Ética del engaño | Por David Toscana

Toscanadas

La mentira puede ser estrategia de guerra, habilidad de un espía, recurso de un mago o instrumento de corrupción.

Caravaggio, ‘Los tramposos/Los jugadores de cartas’, 1594. (Wikimedia Commons)
David Toscana
Ciudad de México /
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No es cierto que en la guerra y en el amor todo se valga, pero sí hay un margen para algunos desvíos éticos. Como siempre, don Quijote lo dice mejor: “Así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la cosa amada”.

Para hablar de estos ardides, lo normal sería comenzar con Odiseo, pero ahora estamos empachados de ese bato.

Engañar en la guerra es una virtud; ser engañado es una vergüenza. El ardid que se repite una y otra vez en la historia es fingir una retirada. En tiempos medievales le llamaban facer torna fugi.

El poeta Horacio dedica una línea a los jinetes partos, “valerosos cuando vuelven la rienda a sus caballos”, pues simulaban huir, pero sabían disparar flechas a contramarcha.

La batalla de Salamina se ganó gracias a un fingido desertor que dio a Jerjes la falsa información de que los griegos pretendían huir en sus embarcaciones. Esquilo pone así el ardid: “que en llegando las tinieblas de la noche, no iba el griego a resistir; que, saltando a los bancos de las naves cada cual por su camino la salvación buscaría en una secreta fuga”, y Jerjes cayó en la trampa, y Temístocles pasó a ser un héroe con su mentira.

En otro nivel de ardides, muy famosos son dos cuadros en los que se muestran trampas en el juego de cartas. Uno es de Caravaggio; el otro, de Georges de la Tour. Historias sobre esto, existen muchas. Ahora me viene a la cabeza cuando dos polacos le birlan doscientos rublos a Dmitri Karamazov. “Y tú ¿con qué cartas has jugado? Te he dado mi baraja y ¡la has escondido! ¡Has jugado con cartas marcadas! Puedo mandarte a Siberia por esas cartas marcadas, no sé si lo sabes, es lo mismo que los billetes falsos”.

Según el espectro ético, para muchos la trampa es parte del juego, y no me refiero solo a los naipes. Por ejemplo, burlar a la inteligencia artificial no es trampa sino mérito; entre los principales atributos de un espía está su capacidad de embaucar.

Un mago vive del engaño. Todos sabemos que no corta a la damisela en dos, pero nos sentimos atraídos por la maestría del engaño.

En Esparta se dejaba sueltos a los jóvenes sin comida para promover sus habilidades de hurto. Aplaudían a los ladrones que se salían con la suya; castigaban a los que se dejaban pillar con las manos en la masa, no por cacos, sino por güeyes.

Nuestros funcionarios saben que engañar, intrigar y robar es parte de los quehaceres del puesto. El inconveniente, igual que con los espartanos, es que se dejen cachar. Por eso, cuando alguno para en la cárcel, resulta muy sincero su parecer de que no es un criminal, sino un preso político.

AQ / MCB

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