Los hipos de Antioquia

Los paisajes invisibles

Los hipopótamos introducidos por Pablo Escobar en Colombia hoy son una especie invasora y símbolo del delirio narco que enfrenta el exterminio oficial mediante la eutanasia, tras décadas de abandono institucional.

Vanessa, hipopótamo mascota del Parque Temático Hacienda Nápoles en Antioquia, Colombia (Wikimedia Commons)
Iván Ríos Gascón
Ciudad de México /

Algunas secuelas del nefasto poder de las mafias tardan en exponer su ominosa dimensión. En la plenitud de su dominio sobre gobiernos e instituciones, territorios, comunidades, economías, nadie los detiene ni nada es imposible para los caprichos, la extravagancia o el delirio del capo y su organización, entes que no solo se asumen como dueños de una región sino de las vidas (no únicamente humanas) y del ecosistema.

Entre los 1970 y los 1980 se consolidó en Colombia el imperio del cartel de Medellín liderado por Pablo Escobar, quizá el narcotraficante más célebre del continente, que para ocultar su incipiente carrera delictiva incluso consiguió un escaño como suplente en la Cámara de Representantes, gracias al performance que se hizo de hombre respetable pero le duraría muy poco, porque en 1983 el ministro de justicia de su país comenzó las investigaciones sobre su auténtico negocio y el dinero sucio que inyectó en la política y las obras con pantalla de labor social.

En esos años de poderío, Escobar importó especies africanas para su zoológico privado en la Hacienda Nápoles, aprovechando múltiples factores políticos, jurídicos y administrativos colombianos, la corrupción en las aduanas principalmente. Jirafas, elefantes, rinocerontes, leones, avestruces llegaron a la parcela de Puerto Triunfo para el esparcimiento del narco sanguinario que sería abatido en 1993. Tras la caída, la Hacienda Nápoles fue incautada por el Estado. Enviaron a los animales a otros zoológicos pero los hipopótamos quedaron a la deriva. Un macho y tres hembras aprovecharon el abandono del lugar. Llegaron al cauce del Magdalena Medio, en Antioquia, donde se reprodujeron alegremente gracias a las condiciones climáticas similares a las de su lugar de origen, y a que no enfrentan a enemigos naturales como los cocodrilos u otros predadores, salvo ahora que están amenazados de muerte por el hombre.

En 2024, Nelson Carlo de Los Santos Arias rodó Pepe, un filme raro, docuficción barroca en torno de la conciencia del espíritu de la bestia que da nombre al relato, así como una puesta en escena del delirio colectivo que provocó en los pueblos aledaños al Magdalena Medio, la presencia del “monstruo” repentinamente aparecido en sus aguas.

Bautizado como Pepe por los medios colombianos, el “protagonista” (solo una voz en off) de la película de De Los Santos Arias, consigna el caso real del primer hipopótamo aniquilado en América, descendiente de la casta importada por Pablo Escobar.

Ese animal que desde ultratumba responde “nunca escuché el sonido que sale de mi boca” a un hombre que pregunta cómo suena un hipopótamo, también hablará de Pablito, el hermano que fundó un reino de terror entre su raza cómodamente instalada en el nuevo hábitat; de la confusión del alma entre la vida y la muerte; de su existencia propia porque, dice Pepe, “mi historia solo pudo contarse cuando la contaron ellos”: los que lo persiguieron, cercaron, mataron a balazos.

Satanizados por la comunidad local y especie invasora que afecta la biodiversidad y el ecosistema, sobre los “hipopótamos de la cocaína” hoy pesa la condena de eutanasia para ochenta ejemplares de un censo de más de dos centenas y el decreto de expulsión, aunque esto es harto dudoso por los costes, la logística del traslado a otros santuarios. Quizá estemos ante el probable exterminio de un variedad particular, pues a diferencia de los africanos, los hipopótamos del Magdalena Medio poseen peculiaridades genéticas distintas a la especie o mutaciones debido a la endogamia, sellando su irónico destino de fauna secuestrada para su explotación en otro mundo. Y es que, al igual que los miles de seres humanos “levantados” o “desaparecidos” por el crimen organizado, los “narco–hipopótamos” (otro de los estigmas con que se los nombra), no son dignos de justicia ni piedad por un gobierno y sus políticas, sus leyes e instituciones que durante la crisis nada hicieron por salvaguardarlos y en cambio, prefieren invisibilizarlos, o mejor, borrarlos por la vía oficial.

AQ / MCB

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