Infancia, futbol, euforia

Nuevas visitaciones

De las cascaritas infantiles a la fiebre mundialista: una reflexión sobre la pasión por el futbol y el duro despertar a la realidad social de México.

Fotos familiares de Jorge Esquinca. (Cortesía Jorge Esquinca | Montaje: Laberinto)
Jorge Esquinca
Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

No fui, de niño, un caminante. Detestaba las eternas marchas a las que, con una gigantesca mochila sobre nuestras espaldas, nos sometía el Movimiento Scout en el que participé entre mis ocho y nueve años en calidad de lobato. Aunque cierta parafernalia y algunos de los juegos involucrados me gustaban, nunca pude hacer ninguno de los complejísimos nudos con los que, a decir del sapiente líder de nuestra “manada”, podríamos sobrevivir en plena selva. (La selva en cuestión, en la entonces pequeña ciudad de León, consistía en un amplio llano ubicado en las afueras, justo donde terminaba la Colonia Martinica, la nuestra, sede del entonces único estadio de futbol).

Sólo muchos años después deduje que mi madre —un espíritu a la vez soñador y pragmático— tuvo a bien anotarme en aquel grupo de bisoños exploradores con el afán de distraerme de mi creciente pasión por el futbol, deporte al que le dedicaba la mayor parte de mis horas de ocio y que solíamos jugar en la calle: un par de piedras de buen tamaño servían para delimitar las porterías, cuyos postes y travesaño se volvían sólidos en nuestra imaginación.

En una de esas cascaritas fue que perdí mis recién estrenados dientes incisivos al lanzarme —efímero arquero— contra los zapatos de un aguerrido contrincante; apenas recuerdo que me levanté un tanto mareado, escupí los restos marfileños y seguí jugando. (Lo que no olvido es la cara que puso mi madre al verme llegar a casa con la sonrisa rota.) En los partidos más formales, organizados por el Instituto Lux, donde cursé tercero y cuarto de primaria, llevábamos uniforme, no se nos prohibía jugar con “la media caída” que copiábamos de los verdaderos cracks de aquellos años. Jugábamos con un balón de gajos, hecho de recio cuero, que pateado con la fuerza necesaria se convertía en un arma letal: podía abrirte una ceja si te rozaba al intentar cabecearlo, o dejarte inconsciente si te golpeaba en “salva sea la parte”. Una jornada épica la vivimos un día por la tarde con mis amigos de la cuadra. Alguno de nosotros se percató de que en uno de los accesos al estadio —grandes puertas metálicas— se había dejado un espacio por el que podíamos pasar. Pelota en mano nos colamos y durante breves minutos pudimos sentirnos héroes, echando a rodar la pelota y nuestros sueños sobre la cancha de verde césped reluciente, hasta que el jardinero, ausente durante ese breve lapso, notó nuestra presencia y nos echó de ahí.

Lo cierto es que en cuanto nos mudamos de León a Guadalajara, mis progenitores no tuvieron más remedio que hacer a un lado las enseñanzas del barón Baden-Powell e inscribirme en la liga infantil del hoy desaparecido Club Deportivo Jalisco, donde jugué un campeonato completo. El entrenador me hizo jugar de centro delantero. Diré, sin falso orgullo, que investido con mi sobrenombre de “el güero”, como me decían los compañeros de equipo —tenaces y habilidosos chavos de barrio—, anoté una buena cantidad de goles pues, a falta de mejores atributos físicos, sabía desmarcarme y moverme con agilidad dentro del área. Aprendí, entre otras cosas, eso que se llama jugar en equipo, una suerte de mística futbolera en la que tú eres sólo una parte, un eslabón en una cadena de aciertos, o de fallas. Mi padre, generalmente ajeno a las gestas deportivas, me llevaba y traía de vuelta a casa. Ganamos el campeonato. De todos mis compañeros sólo recuerdo ahora al “Bacalo”, en el extremo izquierdo, dueño de una zurda potentísima, terror de los guardametas en los tiros libres y quien con todo merecimiento se alzó con el trofeo de campeón goleador.

Escribo estas líneas luego de haber visto la derrota de la Selección Mexicana ante su rival de Inglaterra, justo cuando los indiscutibles logros del equipo nacional nos hacían pensar en que se podría llegar más lejos. Mal haría en no reconocer el mérito de esos once muchachos que entregaron el alma y nunca se rindieron. Tampoco dejo de ver la incontrolable euforia desatada a niveles sin precedente por esos triunfos parciales, sin duda merecidos. Pienso ahora en esa palabra —euforia— que el diccionario define como “un estado de ánimo extremadamente optimista, que se manifiesta como una alegría intensa, no adecuada a la realidad”. Euforia encarnada en un país al que le urgen motivos para festejar, aunque sea durante unas cuantas noches y aquello conduzca al caos y la pérdida de vidas. Vuelta a la realidad: ahí seguirán, valientes y urgidas de respuestas, las madres buscadoras tocando una puerta que no se abre.


Imagen 1: Al centro, Jorge Esquinca con la pelota. A la izquierda su hermano Luis. A la derecha, su padre con Lydia, hermana de Jorge Esquinca.

Imagen 2: Luis, hermano de Jorge Esquinca, de pie con la pelota. Abajo a la izquierda, sus primos Jorge y Carlos Aceves. A la derecha, Jorge Esquinca, autor del texto.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite