Ignacio Solares: “El Mal existe en la más terrible desolación y en las cosas nimias”

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En su más reciente novela, Serafín, el escritor mexicano concentra y depura sus obsesiones: la inocencia y la aparición de lo sagrado.

Ignacio Solares, escritor mexicano. (Foto: Paola García)

José Gordon

Una entrevista vía Zoom tiene cierta similitud con una sesión espiritista. Ignacio Solares se ríe. A sus espaldas se ve un amplio librero. Tiene un chaleco de color azul claro. Su cabello y barba blanca junto con la luz que le llega de una ventana difuminan su rostro y le dan un aire de aparición. Vamos a hablar de su más reciente novela, Serafín (ERA), en la que se interna en los abismos que han marcado su vida, sus creencias, su vocación literaria. Entramos directamente en el tema que lo obsesiona: la inocencia y la presencia del Mal.

—En tu novela, como en La última tentación de Cristo de Nikos Kazantzakis, está el eco de una voz que dice “Eli, Eli, lama sabjatani”, “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Nada más que aquí estamos en un problema todavía mayor. Cuando Elie Wiesel, sobreviviente de los campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial, se encontró con François Mauriac, entablaron un diálogo que cimbró la fe del escritor. Dice Mauriac: “Yo que creía que Dios es amor, qué respuesta podía darle a mi joven interlocutor cuyos ojos oscuros todavía guardaban el reflejo de una tristeza angelical que había aparecido un día en el rostro de un niño ahorcado. ¿Qué le podía decir? ¿Le hablé de ese otro judío, su hermano crucificado, a quien quizá se parecía, cuya cruz había conquistado el mundo? ¿Le expliqué que lo que había sido un escollo en su fe se había convertido en la piedra angular de la mía? ¿Le dije acaso que la conexión entre la cruz y el sufrimiento humano es, desde mi punto de vista, el misterio insondable en el cual la fe de su infancia se perdió?” Mauriac señala que, a pesar de que no podía entender, había una gracia en el resurgimiento del pueblo de Elie Wiesel, pero no pudo decirle nada, simplemente lo abrazó y lloró. No hay consuelo ante el dolor de un pequeño niño que es arrojado al Mal y ni siquiera tiene la gracia de ser considerado hijo de Dios. Tú exploras esa tragedia en nuestras tierras mexicanas. Estamos hablando de un niño que se llama Serafín y que va al infierno, al desamparo y la desolación, cuando su padre abandona a la familia y se va del pueblo.

Es que imagínate el sufrimiento de alguien que ni siquiera tiene el amparo de saberse cobijado por Dios de la misma manera en que Jesús sí pudo ser cobijado. Esa es la gran pregunta que hace Kazantzakis, que hace Mauriac, que hace Elie Wiesel, pero todavía hay una vuelta de tuerca mayor cuando hablas de un niño en el que nadie repara. Si Jesús estuvo desamparado, imaginemos el desamparo de Serafín cuyo nombre es significativo. El niño va en busca de su padre a la Ciudad de México. Cree todavía que su padre lo va a acoger y lo va a cobijar. Todavía tiene la esperanza de que cuando lo encuentre en la ciudad, no solo va a regresar, sino que lo va a acompañar: van a regresar juntos. Pero resulta que va enfrentando al Mal (con mayúsculas), de una manera excesiva en sus diferentes formas. Ahí está la clave del libro. Yo creo que el Mal existe en la más terrible desolación y en las cosas más nimias y a veces casi invisibles que nos rodean.

—Retratas esa atmósfera como una realidad fantasmagórica, de pesadilla, de viaje al infierno que puede ser nuestro mundo aquí y ahora. Basta asomarnos a nuestras ciudades para ver la pobreza y la desolación, donde tantos niños son abandonados a su suerte. Esa es una desolación que ha descrito Juan Rulfo, relacionada con el abandono del padre.

Guardando las distancias, la influencia de Rulfo fue determinante en mi vida, sobre todo en cuanto a su universo, en cuanto al infierno, en cuanto a la búsqueda del padre. Así es como empieza Pedro Páramo: “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vive mi padre, un tal Pedro Páramo”. De alguna manera, todos los personajes están muertos y aquí todos estamos a punto de ser devorados tarde o temprano —si no se tiene suficiente fe— por ese Mal que no sabemos adónde nos llevará. Lo que más me preocupó en esta novela fue el estilo, para ser fiel al mundo que tenía que describir. Creo que es la mejor novela que he realizado, en la que más he pulido el lenguaje, las metáforas, las imágenes. Creo que es la obra de la que me siento más satisfecho a pesar de su breve tamaño. Serafín me salió de las entrañas. Es un libro que he escrito con sangre. Surge del corazón porque me dolió de manera indecible la desolación de mi personaje.

—Hablando de imágenes, hay una virgen hecha de yeso que le da la madre al niño Serafín como talismán protector, cuando se va solo en el camión para buscar a su padre. Y la virgen se rompe en el camión. Esa imagen lo dice todo.

Era el símbolo de protección y se cuartea. Ahí veo la influencia de Luis Buñuel. Si alguien tocó a fondo el Mal fue Buñuel y déjame decirte algo que no he contado y que de alguna manera es parte de mí, de mi historia fundamental. Tuve la suerte de conocer a Buñuel gracias a José de la Colina. Comimos juntos con Emilio García Riera y Alberto Isaac, y luego me atreví a ir a verlo en su casa en un par de ocasiones. Hablábamos de literatura. Buñuel leía muchísimo. En algún momento le pregunté cuál era su cuento predilecto y me dijo que “El tribunal de Dios”, de Jean Cocteau, un relato de media página que cuenta de una niña que tenía la obsesión de robarle cerezas al vecino y crece con esa fijación. Incluso, cuando ya es mayor y vive sola, le sigue robando cerezas al vecino. Entonces, aparentemente, ese es su gran pecado —quizá su único pecado—, y cuando llega al Cielo le dice el Señor: “Te salvó tu amor a las cerezas”. Buñuel me dijo que era su cuento predilecto y le contesté: “Qué curioso. También es el mío”. Entre paréntesis, es interesante que también fuera el cuento predilecto de Julio Cortázar, del libro Opio, el único que se llevó de Buenos Aires a París en los años cuarenta. Buñuel me dijo una cosa que me estremeció y nunca se me olvidará: “Es curioso que sea nuestro cuento predilecto porque finalmente usted es creyente y yo soy ateo, pero los dos participamos de lo mismo que nos mueve y que siempre tenemos presente: el misterio. Yo con usted tengo un vaso comunicante porque los dos participamos del misterio, ese misterio que es una esperanza y nos une”.

Ignacio Solares escribió "Serafín" por primera vez como un cuento hace algunas décadas. (Foto: Paola García)

—Ese misterio recorre la novela Serafín, en medio de una sensación de irrealidad e infierno. Sin embargo, aparecen apuntes de lo que llamas “trascendencia descendente”, en donde tocas fondo y de manera inesperada aparecen puentes extraños y sorpresivos. Uno que me llama la atención es un intento de comunicación telepática de la madre con su hijo en medio de algo que podría parecer un delirio por el hambre y por el abandono en el que está Serafín en la ciudad, despreciado por su padre.

Por eso es que me interesa tanto lo paranormal, por eso me ha interesado tanto la telepatía y el espiritismo. Todo surgió por la imagen de la Virgen rota. No sé por qué tenía tan presente esa imagen. En el camión hay un viejo terrible, que encarna el Mal, que le dice a Serafín: “No tiene caso rezarle a una Virgen rota”. No obstante, se va dando una comunicación telepática entre Serafín y su madre, se da a pesar de la Virgen rota. En la película de Buñuel La ilusión viaja en tranvía hay un momento en que aparecen símbolos malignos (trozos de carne colgados de los pasamanos del tranvía) y hay dos viejas que dicen que traen algo escondido. Se ven a los ojos y preguntan: “¿Lo sacamos?” Deciden hacerlo y sacan la figura de un Cristo. Hay una extraña conexión de la imagen de la Virgen rota con esta escena buñuelesca. ¿Qué caso tiene rezarle a una Virgen rota? Sin embargo, la Virgen está más allá de esta estampa: simboliza a la madre que protege a Serafín telepáticamente. Cuando su hijo está en peligro, ella le va diciendo: “¡Ahí está un taxi, tómalo!” o “¡Salte de ahí!”. Cuando Serafín encuentra a su padre, ella se da cuenta de que su hijo está en lo más profundo del infierno y le dice “¡Salte de ahí, salte de ahí!”, a pesar de que fue ella quien lo mandó a esa búsqueda.

—Hay una sensación ominosa que recorre la novela.

Lo que sucede es que todo está marcado por el padre que contamina todos los ambientes que toca. Tanto él, como el viejo, son figuras casi diabólicas que rodean y cercan a Serafín hasta que la madre, desde la distancia, se da cuenta que han estado acechando a su hijo, precisamente como en la barca de Caronte, en donde al otro lado, en la otra orilla, están las almas en pena que te contagian y te llevan a lo más profundo del infierno. La clave del libro es el viaje que Serafín hace a la orilla del Mal.

Serafín apareció como un cuento más o menos largo que reescribí como novela. En la primera versión el relato era en cierto sentido diferente. El niño no tenía escapatoria y se quedaba atrapado por el Mal. Es curioso cómo con los años, al reescribirla, fui puliéndola, le quité algunas cosas que sobraban y al mismo tiempo creció al subrayar las partes en donde se muestra la bestia del Mal. El viejo con el que Serafín se sienta en el camión es una especie de demonio. Ese viejo ya aparecía en otro de mis cuentos, “El árbol del deseo”, en donde asesina a una señora llamada Angustias —fíjate el nombre—. El Mal es algo que para mí está siempre presente. Desde mi perspectiva, solo nos salva la fe en algo más, la fe en un ser superior.

—Y eso marca tu diferencia con Buñuel a pesar de que comparten la inquietud del misterio.

Cuando Buñuel dice que participamos del misterio, de alguna manera está hablando con una interrogación enfrente. Buñuel tenía un ojo brutal para ver el Mal. Basta ver Los olvidados y el final en el que arrojan al personaje central a un basurero.

—También tienes ese ojo para ver el Mal, para ver el infierno, pero lo que me llama la atención es que el cuento de Serafín, que leí hace varios años, tenía un final desolador. Cuando estás frente a una narración, tienes varios finales posibles y en esta ocasión —sin salirte del tono que has trazado— de alguna manera estás tratando de redimir al personaje, no tan solo abrazarlo y llorar con él sino cambiarle el destino en la ficción. Estás proponiendo el espacio de la novela como el lugar en donde se puede dar un golpe de deseo —relacionado íntimamente con tus entrañas— en el que podría aparecer el milagro. Estás hablando de un rezo que murmuras en tu interior, un rezo con lentes bifocales que no pueden dejar de ver ni el infierno ni el cielo: un “Padre nuestro que estás y no estás”.

Lo que pasa es que le estaba dando vueltas al misterio, me interesaba el misterio. Había andado poniendo el dedo en el ventilador para ver si cortaba y, sí, corta. Siempre he sido un creyente profundo en Jesucristo. Es la figura clave de mi vida y ahora se me ha esclarecido aún más, quizás por la edad, tal vez porque ya siento una madurez mucho mayor en mi literatura. Esta novela cierra un círculo en donde desembocan los autores que me han acompañado y todos los misterios que me han rodeado. Estoy en mi estudio y estoy viendo la cantidad de libros que tengo sobre espiritismo, sobre telepatía, sobre la vida después de la vida que ayer se llamaba milagro. Es impresionante cómo me ha marcado el mundo de Arthur Conan Doyle, uno de mis autores predilectos, quizá el primer autor que me marcó. En mi casa de infancia estaban sus obras completas, que leí entusiasmado. Sentía que Conan Doyle era una forma de padre porque con el mío tuve muchas dificultades por muchas razones. Efectivamente, he rondado el misterio del dolor en la vida. Estudié con los jesuitas cuya labor social me adentró en la generosidad auténtica del cristianismo, aprendí filosofía, literatura, tomé clases de psicología con Erich Fromm, con el fin de cuestionarlo todo, para cuestionarme y cuestionar mis creencias y lo que leía tan apasionadamente. Junto con Gutierre Tibón, participé en sesiones espiritistas en las que atestigüé los más extraños fenómenos, apariciones que a pesar de mi mirada crítica me cimbraron. Quién me iba a decir que, al final, regresaría a lo inicial, a la fe que me nutrió desde pequeño. Para mí, Jesucristo es el gran refugio y la gran respuesta a nuestro desamparo, porque todos vivimos, en cierta forma, desamparados en manos del Mal. Jesús es el dios de los cristianos, pero creo que cada religión tiene la posibilidad de encontrar a un ser superior que es el refugio de todos para dejar de ser niños abandonados en una desolación como la de Serafín, como la que vivió Elie Wiesel.

De todas las apariciones que he tenido, la que más busco y exploro en mi vida, y la que deseo con toda el alma, es la aparición de lo sagrado.

AQ

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