Fiel a la memoria: sobre ‘Los años oscuros’, de Rafael Pérez Gay | Por Ana Clavel

Ensayo

‘Los años oscuros’, de Rafael Pérez Gay, es el registro de pequeños y grandes hechos individuales y colectivos.

En ‘Los años oscuros’, Pérez Gay entrelaza diario íntimo y crónica política para reflexionar sobre el encierro y el duelo. (Octavio Hoyos, Especial)
Ana Clavel
Ciudad de México /
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Uno no puede ser infiel a sus obsesiones. Quizá la que señala la constelación creativa del escritor Rafael Pérez Gay pudiera sintetizarse en el título de Nabokov: Habla, memoria, la autobiografía del afamado creador de Lolita. Ignoro por qué mecanismos de la mente, ese título late en mí como Arde, memoria, el cual tuve que corregir al escribirlo en estas líneas. Tal vez la confusión derive del acto ígneo, resplandeciente, luminoso que acompaña a la ceremonia de recordar. Como sea, novelas como Nos acompañan los muertos, El cerebro de mi hermano, Perseguir la noche, Todo lo de cristal, nos traen al presente los fantasmas y mundos del pasado y del presente que acompañan al escritor en su realidad cotidiana. Digo novelas y no informes, como las califica el autor, porque su urdimbre convoca los poderes narrativos de la composición e imaginación literarias de la novela no tradicional, esa que heredamos con las plumas de Joyce, Woolf, Faulkner, Bulgákov y otros iconoclastas.


En este falso diario todo es rigurosamente verdadero

Es toda una tradición la que convoca a la memoria distante o cercana. Alberga la autobiografía, las memorias, las confesiones, los diarios y, sin entrar en honduras, la recurrente autoficción de nuestros días, bajo el nombre de “literaturas del yo”. Desde Res Gestae Divi, memorias de las gestas del emperador Augusto, hasta los Diarios completos de Sylvia Plath, el ejercicio de la memoria que recapitula, reenfoca, fulgura, organiza, edita y resignifica está presente en ejemplos canónicos: las Confesiones de San Agustín y de Rousseau; el Memorial de Santa Elena de Napoleón, las Memorias de Alexandre Dumas, Charles De Gaulle, Winston Curchill; la Autobiografía de Mark Twain, Groucho y yo de GrouchoMarx, A propósito de nada de Woody Allen; los Diarios de Anaïs Nin, André Gide, Ana Frank…

En particular, las luciferinas Memorias de ultratumba de Chateaubriand (1849), que revelan detalles de su vida privada y aspiraciones personales, y reflexionan sobre la lucha entre la escritura disidente y el poder, personificada por el propio autor y Napoleón, merecen una mención especial, dada la formación de letras francesas de Pérez Gay y su vocación beligerante para enfrentar al nuevo ogro filantrópico de nuestros días. Cuentan que Victor Hugo, siendo un muchacho de catorce años, escribió en sus cuadernos: “Seré Chateaubriand o no seré nada”. Menos conocido hoy en día que Victor Hugo, el autor de Memorias de ultratumba ha inspirado a muchos escritores comprometidos con el oficio de la escritura y la verdad.

En su libro más reciente, Los años oscuros (Seix Barral, 2026), Rafael Pérez Gay da cuenta de un periodo cercano y delirante que como sociedad nos ha tocado vivir. Al señalar que “la memoria es el dios de los ateos”, consigna días del transcurrir en México y en el mundo, en la familia y en el círculo de amigos, en el deambular solitario por las calles y la memoria, de un periodo demencial que va de enero de 2020 a julio de 2024, signado por la aparición del Covid en nuestras vidas y el acontecer en el poder ejecutivo de López Obrador y su, por él llamada, Cuarta Transformación, hasta el momento del destape oficial de su sucesora en el gobierno. Definitivamente, un periodo ominoso y polémico pero necesario de revisar.

Escribe Pérez Gay que en Los diarios de Emilio Renzi, heterónimo de Ricardo Piglia, el escritor argentino citaba a Cortázar para explicar su duplicidad: “Denme una máscara y les diré la verdad”. Esa me parece ser la clave del artificio literario que invoca el autor de Los años oscuros en el aviso que preside al libro: “En este falso diario todo es rigurosamente verdadero”. Otras señales del camino vienen sugeridas por las palabras que analizan el Journal de los hermanos Goncourt: “No deja de ser curioso que la maledicencia de las páginas del Diario sea, con el paso del tiempo, su verdadera cualidad documental, el territorio de las verdades secretas”. Otro tanto se revela gracias a la lectura de André Gide que “convirtió el diario en un género definitivo. Si los diarios son lo que queda de las novelas después de un impacto que las destruye, también pueden ser, al menos, los informes de una vida”. Y, sobre todo, a partir de El oficio de vivir, de Pavese, que nadie se llame a engaño pues se trata de “un diario escrito al borde del abismo” y su frase clarividente: “Lo que tememos más secretamente siempre ocurre”.

La oscuridad de los años 2020 a 2024 y contando…

Cuatro líneas se entrelazan en estos falsos diarios verdaderos. La primera, el registro de la aparición y el desarrollo de la pandemia del Covid, una nueva realidad que comenzó desde noviembre de 2019 cuando se reportaron los primeros brotes del virus en China y su propagación. El subsiguiente surgimiento de una nueva conciencia, o más bien de un nuevo inconsciente colectivo más insano que nunca. La cuarentena y el arribo del Zoom a nuestras vidas. La pandemia como psicoanalista bastarda que sacó nuestros traumas y temores más profundos y se metió en nuestras casas, nuestra piel, nuestras pesadillas, nuestras actividades más cotidianas como viajar o no viajar en taxi, o hasta en acudir o no a cortarnos el pelo. Salir o no salir al mundo, he ahí el nuevo dilema.

Una segunda línea se establece a partir de los laberintos de la memoria personal con los temores y adicciones propios, la presencia cómplice y confrontadora del hermano mayor, la muerte de la madre por eutanasia, la paranoia de contraer Covid, amigos de la infancia como el Delius que mueren intubados en soledad, la compañía de la Moska, la perra belga de la familia, Delia y las veces que le ha salvado la vida, las “Instrucciones para dar cuerda al reloj” de Cortázar y el reloj de pulsera que Pérez Gay mete sin darse cuenta al refrigerador para congelar el tiempo, en lo que califica de “una obviedad inconsciente grosera”. También escribe del “globalón”, esa técnica para crear burbujas de resina y de la hermosa portada de Todo lo de cristal, a partir de una foto histórica de Nacho López. De la inauguración del Parque España por su abuelo, o la muerte de su querido amigo, el Bob, Roberto Diego Ortega, lo mismo que de la amistad de Cortázar y Peri Rossi, la nostalgia por sus muertos y la celebración de la vida adulta de sus hijos, Fernanda y Alonso. Entrevistado, confiesa las tres novelas que le cambiaron la vida: Los miserables de Hugo, El mago de Lublin de Bashevis Singer y La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán. Su admiración por Paul Auster, Oliver Sacks, entre un caudal de anécdotas en las que se dan cita la tristeza, el humor, la nostalgia, la complicidad, la ironía. Así, un día suelto de agosto de 2023, relata: “Salgo a caminar. Calle Cinco de Mayo. Oigo la voz de mi padre: ‘Por esta calle caminábamos tu mamá y yo rumbo al Zócalo’. Esta placa solo la puedo poner en mi memoria, y dice así: en este lugar, mi padre me enseñó los misterios de la ciudad y despertó en mí la agitación de una memoria urbana. Desde entonces camino por estas calles para que ese momento no se pierda nunca. ¿Quién escribió que la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados? Lo averigüé: Jean Paul”.

La tercera línea trae a cuento los recorridos por el tranvía de la memoria histórica de una ciudad en constante destrucción: por las inundaciones, por las malas decisiones políticas, por los terremotos, por el afán de lucro, por la desmemoria. Paseos por una cartografía ya imaginaria donde conviven los siglos XVI, XVII, XVIII y particularmente el XIX y XX con la ciudad actual: el circuito de baños, plazas de toros, líneas férreas, la construcción de la colonia Roma, San Juan de Letrán y los fotógrafos callejeros, las ladrilleras de donde surgió la Nápoles y el WTC, la calle de Donceles y el desaparecido teatro Iturbide, la época de los centros nocturnos y el fulgor del Ciro’s, las transformaciones de la colonia Condesa, del fastuoso Hotel de la Bella Unión, cercano a la acequia del Espíritu Santo, la casona de los marqueses del Prado Alegre y luego posada de las afamadas Tortas Armando en un abrir y cerrar de ojos, entre muchísimos datos de las ciudades fantasma que habitan en la otrora “Muy Noble, Insigne, Muy Leal e Imperial Ciudad de México”.

Una cuarta línea, ahora sí que la resonancia hasta parece intencional, se desarrolla en torno a la crítica a la Cuarta Transformación y a su caudillo y partido, no solo en el manejo de la pandemia sino en todos los aspectos de su devenir errático, clientelar, autoritario y demás. Frases de antología para describir la debacle como ésta: “Morena y los suyos mienten hasta cuando dicen la verdad”. Radiografías del poder y sus abusos retratados con el escalpelo de la ironía y la pasión.

A manera de interlineado, aparecen aquí y allá noticias de un mundo contemporáneo que trascienden nuestras fronteras y arroyan nuestros prejuicios limitantes con una nueva partitura disruptora: “la revolución de la intimidad” provocada por las mujeres al tener presencia política y social, que ha cambiado la cultura, el trabajo, la alcoba, la vida diaria.

Odiar la noche

Para nuestro autor existe un paralelo entre la noche, las pesadillas y la oscuridad de estos años nefandos. Si recordamos a Borges y su alusión a la pesadilla como “nightmare: yegua de la noche”, que se aposenta sobre el pecho del durmiente, ese peso que encarnan para Victor Hugo los íncubos y súcubos que nos llevan a la asfixia nocturna, entenderemos el porqué del temor de Pérez Gay a la noche: “en mi pesadilla reina la repetición, la escena que vuelve sobre sí misma, inalterable, una cerca cuya única salida es la vigilia; y entonces, como Macbeth, mato al sueño y gano el insomnio”.

“Odio la noche”, declara nuestro autor desde las primeras páginas de Los años oscuros, una frase robada a Héctor Aguilar Camín para iniciar este informe personal en el momento en el que un reloj interno lo arroja a la vigilia de las cuatro y media de la mañana. Justo la hora en la que se puede contar la vida, porque los monstruos de la sinrazón también acechan el día a día. A final de cuentas, lo dice bien Pérez Gay: “Como en las pestes, las grandes tragedias y los desastres naturales, la literatura ha estado con nosotros desde siempre”. Como faro de luz para sortear las tinieblas.

AQ / MCB

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