores de uniformes; nos acercamos y vemos a un pequeño grupo, de mujeres, de diferentes edades, con banderas feministas y gritando consignas contra el arresto de varias activistas. Fue un momento vivo de las realidades sociales y políticas.
Último domingo en Esmirna. Hemos visto diferentes elementos de la vida en esta ciudad, empezando por un mercado callejero, con puestos de frutas y verduras, jitomates de distintos tamaños y formas, con un rojizo intenso, casi morado. Chiles largos y delgados, con variadas tonalidades, verdes, amarillos y rojos. Una sorpresa agradable fue encontrarnos con un puesto de aceitunas, donde había por lo menos 30 tipos, de diversos colores, desde muy pequeñas y arrugadas, las más caras, hasta las reconocidas kalamata, de buen tamaño y color oscuro. No faltaba el puesto de diferentes quesos. Compramos aceitunas, limones y jitomates. En fin, un buen tianguis turco.
Ya más tarde, en la indispensable caminata investigadora, encontramos una iglesia abierta, con gente entrando a la misa; escuchamos que se saludaban en italiano. La iglesia forma parte de una herencia cultural. En una de las paredes del patio había un reconocimiento público a los soldados italianos caídos en las dos guerras mundiales. Parece ser importante esta presencia, pues hay una escuela italiana con primaria y secundaria.
Para despedirnos de Esmirna tomamos un tren ligero hacia el otro lado de la ciudad, nos bajamos en la parada final, comenzamos a caminar algunas cuadras y nos topamos con un gran parque paralelo al mar. Era un espacio pleno de familias, alrededor de 300 grupos de seis a ocho personas, asando carne o berenjenas, preparando ensaladas, departiendo en un buen picnic dominical, era un encuentro popular. Los niños nadando en el mar, había pocos adultos en el agua. Fue un buen cierre de reconocimiento de la vida en la ciudad.
Un hermoso final de un viaje.
AQ / CMB