Gustavo, Papá Sainz, el gran inductor

Homenaje

El autor de este texto recuerda a su maestro, el escritor de ‘Gazapo’, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde impartía entrevista, reportaje y Periodismo y Literatura.

El escritor Gustavo Sainz fue uno de los principales representantes de la llamada literatura de la Onda. (Foto: Octavio Hoyos)
Ciudad de México /

El 28 de mayo de 2010, día de san Judas Tadeo y de la maximarcha de los sobrevivientes del SME, estuvimos con Papá Sainz en el homenaje que, por sus 70 años, organizó la UAM-Iztapalapa en la Casa de la Primera Imprenta, en el Centro Histórico.

Compadre Lobo se llamó Gustavo, de apellido Sainz y nacido en la Ciudad de México el 13 de julio de hace 75 años. A mediados de los años 70, Sainz impartía clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, y allí lo elegí como maestro de entrevista y de reportaje, también de Periodismo y Literatura.

Yo venía del CCH Azcapotzalco, y entre mis escasas lecturas estaban Gazapo, de Gustavo; La tumba y Se está haciendo tarde (final en laguna) de José Agustín; Pasto verde y El rey criollo, de Parménides García Saldaña. Los tres me habían roto el esquema por la manera en que abordaban la temática juvenil y los elementos que se valían para hacerlo; sobre todo, por el lenguaje.

En aquel entonces, la Facultad de Ciencias Políticas estaba ubicada entre Derecho, Economía y la Torre de Ciencias. El turno matutino era para echar taco de ojo, apostados en la famosa bardita que separaba la escuela del estacionamiento. Las chavas que estudiaban Relaciones Internacionales acaparaban las miradas y se lucían haciendo honor al refrán “de la moda, lo que te acomoda”, y les acomodaba retebien; ellas, tan retellenas de relleno.

Poco a poco, los salones se llenaban; la clase de Gustavo Sainz en especial. Relajado, accesible, de buen humor, llegaba cargado de libros. De la vista nacía el amor: al final de cada clase uno quería tener un ejemplar de Entrevista con la historia, de Oriana Fallaci; Política y delito, de Hans Magnus Enzensberger; A sangre fría, de Truman Capote; México insurgente, de John Reed; Las botas, de Kapuscinski; Relato de un náufrago, de García Márquez; Los ejércitos de la Noche, de Mailer; Tom Wolfe y el Coqueto aerodinámico rock and roll color caramelo de ron; Andrè Gide y El caso del inocente niño asesino; La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente, Cien años de soledad, Manhattan Transfer, Faulkner, Hemingway… y los ensayos y la poesía de Pacheco y sus cuentos de El principio del placer. Tantos y tantos autores y títulos… Sainz hacía hincapié en las estructuras, los andamios, la obra negra, la arquitectura y el diseño de interiores, digamos.

Libros platicados, vistos, tocados, ansiados… Libros que arribaban al salón de clase como invitados especiales, tangibles, dialogantes… Y Gustavo relacionaba —como no queriendo, como debe ser— el periodismo con la literatura, cuento, poesía y novela; el ensayo con la entrevista, la crónica, el reportaje; platicaba de cine. Gustavo también comentaba las relaciones entre la literatura con la psicología, ciencia política, sociología y antropología. No había desperdicio en cada una de las clases de Sainz.

Comencé a leer de una manera más gozosa. Observaba cómo se contaba la trama, las mañas y requiebros del autor para atrapar a los lectores en la telaraña de las palabras. Y con otras lecturas fui haciendo mi particular mazacote para explicarme mi entorno. Si ya me resultaba fascinante el mundo de inmigrantes proletarizados que habitábamos Neza, las recomendaciones del Compadre Lobo permitían encajarle el diente a ese ser social en formación que era el municipio 120 del Estado de México, por entonces una de las ciudades dormitorio más grandes del orbe.

Además de lo anterior, Gustavo Sainz Sainz fue, digamos, mi descubridor. En una ocasión dejó de tarea una entrevista-monólogo, y todo el mundo se fue con sus vecinos cercanos: que si el pintor, el músico, el bailarín; en mi entorno estaban el carpintero, el borrachín, el drogo. Me decidí por el drogo y de ahí saqué el monólogo: se leyó en clase y recuerdo que al finalizar todo el grupo gritó: “¡Bravo, bravo!”

A raíz de ese trabajo, Sainz me comentó:

Oye, maestro, se abrió un concurso de cuento por los 25 años de la Facultad. Ya dimos el segundo y tercer lugar, así que trabájalo como cuento. Y vas a ganar porque no tenemos material para el primer lugar.

Muy temprano me inicié en eso de obtener premios. Y en las becas y en participar en antologías y viajes por la república cuando Gustavo fue director de Literatura del INBA.

Conocimos escritores de carne y hueso que llegaban hasta la Facultad invitados por Gustavo; nos hablaban de su reciente obra y accedían a ser conejillos de indias para que nos ejercitáramos entrevistando como si estuviéramos en rueda de prensa. A veces eran de casa, como Gabriel Careaga o de fuera como José Agustín, Cuauhtémoc Zúñiga, director de teatro o el crítico de cine David Ramón o el novelista Jorge Arturo Ojeda, Vicente Leñero, Ignacio Solares.

Además, y para beneplácito de quienes querían ver sus textos y crédito en tinta de imprenta, promovía la hechura de publicaciones, como las revistas Sitios de poesía y Tintero con su provocativo tema en portada “Eróticos somos y en el colchón andamos”, que soliviantaban el ánimo de los militantes de la izquierda wewenche, de cubículo y golpe de pecho.

Por si fuera poco, Sainz era soltero, y a las pruebas se remitía. No faltaba quien le agarrara la palabra y se sintiera la dueña de las quincenas del escritor que no se cocía al primer hervor ni era de fácil digestión lo que literariamente producía. Quienes traíamos la inquietud de ejercitarnos en el terreno de la escritura recibimos de su parte el comentario adecuado para dedicarnos a la lectura con más colmillo y desenfado.

Sainz me jaló para participar en la fundación de La Semana de Bellas Artes, suplemento cultural que tardó casi un año en salir. Desde el principio Gustavo fue claro: “Mira, tú tienes una serie de carencias que ni con una beca de por vida vas a llenar. Métete a reportear, a entrevistar, y con eso irás aprendiendo. De todo lo que te digan te van a surgir dudas y dudas: busca llenarlas. Hay libros, folletos, revistas, ensayos, libros acerca de libros”.

Durante un año completo, Sainz corrigió mis primeros textos periodísticos de su puño y letra, y eso fue mejor que una extensión de la escuela. Entrevistas con pintores, músicos, escritores, escultores, arquitectos, coreógrafos, bailarines, poetas, dramaturgos…

Como los materiales se iban juntando y no se aprobaba el presupuesto para lo que sería La Semana de Bellas Artes, empezó a distribuir material con sus conocidos en las redacciones. Y en ellas conocí a colegas que siempre me trataron como a un profesional y, además, pagaban por las colaboraciones. Todo a instancias del Compadre Lobo.

Con la publicación de La princesa del Palacio de Hierro, Sainz nos permitió asomarnos a esa otra cara de la literatura, la del evento, entrevistas con el autor, las filas para obtener un autógrafo, lecturas en público en los espacios que cada vez más se incrementaban en la Ciudad de México, más allá de los tradicionales y ya históricos de la Casa del Lago o la Sala Manuel M. Ponce.

Los quince minutos de fama también podían obtenerse gracias a la literatura y sus alrededores y, si quedabas atrapado en los alrededores y no en el reto de la invención, allá tú. Como director de Literatura, Sainz colaboró enormemente en la democratización de los bienes culturales y en la promoción de sus hacedores y en la capacitación misma de los promotores. Con su quehacer como reporteros o guionistas o productores o redactores, enriquecieron estudios de radio, televisión, redacciones de diarios y revistas, incluso agencias de diseño y publicidad.

De lo anterior y mucho más es culpable Gustavo Sainz.


* Este texto forma parte de un libro en preparación con testimonios sobre Gustavo Sainz, compilado y editado por Josefina Estrada.

AQ / MCB

  • Emiliano Pérez Cruz

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