Horacio Castellanos Moya: “En El Salvador la literatura no significa nada”

Entrevista

En entrevista, realizada durante la Feria del Libro de Buenos Aires, Horacio Castellanos Moya revela sus preocupaciones como narrador, su noción de la escritura y algunas claves de su oficio.

El escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya. (EFE/Toni Albir).jpg
Ciudad de México /

Horacio Castellanos Moya está sentado en el bar de un hotel cuatro estrellas. Llegó a La Feria del Libro de Buenos Aires en donde disertará unas horas más tarde de esta entrevista. Vino también para presentar Cornamenta, la octava novela de la saga de la familia Aragón, que se publicó hace ya casi un año. Profesor del programa de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa y uno de los narradores actuales más poderosos del idioma castellano, lleva camisa blanca cuello Mao, jeans azules, anteojos de marco dorado y el cabello corto.

¿Cómo surge la idea inicial de una novela?

Cada una tiene una especie de misterio en cuanto a la génesis. Digamos que, más que de la trama, yo parto de los personajes. No busco temas. Lo que escribo me sale de adentro: son personajes que han motivado mi reflexión. Hay cierta compulsión, cierto impulso de desarrollo. Hay escritores que trabajan a partir de lo visual o a partir de la trama: ven algo y esa visión les da inspiración. Yo necesito oír. La trama se va organizando luego de que encuentro esa voz y avanzo. No sé muy bien adónde voy.

Mientras estás escribiendo…

Tengo, por supuesto, una guía, pero es muy precaria. Si sé de qué es la novela ya no la escribo. Me parece una cosa aburrida.

Relacionaste escritura y “compulsión”. ¿Cómo piensas este binomio?

Si no siento la compulsión, no escribo. Me quedo leyendo o hago otra cosa.

Es una compulsión inicial que, luego, hay que mantener.

Hay un esfuerzo sostenido. La compulsión es el arranque, pero tiene que ser lo suficientemente fuerte para que genere una energía que permita seguir hasta donde el proyecto llegue. Sin embargo, cuando terminás, quedás vacío y no sabés si vas a volver a escribir otra cosa.

¿Cómo es el trayecto luego de esa compulsión inicial?

Conceptualizarlo es difícil. Hay algo muy intuitivo. En un momento sentís “esto es”, que lo encontraste. Sin embargo, muchas veces tenés que intentar varias veces o la misma voz te engaña y llegás a las veinte páginas y decís: “esto no sirve para nada”. Pero una vez que tenés la intuición, es más fácil moverse.

¿Cómo es el proceso de corrección del texto?

Escribo una primera versión a mano, con lápiz y papel. Después la paso en limpio y voy corrigiendo lo que no vaya quedando. Tengo una virtud: trabajé veinte años como editor de prensa.[1] Durante muchos años me gané la vida de ese modo: me entregaban dos mil palabras y tenía veinte minutos para ponerlas en mil. Eso no significa que cuando escribo, esté editando, pero trato de que los textos salgan lo más depurados posible.

En algunos casos, llevás tanta prisa que no te detenés y luego volvés. Pero es distinto el proceso de escritura, por ejemplo, de una novela corta que de una novela larga. Y es distinta la corrección estrictamente estilística y de lenguaje que la corrección desde una perspectiva de la trama: hay tantos componentes que puede que haya cosas flojas. La parte más rica no es la trama sino el lenguaje, la forma en que ordenas las palabras.

Y cuando revisás el lenguaje, ¿en qué te detenés?

En la música. Si una frase me suena coja, hay que sumar un adjetivo. Si me suena abrumante, hay que sacar alguno.

¿Lees en voz alta?

A veces. El ritmo de la prosa es una forma de respirar. Cada novela tiene un ritmo distinto: hay unas que son muy intensas, y otras más espaciadas. Tengo una novela, Tirana memoria,[2] en la que hay una voz de mujer que no puede ser intensa. Es una mujer mayor, conservadora, y no está pensando sino escribiendo en un diario. Ahora bien, cuando se trata de estados mentales del personaje, la velocidad es distinta, Siempre busco un ritmo. En Cornamenta opté por la tercera persona, pero con un ritmo muy ansioso, porque hay un hombre en una situación de peligro.

Hace años que no escribís cuentos. ¿Por qué dejaste el género?

No sé. Así también dejé la poesía cuando era joven. Son cosas… procesos muy difíciles de explicar. Pero me gustaría volver a escribir cuentos.

¿Qué es para vos escribir bien?

Escribir bien es que el escritor encuentre una voz, se mueva con soltura en esa voz, adecue el lenguaje a la intensidad de esa voz. Y, así, no deje caer al lector. Soltar el texto.

Mantenerlo ahí.

Es un ejercicio de hipnotismo. Tiene que entrar y quedarse. Eso es porque él mismo entra y se queda. John Irving dice que no escribe una novela si no tiene el final. Yo, si tengo el final, no sé si escribo una novela. Aunque la tenga un poco pensada, juego con libertad. Si a medio camino la novela me lleva a otro lado, me voy a otro lado. Yo no sabía cómo iba a terminar Cornamenta. Sabía que el personaje principal[3] iba a morir. Pero no sabía cómo. Sabía que ese polvo le iba a costar la vida, pero no tenía claro quién sería ejecutor ni la escena de la muerte. Eso fue saliendo.

¿Te divertís escribiendo?

Sí, me divierto. A veces me angustio mucho. Cuando uno se queda patinando…

¿En medio de un texto?

Se te acaba un poco el aire y tienes que descansar.

¿Y qué hacés en esos casos?

Esperar. No hay otra cosa. Confiar en que va a volver. Nunca me ha pasado que no volviera.

¿Nunca?

El único texto en que me pasó eso, uno de los que me generó más ansiedad, fue Insensatez.[4]

Comencé a escribir la novela en México y escribí probablemente el setenta o setenta y cinco por ciento. Pero yo estaba desempleado y conseguí un trabajo en un periódico de Guatemala. Me fui a Guatemala y durante un año no pude escribir. Me tocó ser el editor político del periódico y no tenía mente para la novela. Me faltaba el final y la paranoia del personaje era muy grande. Cuando renuncié a ese periódico un año y tres meses después, me daba miedo no poder volver a la voz, a la mente de ese tipo desquiciado. Pero, bueno, salió. Por eso digo que, si uno espera, sale.

¿Cómo aprendiste a escribir? ¿Fuiste a talleres?

Si hubiera tenido que ir a talleres, no hubiera escrito, porque para mí es algo vital. Comencé a escribir poesía inconscientemente; es decir, poesía, poesía, poesía, poesía. Después la quemé toda, la boté y comencé con cuentos sin saber que haría cuentos.

No publicaste nada de poesía.

Unas plaquettes… que están perdidas.

Y que no te interesa que se encuentren.

No, no. Hay un amigo mío que dice que tiene guardados mis poemas por si me peleo con él: para desquitarse. Comencé así. Después escribí cuentos, todo muy autodidacta, sin conciencia de lo que hacía. Por una sencilla razón: en El Salvador la literatura no significa nada. No sé cómo será ahora, pero en mi época no significaba nada: era un ejercicio absurdo.

Conseguí trabajo en la redacción de una revista y seguí escribiendo. Después, me gané la vida como periodista. Nadie me enseñó nada. Sí a mirar políticamente, pero no a escribir. He conocido buenos periodistas a los que les he aprendido cómo ven, dónde está la maniobra y cómo meten el dedo en las cañerías de la política. Pero eso es periodismo.

¿Un escritor decide lo que va a escribir?

No lo creo. Como todo en la vida, decidís márgenes. No decidís esencias. Puedes decidir tratamientos, puedes decidir un punto de vista, cuestiones técnicas e incluso mentalidades, porque el universo narrativo es algo muy psíquico. Hace poco hablaba de eso en una charla sobre Centroamérica y decía que me llama la atención una frase de Borges que no entendí hasta hace muy poco. Cuando él, en una entrevista de la prensa española en televisión, decía: “Yo soy el mismo de Fervor de Buenos Aires”.[5] Un hombre de ochenta años dice: “Yo soy eso”. Entonces comprendí que el universo psíquico de un autor no cambia. Lo que haces es extender, desarrollar ese mundo narrativo, pero lo esencial está ahí.

¿Qué es la literatura para vos, tu literatura?

Mi libertad y mi posibilidad de expresión. Algo que nunca he negociado: nunca la he puesto al servicio de nada, como no sea mi capricho o mi necesidad. Porque comencé a escribir con un sentido de rebeldía. Todavía lo sigo haciendo. Sentido de rebeldía que se expresa a través de un arte, la literatura, a través de palabras, pero podría ser con pintura. Quiero decir: no comencé a escribir para ser famoso o para que me conocieran porque eso en El Salvador era imposible. No había editoriales, no había nada. Comencé a escribir por una necesidad interna. Yo digo que es un destino, un destino un poco jodido porque es como ser astronauta en un país africano.

¿Qué ha cambiado de ese sentido de rebeldía?

La rebeldía se agota: por los golpes de la vida, los intereses, las sobrevivencias, pero en el fondo sigue quedando un espíritu de no complacencia. No hago una literatura para complacer. Por eso, quizá, vendo tan pocos libros. La gente que quiere que le canten canciones al oído no va a buscar mis libros, que la hacen sentirse un poco incómoda o mal. ¿Por qué se da esto? Porque el placer es hurgar: en las pasiones, en situaciones sociales, en las contradicciones. Y no siempre la gente se siente bien con eso.

Es algo que hacés para vos.

Lo hago para mí. A esta altura de mi vida hay un peso que no tuve al principio. Cuando hace 25 años trabajé como coordinador de información de Milenio,[6] nadie en ese periódico sabía que yo era escritor. Porque mis libros se habían publicado en El Salvador, ¿y quién sabía de eso? En un momento salió un libro que llegó a manos de alguien, pero yo podía estar en empleos periodísticos sin que nadie supiera que también me dedicaba a escribir ficción. Para mí, siempre fue algo muy privado.

¿Y que sucediera eso fue beneficioso?

Diría que inevitable.


NOTAS

[1] Nota de la Redacción: en la Agencia Salvadoreña de Prensa, en El Día de México, en La Opinión de los Ángeles, entre otros medios.

[2] Nota de la Redacción: publicada en 2008.

[3] Nota de la Redacción: Clemente Aragón, luego de que se filtrara que se había acostado con la esposa de un general del ejército salvadoreño.

[4] Nota de la Redacción: publicada en 2004.

[5 Nota de la Redacción: el primer libro del escritor argentino, publicado a sus 23 años.

[6] Nota de la Redacción: Horacio Castellanos nació en 1957. Tenía 43 años.


AQ / MCB

  • Federico Bianchini
  • Periodista. Trabajó como redactor en los diarios argentinos 'Clarín' y 'La Razón', y como editor en la revista 'Anfibia'. Colaborador de medios internacionales como 'Gatopardo', 'El País Semanal' y 'The New York Times', entre otros.

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite