Obviedades

Toscanadas

El abuso de prólogos y notas deriva en una pedagogía redundante que desconfía del lector y termina por oscurecer, más que aclarar, la lectura.

Ferdinand Hodler, ‘El lector’, c. 1885. Óleo sobre lienzo. (Museo Nacional Thyssen-Bornemisza)
David Toscana
Ciudad de México /

Estoy leyendo una edición de El diablo cojuelo, anotada por Adolfo Bonilla y publicada en 1910. En el prólogo dice: “Comentaristas hay por estos mundos que, con la idea de mostrarse hombres eruditos, ponen en sus libros famosas anotaciones”. Dice que ahí donde el autor escribe “amanecía”, el comentarista anota: “quiere decir que empezaba a aparecer la luz del sol”.

Bonilla menciona aquel ficticio amigo de Cervantes que en el prólogo al desocupado lector le da consejos sobre cómo parecer erudito. Le dice, por ejemplo, que mencione a Goliat, y que anote: “fue un filisteo a quien el pastor David mató de una gran pedrada, en el valle de Terebinto, según se cuenta en el libro de los Reyes”.

Curioso es que, ya para terminar la novela, Cervantes escribe: “don Quijote, el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió”. Dar, entregar o rendir el espíritu no requiere ninguna explicación. Alguien podría decir que tal frase no es del propio Cervantes, sino de Cide Hamete Benengeli, musulmán que haría la aclaración por no venir de la tradición del crucificado que “entregó el espíritu”, pero tal argumento ya sería hilar muy delgado.

Horacio decía que “algunas veces dormitaba el buen Homero”, y este no es espacio para mencionar los cabeceos de Cervantes, sino seguirlo cuando dice: “quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran, que si aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese, y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal, fuesen lunares que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene”.

Bonilla continúa en su prólogo hablando de obviedades y “declaraciones notoriamente baldías y que acusan en el comentarista un menguadísimo concepto del ingenio de sus lectores”. Y así, estando tan claro el significado de la frase de Horacio sobre Homero, mi edición quijotesca aclara: “dicho para indicar que incluso los genios pueden fallar”.

Entonces voy a la cita original en el Arte poética. En cierto pasaje, Horacio habla de “el poeta de la guerra troyana”, y el traductor pone una nota: “Obviamente, Homero”. Y más adelante, donde Horacio escribe “el poema de Ilión”, el traductor anota: “Obviamente, la Ilíada”.

Y otra vez en el Quijote, cuando Sancho tiene sueño y cierra “las compuertas de los ojos”, el cándido anotador nos aclara: “los párpados”.

Habiendo dicho lo que dije, pongo punto final. Quiero decir que aquí termino este artículo.

​AQ / MCB

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