Derivas homéricas: el enigma del poeta que fundó la literatura occidental

Ensayo

Entre fábula e historia, Homero sigue siendo un enigma: ¿quién fue, dónde nació, escribió realmente la Ilíada y la Odisea? Un viaje por bibliotecarios alejandrinos, filólogos, arqueólogos y poetas que han perseguido la sombra de “el que no ve”.

William-Adolphe Bouguereau, ‘Homero y su guía’, 1874. (Wikimedia Commons)
Ciudad de México /
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I

Varios de los treinta y cuatro Himnos homéricos, que aunque no son de la autoría de Homero se les ha bautizado así por compartir rasgos varios estilísticos con el máximo poeta de la antigua Grecia, comienzan invocando a las musas en plural o a la Musa en singular. Y la Odisea da inicio con una invocación similar: “Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio…” Pero, hay que decirlo, en la Ilíada pesa más la diosa: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo…”

Algunas de las traducciones más recientes de la Ilíada al inglés también se inclinan por usar “diosa” al principio del poema: “Wrath, goddess, sing of Achilles Pēleus’ son’s calamitous wrath…” (Peter Green, 2015); “Goddess, sing of the cataclysmic wrath / of great Achilles, son of Peleus…” (Emily Wilson, 2023). La opción más atractiva, por supuesto, corresponde al llamado a la divinidad.

Así pues: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo…” La historia de la literatura occidental se gestó en medio de una ira funesta “que causó infinitos males a los aqueos” / “…which caused the Greeks immeasurable pain” (Emily Wilson, 2023). Escribir es una furia, escribir es permitir que la rabia interior incendie los pliegos de papiro que hasta ahora habían permanecido vírgenes o bien las páginas cuya blancura hay que mancillar a toda costa.

¿Cuánto conocemos de Homero, a quien se asigna la autoría de la Ilíada y la Odisea? Su vida, se sabe, es una mezcla hipnótica de fábula y realidad. Una de tantas representaciones suyas, a cargo del artista francés William-Adolphe Bouguereau (1874), lo visualiza con un lazarillo y un perro en posición de ataque. Su nombre, asimismo, se ha prestado a múltiples interpretaciones: una de las más aceptadas es que proviene del jónico Hómēros, variante del eólico Homaros, que significa “rehén”; otra señala que se vincula con la expresión ho me horón, es decir, “el que no ve”. Una teoría casi conspiratoria ubica a Homero como miembro de los Homēridai, sociedad de poetas cuyo nombre significa “hijos de rehenes”: al ser descendientes de prisioneros de guerra, estos aedos podían cantar las hazañas bélicas en las que no habían participado.

Los aedos —del griego aoidós, “cantor”— eran los artistas que en la antigua Grecia relataban epopeyas con la compañía de un instrumento musical. Homero es por mucho el aedo más célebre, con todo y que hasta hoy día se sigue cuestionando su existencia. Jorge Luis Borges lo incluyó en “El inmortal”, uno de los cuentos más bellos de El Aleph (1949) y de toda la producción borgesiana: “Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea.” Un ensueño libresco reúne a Homero y Borges, hombres aquejados por la ceguera, en los pasillos de una biblioteca eterna donde los libros se pueden leer con tan sólo tocarlos. En su famoso texto titulado “El inexistente”, Leonardo Sciascia postuló a Borges como portavoz de una secta de escritores sudamericanos encabezada por Adolfo Bioy Casares. Homero y Borges se alzan así como posibles ficciones urdidas en la penumbra estimulante de la historia literaria.

En su introducción a la Ilíada, Pedro Henríquez Ureña refiere que el primer editor crítico de Homero fue Zenódoto de Éfeso, poeta y gramático griego que se desempeñó como primer director de la Biblioteca de Alejandría. Su reputación llegó a la cima hacia 280 a. C. Gracias a sus conocimientos de poesía, y con la ayuda de sus colegas bibliotecarios Alejandro de Etolia y Licofrón de Calcis —responsables de los autores trágicos y cómicos, respectivamente—, Zenódoto consiguió ordenar tanto la Ilíada como la Odisea en veinticuatro cantos. Antes de esta estructura los poemas de Homero se hallaban sometidos al caos: había manuscritos con infinidad de variaciones a los que se sumaban las añadiduras y los recortes al texto propuestos por los rapsodas, y además había que tomar en cuenta el misterio de la identidad homérica. A Zenódoto se adjudica no sólo el acomodo de los poemas épicos sino el cálculo de los días de la Ilíada y la invención del óbelo, signo que empleó para indicar los versos espurios y que después se utilizaría en las operaciones aritméticas de división. Resulta fascinante imaginar a este sabio en su rincón de la Biblioteca de Alejandría, iluminado por un cirio que titila con una corriente de aire que se cuela por una rendija invisible. Coteja manuscritos, desecha o marca versos, traza nuevas rutas de lectura de dos obras que flotaban en el aire. Lo guía la voz gutural del pasado, semejante a la del cíclope Polifemo.

La labor de Zenódoto de Éfeso fue continuada por su colega Aristófanes de Bizancio, considerado uno de los primeros filólogos de la historia, que propuso la separación de los versos homéricos. A él también se atribuye la división de la obra de Platón en trilogías. Además de la de Homero, Aristófanes de Bizancio editó y difundió las obras de Eurípides, Hesíodo, Píndaro y el comediógrafo clásico llamado como él. Fue el responsable de establecer, junto con su discípulo Aristarco, lo que sería el canon alejandrino.

Alumno destacado de Aristófanes de Bizancio, Aristarco aplicó sus conocimientos de filología y gramática para completar la primera edición crítica de los poemas homéricos. Inventó y usó varios signos para advertir la repetición de versos y si esta era conveniente. Así pues, a estos tres bibliotecarios de Alejandría se debe la forma más o menos uniforme de los textos homéricos que ha llegado hasta nuestros días. Los nombres de Zenódoto de Éfeso, Aristófanes de Bizancio y Aristarco ocupan un sitio de honor dentro de los anales de la literatura.

En el siguiente fragmento de Vida y poesía de Homero Pseudo Plutarco cita a Simónides de Ceos, denominado el Voltaire griego: “En la Ilíada representó Homero el valor físico y en la Odisea la nobleza moral. Si no sólo están figuradas en sus versos las virtudes sino también los vicios, dolores, regocijos, terrores, deseos, no es razón acusar al poeta […] No erraría quien llamase a Homero consumado pintor, pues un sabio dijo que la poesía es una pintura elocuente y la pintura una muda poesía.” Por su parte, Plinio el Viejo plantea en su Historia natural un hermoso acertijo: “En mi juventud Apión, dramático famoso, declaró que había evocado los espíritus para interrogarlos sobre la patria y padres de Homero, pero decía que no osaba confesar lo que le habían respondido.”

II

La vida de Homero permanece sumida en una bruma azulina que la torna legendaria, fantasmagórica. Varios sitios se lo reclamaban como hijo nativo: de Argos a Atenas, de Esmirna a Ítaca, de Rodas a Salamina. Hasta la fecha, sin embargo, se desconoce su verdadera cuna. En cuanto a su muerte, desde el siglo V a. C. hay cierto consenso en que esta acaeció en Íos, una de las islas Cícladas. “La isla de Íos es la patria de tu madre, que cuando mueras te recibirá”, leyó Pausanias al pie de una estatua de Homero en Delfos.

Clímene, madre de Homero, era nativa de Íos, y según las leyendas él debió ser enterrado junto a ella. Una imagen fantástica tiene al aventurero holandés Pasch van Krienen abriendo por primera vez la tumba del poeta en 1771 y contemplando cómo el esqueleto se reduce velozmente a polvo. Su historia termina cuando las losas de la tumba de Homero, que Van Krienen había trasladado a Livorno en Italia, se esfuman sin mayor explicación y sin dejar el menor rastro. Hoy día la tumba homérica se puede visitar en la zona de Plakotos en la punta norte de Íos.

Aunque parezca increíble, el interés por Homero decayó por espacio de varios siglos al cabo de los esfuerzos críticos de los bibliotecarios alejandrinos. Durante la Edad Media fueron los copistas en los monasterios quienes se encargaron de mantener viva su obra. Con el Renacimiento los poemas homéricos encontraron una nueva luz que los alumbró. Las posteriores traducciones al inglés realizadas por George Chapman en el siglo diecisiete y Alexander Pope en el siglo dieciocho les insuflaron un aire necesario que los transportó a numerosos lectores.

En el siglo dieciocho el filólogo y helenista alemán Friedrich August Wolf descolló no sólo por insertar la filología y la historia antigua en el sistema universitario de Prusia, secundado por Goethe, Humboldt y Schiller, sino por volver a cuestionar la autoría homérica. En Prolegómenos a Homero (1795), Wolf planteó la hipótesis de que la Ilíada y la Odisea eran la suma de fragmentos épicos compuestos por diversos aedos y unificados hacia el siglo VI a. C. Este libro dio origen al debate bautizado como “Cuestión homérica”, que reactivó los problemas enfrentados por Zenódoto de Éfeso, Aristófanes de Bizancio y Aristarco al buscar una unidad para la Ilíada y la Odisea. Wolf adujo que el tirano griego Pisístrato había nombrado una comisión para dar dicha unidad.

En el siglo diecinueve, la luz que más iluminó la “Cuestión homérica” fue emitida por el millonario prusiano Heinrich Schliemann, devoto de Homero y de la arqueología. Con la Ilíada como guía, Schliemann empezó a hacer excavaciones en Hisarlik (Turquía), donde se asentara Troya, para luego ampliarlas a otros emplazamientos homéricos como Micenas, Orcómeno y Tirinto. Con esto consiguió dos cosas: demostrar que la Ilíada describía escenarios históricos y dar inicio a la reconstrucción de la civilización egea.

Es asombroso, por decir lo menos, que la Ilíada y la Odisea, obras que sentaron las bases de la cultura literaria de Occidente tal como la conocemos, hayan incidido en tantas zonas de la historia. Con esto se constata que el poder de la palabra es realmente inconmensurable.

Eustacio de Tesalónica, que ascendió a diácono de la iglesia de Constantinopla, se hizo célebre por sus comentarios sobre Homero. Vale la pena reproducir uno de ellos in extenso: “Cuenta Alejandro de Pafo que Homero fue hijo de Dmaságoras y Etra, egipcios, y que su nodriza fue cierta profetisa hija de Horo, sacerdote de Isis, que de sus pechos fluyó una vez miel a la boca del niño, y que en la noche el niño profirió nueve voces: voz de golondrina, de pavón, de paloma, de corneja, de perdiz, de calamón, de estornino, de ruiseñor y de mirlo; y que se le halló jugando en la cama con nueve palomas.” Como se ve, el origen del poeta no se ha dejado de cuestionar a través del tiempo. Eustacio de Tesalónica alude, por cierto, a la muerte de Homero en la isla de Íos.

En un fragmento adscrito a Antípatro de Sidón, poeta griego que vivió en el siglo II a. C., se aborda la oriundez homérica: “Homero, unos dicen que fue tu nutriz Colofón, otros la hermana Quío, otros Ío[s], otros proclamaron la afortunada Esmirna, otros Tesalia, madre de los lápitas. Cada cual celebra diferente comarca, pero si me es lícito declarar la sabia profecía de Apolo, tu patria es el vasto cielo y no naciste de mujer mortal sino de Calíope.” En la mitología griega, vale recordar, Calíope es la musa de la poesía épica y la elocuencia.

Varios especialistas entre los que sobresale el filólogo alemán Joachim Latacz, autor de Troya y Homero. Hacia la resolución de un enigma (2001), afirman que Homero debió nacer en la zona occidental de Asia Menor merced a las referencias geográficas sembradas en la Ilíada. La procedencia homérica se cifraría por ende en dos puntos: el conocimiento preciso de lo que en la actualidad es la costa de Turquía —en especial la isla de Samotracia y el río Caístro, cerca del antiguo puerto de Éfeso— y las pocas alusiones a la Grecia peninsular.

Al igual que los de Homero, los orígenes de la Ilíada y la Odisea se hunden en una niebla densa. Dejando a un lado que respondan a un solo autor, el acuerdo es que los poemas son resultado de una tradición oral que se transmitió a través de varias generaciones de aedos. La repetición de versos en los poemas homéricos, estudiada y marcada por Aristarco en la Biblioteca de Alejandría, da pie para reforzar la tesis de la transmisión oral. Homero habría heredado estos fragmentos de sus antecesores para insertarlos en su composición. Pero ¿cómo llegaron los poemas a la escritura, si su autor era ciego e iletrado según señalan muchos investigadores? La filóloga danesa Minna Skafte Jensen defiende la hipótesis de la transcripción: Homero dictó el texto a un escriba hacia el siglo VI a. C.

La datación de los poemas homéricos también ha sido motivo de múltiples y enconadas controversias. Existen al menos tres fechas adjudicadas a su composición y redacción: siglo VIII a. C., siglo VII a. C. y siglo VI a. C. Al día de hoy no hay un consenso generalizado. Quienes se inclinan por la datación en el siglo VIII a. C. se apoyan en el hallazgo de las llamadas Copas de Néstor: una copa de oro localizada por Heinrich Schliemann en sus excavaciones de Micenas y un fragmento de cerámica encontrada en la isla de Isquia.

Schliemann descubrió la primera Copa de Néstor entre 1874 y 1876 y la nombró así porque presentaba rasgos similares a los de la copa descrita en el canto XI de la Ilíada: “…una bella copa guarnecida de áureos clavos que el anciano [Néstor] se había llevado de su palacio y tenía cuatro asas —cada una entre dos palomas de oro— y dos sustentáculos. A otro anciano le habría sido difícil mover esta copa cuando después de llenarla se ponía en la mesa, pero Néstor la levantaba sin esfuerzo.”

La segunda Copa de Néstor es un trozo de cerámica hallado en 1954 en la antigua colonia griega de Pitecusas en la isla de Isquia, uno de los escenarios del magistral Cuarteto napolitano de Elena Ferrante. Está datado alrededor de 720 a. C. y tiene una inscripción en griego que se considera el primer texto escrito de Occidente: “La copa de Néstor era agradable de beber. Pero quien beba de esta copa quedará al punto dominado por el deseo de Afrodita, la de la hermosa corona.” Hay, por supuesto, dudas sobre la traducción.

Quienes defienden la datación de la Ilíada y la Odisea en el siglo VII a. C. se basan principalmente en la mención de dos enclaves fundamentales: Tebas, la capital egipcia que se asentaba en la actual Luxor, e Ísmaro, ciudad tracia que era aliada de Troya. Finalmente, quienes ubican los poemas homéricos en el siglo VI a. C. siguen los pasos de Friedrich August Wolf, que como ya se observó adujo que Pisístrato, tirano ateniense que vivió justo en ese periodo, organizó una comisión encargada de redactar los textos. Para contradecir a Wolf, el filólogo y helenista alemán Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff publicó en 1884 un libro titulado Investigaciones homéricas en el que apunta que la redacción ateniense de los poemas de Homero se impuso a anteriores versiones escritas.

En su Historia verdadera, obra fechada en el siglo II d. C. que se considera el primer texto de ciencia ficción, el sirio Luciano de Samósata aborda el origen de Homero. Conviene citarlo in extenso: “No habían pasado aún dos o tres días cuando me acerqué a Homero, en un momento en que los dos estábamos desocupados, y entre otras cosas le pregunté de dónde era y le dije que entre nosotros ese era el problema que más se investigaba hasta hoy. Me contestó que no ignoraba que unos lo creían natural de Quío, otros de Esmirna y muchos de Colofón; decía empero que era babilonio y que en su pueblo no se llamaba Homero sino Tigranos, pero que después de pasar a los griegos como rehén [hómēros] cambió de nombre. A propósito de los versos señalados como espurios le interrogué si los había escrito él. Contestó que todos eran suyos. Condenaba yo, pues, las prolijas frialdades de los gramáticos secuaces de Zenódoto y Aristarco. Luego que me respondió acabadamente a todo esto, le volví a preguntar por qué había comenzado con la cólera [del Pelida Aquileo] y me contestó que porque así se le había ocurrido, sin pensarlo.” La polémica sobre Homero y su obra, por tanto, lleva siglos acendrándose y mutando como el ingenio de Odiseo. La historia literaria es una investigación detectivesca tan ardua como seductora.

III

El poeta griego Antípatro de Sidón escribe: “El heraldo del esfuerzo de los héroes, el intérprete de los dioses bienhadados, el segundo sol en la vida de Grecia, Homero, esplendor de las Musas, voz eternamente joven del universo, yace oculto, oh extranjero, bajo la arena batida por el mar.”

En su Poética, Aristóteles se ocupa de Homero en términos sumamente elogiosos. Vale la pena citarlo sin muchos cortes: “Homero parece divino comparado con los demás poetas, pues no intentó componer su poema sobre la guerra toda, aunque tenía principio y fin, porque hubiera resultado demasiado largo y difícil de abarcar en conjunto, y si se hubiese moderado en el tamaño se habría enredado en la variedad. Pero lo que hizo fue tomar una sola parte y emplear como episodios buena porción de las otras, como el catálogo de las naves y otros episodios con los que intercala el poema. Los otros tratan de un solo héroe, un solo momento, una sola acción que consta de muchas partes: así el autor de los Cantares ciprios y de la Pequeña Ilíada. Por esta razón puede hacerse una tragedia o dos solamente de la Ilíada y la Odisea […] Aún más: unas mismas deben ser las especies de la epopeya y de la tragedia: la sencilla, la que tiene nudo y desenlace, la de costumbres, la de afectos patéticos. Y las partes son las mismas fuera de la composición musical y del aparato escénico, pues la epopeya también requiere peripecias, anagnórisis e incidentes patéticos. Ha de esmerarse, asimismo, en pensamiento y dicción. Todo lo cual empleó Homero por primera vez y satisfactoriamente; porque de sus poemas, la Ilíada es simple y llena de afectos patéticos, la Odisea tiene nudo y desenlace —pues es toda anagnórisis— y es costumbrista. Además en dicción y pensamiento sobrepasó a todos.” Aristóteles deslumbra como uno de los primeros críticos literarios.

Hay dos datos curiosos. Uno, en castellano se conoció primero la Odisea y posteriormente la Ilíada: la Odisea se publicó en 1556 traducida por Gonzalo Pérez, secretario del Consejo de Estado de Carlos I y Felipe II, mientras que la Ilíada vio la luz en 1788 traducida por Ignacio García Malo. Dos, en la Ilíada el concepto de nóstos (“regreso”), uno de los más socorridos por los griegos, aparece siete veces, un número emblemático; en 1688 el médico suizo Johannes Hofer tomaría ese concepto y lo aunaría a algos (“dolor”) para crear un neologismo: nostalgia, un sentimiento que sobrevuela toda la Odisea.

Según la tradición cristiana, la ira es uno de los siete pecados capitales. En la Divina Comedia es abordada en el canto XV del Purgatorio, cuando Dante y Virgilio llegan al crepúsculo a la terraza de los iracundos, y justo con la ira da inicio la Ilíada. En su poema, Dante describe la ira como “amor por la justicia pervertido a venganza y resentimiento”; en la Ilíada, la ira de Aquiles es el interruptor que echa a andar los motores de una historia en la que la venganza juega un papel fundamental. En 1819 el pintor francés Jacques-Louis David representó la ira de Aquiles en un cuadro que lleva ese nombre. Aunque no se basa en la Ilíada sino en Ifigenia en Áulide, una de las tragedias de Eurípides datada en 406 a. C., el óleo es fiel al héroe iracundo.

En “Contra Leócares”, el único discurso suyo que se ha logrado conservar, Licurgo de Atenas, destacado orador que fue alumno de Platón, pondera así la obra homérica: “Con elogio quiero citaros también a Homero. Nuestros padres le tuvieron por poeta de tanto peso que pusieron por ley que cada cinco años, en las Panateneas, se recitasen sus poemas, los únicos de entre todos, demostrando ante los griegos su amor por las más hermosas acciones. Y no sin motivo; porque las leyes, por su brevedad, no enseñan sino ordenan lo que se ha de hacer, pero los poetas, al limitar la vida humana, escoger las acciones más hermosas, persuaden a los hombres con su discurso y sus argumentos.” Las Panateneas eran festividades equiparables en importancia a los Juegos Olímpicos.

La Ilíada y la Odisea forman parte de lo que se ha llamado Ciclo Troyano, conjunto de poemas datados en la antigua Grecia que abordan la legendaria guerra de Troya. De dicho conjunto sólo se conocen completos los textos homéricos: del resto sólo quedan fragmentos.

Además de la Ilíada y la Odisea, el Ciclo Troyano se compone de otras seis obras: los Cantares ciprios, la Etiópida, la Pequeña Ilíada, la Iliupersis, los Nostoi (Regresos) y la Telegonía. Todas ellas permanecen sumidas más o menos en el misterio. La primera y la tercera son registradas por Aristóteles en el extracto de la Poética reproducido anteriormente.

De los Cantares ciprios se dice que fueron compuestos entre los siglos VII y VI a. C., aunque las discrepancias abundan, y que el propio Homero los entregó al poeta Estasino de Chipre cuando este se casó con su hija. También se atribuyen a Hegesias de Salamina.

La autoría de la Etiópida recae en Arctino de Mileto, del que se dice tanto que fue discípulo de Homero como que era el poeta más célebre de la antigüedad. La composición del poema se data en el siglo VIII a. C., y al parecer el texto continúa la narración con que concluye la Ilíada.

Asignada a Lesques de Pirra o de Mitilene, la Pequeña Ilíada prosigue con los hechos narrados en la Etiópida y abre camino a la Iliupersis. Según datos de una probable competencia entre Lesques y Arctino de Mileto, esta obra se fecha en el año 700 a. C.

La Iliupersis o Saqueo de Ilión (Troya) se adjudica también a Arctino de Mileto, el autor de la Etiópida, y por ende su creación se suele datar en el siglo VIII a. C. Estesícoro, otro poeta de la antigua Grecia, compuso asimismo un poema sobre dicho saqueo.

Los Nostoi, que por supuesto tienen que ver con el concepto griego de nóstos, del que como ya se apuntó se desprende la palabra “nostalgia”, se datan a finales del siglo VII a. C. Su autoría se presta al devaneo mitológico: Augías de Trecén o Eumolpo, hijo de Poseidón.

El Ciclo Troyano se cierra con la Telegonía, atribuida a Eugamón de Cirene y datada en el siglo VI a. C. Según el argumento referido por el filósofo neoplatónico Procio, esta obra relataba los sucesos acaecidos al cabo de la muerte de los pretendientes de Penélope.

Envuelta en la neblina de las leyendas, la historia del Ciclo Troyano se debate al igual que la de Homero entre la realidad y la ficción. Lo cierto es que de dicho ciclo, como ya se dijo, sólo sobreviven la Ilíada y la Odisea. Lo demás son acertijos, elucubraciones y rumores: susurros que se extravían en el aire tempestuoso del tiempo.

Contrario a lo que piensan quienes no la han leído, el primer viaje de la Odisea no corresponde a Odiseo sino a su hijo Telémaco, que instigado por una diosa Atenea disfrazada de hombre se desplaza a Pilos y Esparta para visitar a Néstor y Menelao, respectivamente.

En su admirable prólogo como traductora de la Odisea, lo que la vuelve la primera mujer en la historia que completa esta hazaña titánica en inglés, Emily Wilson anota que la epopeya homérica se ocupa sobre todo de los deberes y peligros que entraña recibir a extranjeros o extraños en el hogar propio, lo cual es evidente desde el principio del poema. También es evidente que en Grecia se sabía bastante de intriga, ya que en el arranque de la Odisea se refiere el asesinato del rey Agamenón cometido por Egisto para arrebatarle a su mujer, Clitemnestra, así como la muerte de Egisto a manos de Orestes, el hijo vengador de Agamenón. Y la aventura o el thriller apenas comienza.

El “mar color de vino”, una de las imágenes más socorridas en los dos poemas homéricos junto con la “aurora de rosados dedos”, hace su entrada triunfal desde el canto I de la Odisea. Es una imagen que ha desatado infinidad de interpretaciones que exploran la visión cromática de los antiguos griegos, que difiere mucho de la nuestra.

El papel que las mujeres juegan en la Odisea es fundamental. Quien encabeza la delegación femenina es Penélope, por supuesto, pero hay otras figuras secundarias entrañables como Euriclea, la esclava que cuida el sueño de Telémaco, el hijo de Odiseo, desde que era niño, y a la que vemos recoger la túnica del joven que se retira a dormir. La primera aparición de Penélope es intrigante: atraída por el canto del aedo Femio que escucha en la planta baja de su casa, desciende las escaleras con el rostro cubierto por un velo. Este gesto, según creo, anuncia el misterio y la “opacidad” que la caracterizarán durante el resto del poema.

Siete años pasa Odiseo en la isla de Ogigia seducido por Calipso, la ninfa que le promete la inmortalidad y la juventud eterna si se queda con ella, una oferta que el héroe rechaza para volver a Ítaca con Penélope. El siete es un número simbólico que surge en diversos textos clásicos. Y siete, como ya se indicó, son las veces que figura el concepto de nóstos en la Ilíada. Se podría decir entonces que la literatura occidental nace con la nostalgia como santo y seña.

AQ / MCB

  • Mauricio Montiel Figueiras
  • (1968) Es narrador, ensayista, editor, traductor y gestor cultural. Entre sus libros más recientes se encuentran Un perro rabioso. Noticias desde la depresión (2021) y Las sirenas vuelven a cantar (2022).

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