• Jaime Sabines: poemas rescatados

  • En portada: 100 años de Jaime Sabines

¿Qué decide un poeta salvar de su obra? ¿Qué se rescata y qué se deja atrás? Jaime Sabines hizo una selección al final de su vida, que se convirtió en el criterio definitivo para publicar su obra inédita.

Judith Sabines
Ciudad de México /

Debe haber sido en 1997 cuando mi padre empezó a revisar sus carpetas. Hacía varios años que vivía semirrecluido en su habitación debido a sus problemas de salud. En ese entonces, yo trabajaba en la Dirección de Literatura de la UNAM, en el área de edición. Todos los días, al salir de la oficina, llegaba a la casa y subía a platicar con él. Con frecuencia, ahí encontraba a mis hermanos o a alguno de sus amigos. Hablábamos de todo: de las noticias, de los chismes de familia, del libro que estuviera leyendo… Las visitas de la gente cercana, la televisión siempre encendida, los periódicos y revistas a los que estaba suscrito, los libros que le regalaban, todo, era una forma de mantenerse en contacto con el mundo, y siempre con deseos de vivir.

Un día le conté con entusiasmo que estaba revisando la poesía completa de José Martí. Era una reedición del trabajo exhaustivo de los investigadores cubanos. Tenía cientos de notas, e incluía páginas tachadas o con unas cuantas palabras. Como editora me parecía una labor admirable; como hija de poeta, no me extrañó para nada la reacción de mi padre. Pensar en la publicación de los poemas que Martí había descartado, además del reciente libro de poesía inédita de Carlos Pellicer, lo llenó de indignación. Después de alegar un rato me dijo contundente: “¡A mí, no me vayan a hacer eso!”

El tema le quedó fijo en la mente. Platicando con Julio, mi hermano, y conmigo, nos dijo que lo mejor era quemar lo que no quería que se publicara. Sin embargo, con una vasta obra inédita, probablemente podrían encontrarse poemas valiosos. Me pidió que le diera algunos manuscritos. En mi armario había más de cuarenta libretas de contaduría, donde él escribía desde su adolescencia. Yo las tenía clasificadas por fechas. Le di tres o cuatro. La primera, de 1946, me la regresó con un: “Esta quémala completa”.

Al ir releyendo sus viejas carpetas, cada vez se emocionaba más. Marcaba la página con un papelito y, al lado del poema seleccionado, escribía: “rescatar”. Así surgió la idea para el título de su nuevo libro: Poemas rescatados.

Le gustaba compartir la lectura con sus amigos y con nosotros. Una vez me dijo: “¡Carajo, en esa época sí era poeta!” Quería volver a revisar los poemas ya en limpio, y pedirles a José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis que hicieran la selección final. Nunca nos imaginamos que todo iba a terminar abruptamente. Le diagnosticaron cáncer y murió el 19 de marzo de 1999. Las carpetas se quedaron guardadas en el armario. Su selección llegó a 1968.

A pesar de la presión de mucha gente, nosotros no queríamos hablar de la poesía inédita. Recordábamos constantemente la voz de mi padre diciéndonos: “¡A mí, no me vayan a hacer eso!” Por supuesto, tampoco se nos ocurrió quemar nada, ¡ni la carpeta de 1946!

Al paso de los años, nos hemos ido reconciliando con la idea de publicar su último libro, pero editando solo los poemas que él seleccionó personalmente. Ni uno más. Así, llegamos al centenario de su nacimiento, ofreciéndoles a sus lectores los poemas que tanto disfrutó mi padre al rescatarlos de sus libretas ya al final de su vida.


Jaime Sabines dejó, entre 1948 y 1968, 26 delgadas carpetas con poemas inéditos, que se publicarán como libro este año de su centenario en la colección Poemas y Ensayos de la UNAM, que dirige el polígrafo, traductor y editor Marco Antonio Campos. Generosamente, su hija y albacea, Judith Sabines, proporcionó este poema como adelanto.

Nada hay más hermoso…

Por Jaime Sabines


Nada hay más hermoso que una mujer a punto de entregarse.

Amo esos días en que duda y celo cobijan al amor incipiente.

Amo esa mirada rápida e imprecisa,

ese corazón que crece entre el deseo y el miedo.

Amo la discreta coquetería,

el juego sutil, el distante conflicto,

el adivinado, imaginado, malestar de amor.

Amo todo lo que puedo hacer en el corazón como en un nido,

y ninguna dicha comparo a la del primer encuentro,

al nervioso silencio apasionado.

Amo la adolescencia iniciada otra vez

en el limpio gesto de amor,

en los ojos sin experiencia,

en los labios que olvidaron todo.

Amo lo que principia,

lo que despierta,

lo que vence.

Amo el paso breve de la desconocida,

de la que teme y quiere;

el roce, el aire, la huella invisible,


el olor de amor.

Amo a las madres jóvenes que pasan con el niño

entre los hombres codiciosos,

y a aquellas que sonríen en soledad

con un pensamiento en los labios.

Amo lo entrevisto, lo posible,

el velo de oro, la imagen fugaz,

el desnudo instantáneo como la muerte.

Amo el juego de amor, lo verdadero.

AQ / MCB

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