Y conocimos el fuego y guardamos silencio: Guadalajara en el calor de la violencia

Crónica

El domingo 22 de febrero el paisaje de Guadalajara se modificó radicalmente, la captura y muerte del “Mencho” detonó la violencia y provocó un calor sofocante en pleno invierno.

Bala en la carretera a Colima, bloqueada tras el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho”. (Ariel Ojeda | MILENIO Diario)
Vanesa Robles
Guadalajara /

Nos mentamos la madre todos los días, hasta los domingos. Somos más de cinco millones, pero menos de cinco millones y medio de personas apiladas. Nos sobran los autos a razón de casi uno por cada habitante, aunque en el área metropolitana de Guadalajara la mayoría de los habitantes no posee un coche. Los que sí tenemos uno, conquistamos que cada domingo se cierren al tráfico motorizado varias avenidas de la ciudad. Nos gustan las bicicletas, alardeamos, pero lo que de verdad nos enloquece son los centros comerciales. Los hay de todos los tamaños; los fines de semana lucen rebosantes, por eso tenemos tanto tráfico diario y por eso nos mentamos tanto la madre. Pero el domingo 22 de febrero de 2026, después de las diez y media de la mañana, no nos subimos a los coches, ni reservamos avenidas para las bicicletas, ni visitamos los centros comerciales, ni ofendimos al prójimo con un ¡titi-ti-tí-ti! El domingo 22 de febrero nos dijeron métanse, el Ejército mató al Mencho, y conocimos el fuego y guardamos silencio y tragamos saliva y nos cagamos del miedo.

El 22 de febrero —también el 23, el 24— fuimos simplemente más de cinco millones de personas atrapadas en el área metropolitana y varios cientos de miles más sitiadas en ciudades y municipios pequeños del interior de Jalisco y de otros estados.

Aunque nos gusta mirar los relojes inteligentes, ninguno sabe decirnos la hora a la que un grupo de militares de élite asaltó la residencia que el hombre más buscado del continente habitaba en Tapalpa, un paraíso serrano a unos 130 kilómetros de Guadalajara, donde los ricos se refugian los fines de semana y Nemesio Rubén Oceguera Cervantes leía salmos bíblicos mientras dirigía un cartel sanguinario. Nadie, ni el general Ricardo Trevilla, el secretario de la Defensa Nacional, nos ha dicho que los balazos empezaron antes de las siete de la mañana, como van a recordarlo los que andaban cerca.

Lo que en Tapalpa fue estrépito en Guadalajara se transformó en fuego y más tarde en rumor. Y el rumor, como el miedo, no sabe de horas.

Para Emi empezaron apenas antes de las nueve de la mañana, cuando iba por su novia para irse a pasear al acuario. En el Periférico y la calzada Independencia vio dos camionetonas, una frente a otra, ardiendo. El paisaje era dantesco, pero Emi lo ignoró siete minutos, hasta que llegó a la colonia Huentitán, donde vio dos Oxxos, uno frente al otro, ardiendo, y Emi pensó ayer perdieron las Chivas, la gente es fanática. En el camino de regreso vio una gasolinera ardiendo. Entonces dijo aquí hay una anomalía. Y entonces Emi, de 21 años, sintió el estrés. Eran las nueve veinte de la mañana.

Unos minutos antes mi amigo bombero de Guadalajara había tenido que apretar el estómago, cuando con su cuadrilla llegó al norte de la metrópolis para apagar uno de los Oxxos en llamas, en uno de los 60 sitios donde ardieron vehículos, farmacias, refaccionarias y gasolineras durante el día. No fue el fuego lo que lo hizo reaccionar a sus intestinos, fue que ahí nomás un adolescente se acercó a su grupo, sacó una fusca y les dijo lárguense de aquí.

En el sur, Aarón, sus padres y otros católicos que habían ido a la misa de 11 tuvieron que refugiarse un rato en el templo de los Misioneros Combonianos, en la colonia El Colli. Ahí, un tráiler ardía con una rapidez perversa casi frente a la puerta, que se cerraba y se abría ante las súplicas de auxilio de quienes estaban en la calle.

***

A las 9:38 de la mañana, Matías llamó para decirnos aguas, están quemando camiones. Aguas. Había dormido en un campamento scout, muy cerca del centro de la ciudad. Por supuesto no le creímos, de la manera en la que los padres de un adolescente no le creen, pero por las dudas prendimos la radio y, aunque advertían de varios incendios, nos despreocupamos de Matías y fuimos a tomar un café a dos cuadras de la casa porque parecía que ahí no pasaba nada.

A la mitad del café, me dijo Mauricio, qué aventados los de MILENIO, acaban de publicar que mataron al Mencho, pero no, no creímos que hubieran matado al Mencho, porque pensábamos que ya está muerto o que era inmortal. No vi la hora. Pero debió ser un poco antes de que el café entero enmudeciera, un silencio tenso. Tampoco vi el reloj cuando su dueño llegó con expresión de asfixia y decidió resguardarnos tras las cortinas. Nadie preguntó nada. Cuando salimos del local, expulsados por una sensación de claustrofobia, sentimos la anomalía. La tediosa Guadalajara se había quedado muda. Código rojo, dijeron las autoridades. Estábamos atrapados, no parecía, pero sabíamos que estábamos atrapados.

Matías llamó otra vez, ahora muy asustado y pidió no vengan por mí, a la una de la tarde van a empezar a matar gente. Intentamos calmarlo, le dijimos eso es fake y fracasamos de la misma forma en la que todos los padres fracasan ante sus hijos jóvenes que tienen una cuenta en el TikTok.

***

Somos un poco más de cinco millones y un poco menos de seis, pero el domingo 22 de febrero fuimos nadie. En la radio, una persona pedía comida para su sobrina, que se quedó en casa con los hijos pequeños y no tenía ni una tortilla. No sabíamos todavía que el día siguiente, el lunes, en el chat de la colonia otras personas pedirían comida. No sabíamos nada.

Emprendimos el viaje, Matías estaba mal. Afuera de Plaza Patria, una cuarentona muy flaca pedía raid a gritos, parecía la única mujer sobre el mundo. Cerradas, las puertas de vidrio del tren ligero la habían dejado del lado incorrecto. La vimos alejarse por el retrovisor mientras pensamos qué tal si por llevarla nos prende el carro. Sobre la siempre congestionada avenida Enrique Díaz de León, una carroza fúnebre corría a más de 100 kilómetros por hora. En kilómetros y kilómetros lo único que apareció fue una bola de hombres sedientos, cinco o seis, que impedían el cierre de las cortinas de un abarrote de licores. Medio kilómetro adelante había un hombre muy viejo apoyado en un bastón, parecía el único hombre del mundo. Nada más. El silencio atronador y el calor sofocante en pleno invierno que derretía en el aire el sonido de las sirenas de patrullas, las ambulancias y los camiones de bomberos. Como la pandemia por covid no. Como el infierno.

Es miércoles y ya volvimos a ser un poco más de cinco millones de personas. La ciudad se despierta y ya se oyen otra vez las mentadas de madre, pero los centros comerciales siguen solos, no durarán mucho así. El cuerpo del Mencho fue reclamado por su familia. Tendríamos que preguntar si lo mataron antes de que comenzara a contar cosas. Tendríamos que preguntar cómo, ya muerto, nos atrapó en su puño. Tendríamos que sospechar que tal vez esto apenas comienza.

AQ / MCB

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