Gonçalo M. Tavares: “Para los más ricos, la empatía se extinguió como los dinosaurios”

Entrevista

Para el escritor portugués, la literatura debe abrazar ideales como dotar de claridad a los individuos, comportarse como un sistema de alerta o un dispositivo corrector de dioptrías.

Gonçalo M. Tavares, escritor portugués. (EFE)
Ciudad de México /

Como tantos jóvenes portugueses que crecieron admirando las atajadas espectaculares de Manuel Bento o los quiebres fantásticos de Fernando Chalana en los años 70 y 80, Gonçalo M. Tavares quiso ser futbolista. Le gustaban también las matemáticas, lo cual no era necesariamente una contradicción: el futbol, después de todo, es una hipóstasis de la geometría. A los dieciocho años entrenaba con el rigor de quien sabe que el cuerpo es un artefacto perfectible. Décadas después, devenido en escritor de prestigio internacional, nutrir esa convicción le permite confeccionar sus libros.

Gracias a la disciplina que aprendió en las canchas, Tavares ejercita la escritura en ciclos biológicos precisos e inapelables. Habitante de un mundo que no concibe la existencia sin acceso a la red 5G, se refugia cada mañana en su estudio, un espacio desprovisto de internet en pleno siglo de la hiperconexión.

“No tengo redes sociales y soy bastante cerrado, pero en las mañanas me cierro aún más en mi búnker espacial y temporal”, me cuenta por videollamada, desde Lisboa, en un español resuelto pero empapado de la melancólica melodía del portugués. El motivo de esta charla es la conquista del Premio Formentor de las Letras 2026, cuyo jurado reconoció a Tavares (Luanda, Angola, 1970) por su pericia para “contar la paradójica epopeya del extravío contemporáneo”. Considerado por muchos entusiastas la antesala del Nobel de Literatura, el galardón hermana a Tavares con Borges y con Beckett —referentes palmarios de su obra—, pero también con Annie Ernaux, Cees Nooteboom, László Krasznahorkai, Roberto Calasso y Carlos Fuentes. Estamos, pues, ante un autor de las grandes ligas.

Entre tantos escritores contemporáneos que cultivan su presencia digital con el esmero de un floricultor de jardines japoneses —y editores que privilegian el estatus digital sobre la destreza literaria de sus autores—, sorprende que uno de los más reconocidos del mundo rechace tener un perfil en Instagram. Tavares es consciente de que esa ausencia voluntaria tiene un costo: las ventas. Sin embargo, no le concede mayor importancia al asunto. “Yo no soy un vendedor, soy un creador. E intento hacer lo que necesito hacer. Un creador tiene que salirse un poco del mundo”.

La rutina del Tavares lector es tan estricta como la del escritor. Por las mañanas solo se permite leer ensayo y filosofía; la poesía y la narrativa las reserva para la noche. La filosofía, dice, exige el máximo de su potencia cerebral. La poesía, en cambio, reclama otro tipo de atención. Una parsimonia que solo encuentra en el ocaso de los días. “No es una cuestión de juicio de valor, tiene que ver con el tipo de estímulo que recibo”, explica. “Por la tarde tampoco soy capaz de escribir. Lo que hago es revisar textos que escribí años antes”.

El trecho entre ambos procesos es indispensable para su método. Le otorga, dice, el sentido crítico y la lucidez necesarios para revisar, pulir y “cortar sin piedad”. Solo con un muro de años de por medio es capaz de realizar ediciones que, de otro modo, no se permitiría hacer.

¿Hay algo más en la biografía de Tavares que explique esta filiación al método? Pocas cosas tan determinantes como la infancia. Su padre era ingeniero y constructor de casas. De niño, el autor de El Reino se paseaba por las construcciones en proceso y le sorprendía que la primera tarea de los obreros, incluso antes de colocar la primera piedra, consistiera en excavar un agujero inmenso para incrustar los cimientos. El espectáculo de la edificación fue el propedéutico que lo introdujo al rigor y a la paciencia. Cuando cumplió veinte años, trasladó esa lección a la literatura. Se propuso no publicar un solo libro sin antes haber leído mil. Sin embargo, escribió. Y lo hizo con tanta fiereza como avidez tenía por la lectura. Honrando su promesa, acumuló los manuscritos en un cajón durante una década y, finalmente en 2001, a los 31 años, publicó Livro da Dança (Libro de la danza) un poemario deslumbrante cuyo subtítulo anticipó sus inquietudes recurrentes: “Proyecto para una poética del movimiento”.

Si la escritura de Tavares encuentra su catalizador en la reflexión sobre los cuerpos, sus obsesiones más duraderas surgen de lo que son capaces de hacerse entre sí quienes los habitan. La vileza humana es esencial en la obra tavariana. Un botón de muestra es El Reino, una serie de novelas que incluye títulos como Jerusalén, Un hombre: Klaus Klump, La máquina de Joseph Walser y Aprender a rezar en la era de la técnica. En todos ellos es posible localizar rastros la “banalidad del mal”, esa noción acuñada por la filósofa Hannah Arendt a partir de su análisis del coronel nazi Adolf Eichmann. Tavares se cuestiona, por ejemplo, acerca de la normalización del horror a través de la burocracia y el peso del sistema opresor sobre los actos individuales. También advierte que la historia tiende a replicar el mal echando mano de medios técnicos cada vez más avanzados y, por lo tanto, capaces de enmascarar la barbarie bajo la promesa del progreso.

Semejante consideración explica por qué a Tavares le bastan pocos minutos para guiar nuestra charla hacia esos terrenos. Primero habla de su publicación más reciente, O Fim dos Estados Unidos da América (El fin de los Estados Unidos de América, todavía inédita en español al momento de la conversación): “Es una sátira, una distopía acerca de una peste que solo existe en los Estados Unidos y que solo tienen los pobres. Como son ellos quienes contagian a los otros, son puestos en guetos. Con el tiempo surgen en dos especies distintas —pobres y ricos— porque pueden tener relaciones sexuales sí, pero no pueden crear una nueva generación mixta. Son como dos especies animales que no pueden procrear. Es algo delirante, pero también es sobre el mundo actual. Muchas veces cuando el escritor está haciendo algo que parece un delirio, simplemente está buscando un paralelo a la realidad. Yo no soy periodista, entonces intento crear mundos, pero a veces las invenciones son excelentes diagnósticos de la realidad”.

Una marca de agua en Tavares consiste, precisamente, en señalar con sus ficciones los puntos frágiles de la existencia. En el marco del Festival POEX de Gijón, por ejemplo, el escritor se lamentó por la carestía de pudor entre los más ricos: “Elon Musk ha dicho que la empatía es tóxica para la economía”. Cuando le pregunto al respecto, ratifica ese dictamen con punzante lucidez: “Los multimillonarios han puesto la empatía en el museo. Van a visitarla el domingo para decir ‘¡Qué bonita, la empatía! ¡Qué cosa! Vamos a mantenerla aquí como a los dinosaurios’... Tal vez escriba algo sobre esta idea que me está surgiendo ahora: la empatía se extinguió como los dinosaurios”.

En Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre, Hanna —una niña con Trisomía 21 (condición conocida popularmente como síndrome de Down)— emprende la rulfiana misión anunciada en el título. Lo hace en compañía de Marius, un hombre que parece estar escapando de algo cuya naturaleza desconocemos. Su recorrido los enfrenta a ciudades marcadas por los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y pone en evidencia la irracionalidad de un odio perpetuado por generaciones.

Tavares habla de este libro para rematar su queja contra Musk: “Decir que la empatía es tóxica para la economía es como decir que un estado pierde dinero al otorgar subsidios a las familias con personas discapacitadas, porque no pueden devolverlo en forma de trabajo. ¿Entonces qué hacemos con ellos? ¿Los quemamos? ¿Los ponemos en la basura? Los millonarios no son nuevos, pero esta falta de empatía sí lo es. Estamos ante una cuestión de indiferencia, que tal vez es más terrible que la crueldad”.

¿Pretenden sus libros combatir esta borrasca de oprobios? Criado en el país del fado, ese género musical que privilegia la flexibilidad del ritmo para acentuar el dramatismo, Tavares es refractario a la rigidez de la prescripción. Considera ilusorio que las palabras de un escritor puedan alterar el mundo de forma radical o abrupta. Esa tarea corresponde a las leyes y a quienes las promulgan. La literatura, en cambio, debe abrazar otros ideales: dotar de claridad a los individuos, comportarse como un sistema de alerta o un dispositivo corrector de dioptrías. En numerosas ocasiones, el propio autor ha dicho que, si dentro de cincuenta años los lectores lograran ser un poco más lúcidos frente a la maldad gracias a la lectura de sus libros, se sentiría satisfecho.

Cualquier semblanza disponible en internet incluirá un argumento de venta que ningún editor se ha atrevido a pasar por alto: Gonçalo M. Tavares es el tercer autor portugués más traducido del mundo, después de Fernando Pessoa y Eça de Queiroz. Sin embargo, para el autor de El barrio y los señores, la traducción tiene otros méritos: “El español es la lengua que más domino después del portugués. Hablo muy mal, pero leo mucho en esta lengua porque en Portugal no se traducen tantas cosas y hay autores muy valiosos que sólo encuentro en lengua hispánica. Pero lo que me interesa más que la lengua es la cuestión del pensamiento. Una lengua también es un cuerpo, es un organismo. El portugués y el español son muy próximos, pero son animales distintos. Son como un tigre y un león: ambos son felinos, pero son diferentes. Hay una forma de pensar que no es la misma entre un intelectual portugués y uno hispano. Y me gusta la idea de que el pensamiento de los intelectuales chinos, japoneses o indios es completamente distinto al mío”.

En El tiempo de la mariposa, Selma Ancira sostiene que traducir es saber escuchar. Para Tavares, se trata de una prerrogativa que sólo ha sido concedida a los habitantes de la modernidad. “La traducción de lo que escribimos y de lo que leemos permite que, si leemos muchos libros con diversos puntos de vista y formas de pensar, tengamos una cabeza múltiple. Y eso es un privilegio del que no gozaban nuestros congéneres del siglo XV. La idea de poder leer al poeta chino Li Bai de manera accesible es una dádiva. Yo diría que, para los intelectuales de hoy, es un deber: hay que tener una cabeza universal, y no una situada únicamente en un mapa geográfico específico”.

En 2005, Tavares recibió el Premio Literario José Saramago por su novela Jerusalén. Considerada una de las grandes obras de la literatura europea contemporánea, narra el cruce de cuatro personajes aquejados por la violencia, el miedo, el dolor o la locura. Mientras una fuerza enigmática parece conducirlos hacia un encuentro azaroso (solo en apariencia, pues sabemos que en la ficción nada lo es en realidad), uno de ellos —el médico e historiador Theodor Busbeck— dedica su vida a idear una fórmula matemática capaz de predecir los crímenes y las tragedias futuras de la humanidad. El cuadrángulo lo completan una mujer con esquizofrenia, un exsoldado perseguido por el trauma y un suicida que puso la muerte en suspenso tras recibir una llamada telefónica. Son sujetos golpeados por el destino y, no obstante, en la lógica de esta novela, cada personaje entraña una forma larvaria de la maldad.

Cuando Saramago entregó el premio a Gonçalo, lo ciñó con este elogio: “No tiene derecho a escribir tan bien a los 35 años”. Un espaldarazo que, en el acreedor incorrecto, podía convertirse en estocada. Pero el temperamento aritmético de Tavares le ha permitido aceptar el aplauso con la mesura de quien desarrolla teoremas. Escritor congruente, agradece las palabras del Premio Nobel luso cada vez que le preguntan sobre ellas; pero sostiene que, si bien los reconocimientos son satisfactorios, no dejan de ser “beneficios colaterales” de su verdadero trabajo.

Con una parquedad similar me responde cuando le hago la pregunta obligada: ¿qué significado tiene para él compartir el escaparate del Premio Formentor con las plumas que lo anteceden? “Es una gran alegría, porque es una lista maravillosa de escritores que admiro mucho. Es un honor estar al lado de esos grandes”.

Iconoclasta y vanguardista, Gonçalo M. Tavares parece dispuesto a soportar la tumefacción de nuestros días poniendo en práctica lo que aprendió de las novelas de Kawabata o de los regates de Paulo Futre en el área chica: cuando parece que no está sucediendo nada, es necesario diminuir o ritmo do tempo. Lo decisivo, en la literatura como en el futbol, casi siempre se halla “en un pequeño movimiento”.

AQ / MCB

  • Ángel Soto
  • Periodista cultural y escritor. Sus textos, fotografías y poemas han aparecido en la Revista de la Universidad de México, Langosta Literaria, Punto de partida, Algarabía Niños, Picnic y Yaconic. Es creador del podcast y newsletter "Tinta y voz".

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