Gustavo Sainz y la belleza desnuda de ‘Caballero’

Mis días con Gustavo Sainz

En 1969 Gustavo Sainz comenzó a dirigir una revista que, entre otras, tuvo como modelos a Isela Vegas y Pilar Pellicer y colaboradores del prestigio de Jodorowsky, Sergio Aragonés y José Agustín.

El escritor mexicano Gustavo Sainz. (Foto: Octavio Hoyos)
Aníbal Angulo
Ciudad de México /
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—Vamos a publicar a las actrices mexicanas más famosas y bellas de México, desnudas. Playboy publica mujeres muy hermosas, pero inalcanzables al común de la gente. Por eso, pienso en actrices para que nuestros lectores las sientan cercanas, conocidas —me dijo Gustavo Sainz cuando me invitó a colaborar como fotógrafo en la revista Caballero. Era mediados de 1969. Él acababa de regresar de una beca en Estados Unidos y había aceptado dirigir la revista con la condición de escoger a sus colaboradores. Hasta entonces, Caballero venía publicando los descartes de publicaciones similares norteamericanas.

Meses antes, yo había fotografiado a Helena Rojo, y Paco Ignacio Taibo padre publicó las imágenes en la revista Cinelandia. Manuel Rivera, novio de Helena, le mostró esas fotos a Sainz y comentó:

—Esta calidad es la que quiero.

Y me invitó a colaborar, aunque no nos conocíamos.

En el equipo de la revista estaban los maquetistas José Nemorio y Alfonso Rodríguez. Cuauhtémoc Zúñiga era subdirector, redactor y creativo. La revista tiraba cien mil ejemplares y estaba declarada como lícita; la censura moral era un poco más estricta que la política. Las imágenes no podían mostrar un desnudo completo, ni siquiera medio pezón; mucho menos, vello púbico.

Poco a poco, fuimos ganando la batalla. Un mes enseñábamos un cachito de pezón; nos regañaban por teléfono los burócratas de la censura y lo tapábamos. Al siguiente mes, lo destapábamos un poquito más. Al principio fue difícil encontrar artistas que aceptaran aparecer semidesnudas. Leticia Robles, Pilar Pellicer e Isela Vega fueron algunas de las primeras en vencer el prejuicio. La calidad de los reportajes y articulistas animó poco a poco a más actrices. Entre los colaboradores estaban Alejandro Jodorowsky, Juan Tovar, Nacho Méndez, José de la Colina, Luis Guillermo Piazza, Sergio Aragonés, José Agustín, Eduardo Gómez, Vicente Leñero, Sergio Magaña, Fernando Curiel, Raúl Velasco, Paulina Lavista, Nadine Markova, entre otros.

Un día me llamó por teléfono Raúl Cuevas, Perico, un asistente de Gustavo al que le gustaba jugar al “traidor”; cortante me dijo:

—Gustavo te quiere mañana en la oficina, temprano.

Sainz, en total desorden, estaba detrás de un escritorio atestado de fotos y artículos para la revista; me hizo una seña:

—Siéntate —me ordenó con voz grave—. No podemos seguir publicando reportajes nada más de ti. Es mala imagen para la revista. Hemos contratado a otro fotógrafo. Se llama Labina Lugan.

Jamás había escuchado ese nombre. Surgió un silencio incómodo entre los dos. Después de unos segundos, Gustavo soltó la carcajada y me dijo:

—¡Es un anagrama! Es Aníbal Angulo pero al revés.

Los meses siguientes salieron los reportajes fotográficos firmados por los dos. Nunca nadie se dio cuenta del engaño. Llegaban cartas a la redacción felicitando por la nueva contratación: “Ese sí es fotógrafo, no como el tarado de Angulo”, decían.

Cuando teníamos necesidad de transportarnos a algún sitio, Gustavo manejaba su auto y se entretenía en el tráfico de la ciudad jugando con las letras de las placas de los autos que tenía enfrente, inventaba historias increíbles a bote pronto.

Después de un tiempo, el equipo nunca supo por qué razón Gustavo decidió dejar Caballero, o si lo despidieron. Simplemente, un día nos reunió en la oficina:

—Voy a renunciar a Caballero y los invito a colaborar en dos nuevas revistas que voy a crear: Eclipse y Audacia. La primera sería una versión superada de Caballero; más moderna en su diseño, contenido de más fondo y mejores imágenes. La segunda alimentaría los sueños de aventura salvaje de los defeños aletargados.

Nos cambiamos a la colonia Cuauhtémoc, donde Gustavo rentaba dos departamentos; uno lo habitaba y en el otro hacíamos las revistas. Alfonso y Nemorio eran los magos del Letraset y las escuadras. Los originales se hacían a mano, letra por letra. El departamento de Gustavo estaba tapizado de piso a techo con cientos de libros; de arte, principalmente. Presumía haberlos leído todos. Nunca había visto tantos libros en una casa. Su capacidad de comprensión y rapidez de lectura era asombrosa. Un día, tocó a la puerta un vendedor de sistemas de lectura rápida y retó a Gustavo a superar el método de lectura que él vendía. Gustavo aceptó, leyó una página; minutos después, el joven salió con la cola entre las patas.

En el número dos de Eclipse —enero 1972— Gustavo seleccionó fotos del estudio que le había hecho a Helena Rojo; una imagen para la portada y para el reportaje principal. Fue un acontecimiento editorial en México. Por coincidencia, el famoso cineasta alemán Werner Herzog estaba en la Ciudad de México buscando a una actriz para su película Aguirre, la ira de Dios. Vio la revista en una peluquería y comentó:

—Este es el rostro que busco.

Llamó a la oficina para pedir el número de Helena, se identificó:

—Soy Herzog.

Cuauhtémoc le contestó:

—Sí. Y yo soy Santoclós. Si quieres el teléfono, ven por él.

Treinta minutos después, ante el asombro de todos, llegó. Y Helena fue el personaje femenino principal, su primera película internacional.

Gustavo fue un maestro de literatura excepcional, gran escritor y generoso amigo, pero sufría para completar la nómina y los gastos fijos de la revista. Pero todos trabajábamos como equipo, sin quejas, resolviendo las broncas con ingenio y ganas. Como si fuéramos el equipo creativo mejor pagado del mundo.

Para los últimos números de una de las revistas, Gustavo negoció una pauta publicitaria con pago en especie con la Volkswagen. El auto se lo dio, como pago, a Alfonso, quien el mismo día, en la noche, lo estrelló. Sainz también quiso hacer una fotonovela, género muy en boga en esos días. Sería una especie de sátira mexicana con el tema de las heroínas y los malvados. Ahí viene Petra Canales, se iba a llamar. Era una heroína de carne y hueso que, arriba de una enorme motocicleta, acabaría con los planes malvados de un científico loco. No sé cómo convenció a Carlos Monsiváis para que interpretara al personaje, papel que le quedaba muy bien. Hicimos un número piloto; finalmente, no supimos en qué quedó, pero no se publicó.

Después de cuatro o cinco números de Eclipse y Audacia, nos anunció el cierre de las revistas por insuficiencia económica. La verdad, no nos sorprendió; lo entendimos y lo lamentamos mucho porque habíamos sentido el proyecto como nuestro. Consciente del vacío en que nos dejaba, Gustavo habló con James Fortson, quien dirigía la revista Él, publicación muy parecida a Caballero, para que nos aceptara como paquete creativo. En el número 49 de 1973 ya estábamos Alfonso y yo incorporados.

Tiempo después, Gustavo fue nombrado director de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), y se dedicó a crear La Semana de Bellas Artes, un suplemento que se distribuiría gratuitamente en los principales diarios del país. Fue muy novedoso en su diseño y por los dibujos de un grupo de ilustradores extraordinarios. Gustavo y su equipo de redacción dejaron de hacer el suplemento porque Juan José Bremer, director del INBA, lo convirtió en una publicación dedicada a promover las exposiciones de Bellas Artes, básicamente. Entonces, el suplemento quedó en manos de gente que no sabía de periodismo ni cultura. Por su falta de discernimiento y sobrada ignorancia se publicó un texto que dañaba la reputación de la primera dama, lo que provocó la renuncia inmediata de Bremer. Y se acabó el suplemento. Gustavo ya no era director de Literatura desde hacía dos meses, aunque no se había hecho pública su renuncia. Y él se dedicó de tiempo completo a sus clases en Estados Unidos.

Gustavo venía a la Ciudad de México con relativa frecuencia. Armaba una agenda para visitar a las editoriales de sus libros y a ver a sus amigos. Un día, me pidió que lo acompañara a visitar la editorial Solar de Alejandro Zenker, en San Pedro de los Pinos, para conocer la novedosa propuesta de editar libros uno a uno, en una máquina parecida a una tortilladora: por un lado entraba el archivo digital; por el otro, salía un libro. O eso recuerdo. Otro proyecto que tenía Zenker era fotografiar a escritores famosos junto a una modelo desnuda. Alejandro hacía las fotos. La verdad, Sainz no era muy fotogénico y salió con los ojos saltados, como si la modelo lo estuviera estrujando.

Mi último contacto con Gustavo fue en 2003, cuando le pedí una presentación para un libro de fotografías mías que edité e imprimí en computadora. El texto lo conservo con orgullo.


Este texto forma parte de un libro en preparación con testimonios sobre Gustavo Sainz, compilado y editado por Josefina Estrada.

AQ / MCB

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