Jean Meyer: emblema de la inteligencia franco-mexicana

Homenaje

Enmarcando en las celebraciones por los doscientos años de amistad entre Francia y México, en París se le rindió un cálido y merecido homenaje al autor de ‘La Cristiada’.

Jean Meyer, historiador y autor franco-mexicano. (Foto: Claudia Guadarrama)
David Noria
París /
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Pionero de la profesionalización de los lazos intelectuales entre Francia y México, Jean Meyer recibió un homenaje en la Casa de México en París el pasado 20 de julio. Colegas, amigos y lectores se reunieron para escuchar de viva voz un concierto de testimonios sobre la labor —de aires legendarios—, que el autor de la La Cristiada adelantó desde 1974 en la Universidad de Perpiñán con la creación del Instituto de Estudios Mexicanos, primer centro académico francés exclusivamente dedicado a nuestro país.

En sus palabras inaugurales, la directora de la Casa de México, Tania J. Enríquez, reconoció a la Universidad de Perpiñán por su visión institucional y recordó el decidido apoyo que en su momento brindara Daniel Cosío Villegas para la creación del Instituto con la donación de cinco mil ejemplares del catálogo del Fondo de Cultura Económica. A través de un discurso enviado desde México, el escritor Enrique Márquez llamó “hermano mayor” a Jean Meyer por el liderazgo que ejerciera desde los años setenta en su calidad de vínculo privilegiado y generoso entre ambos países.

La profesora Marjorie Janer, animadora y coorganizadora del homenaje por parte de la Universidad de Perpiñán, destacó la presencia de varias personalidades de la cultura que respondieron al llamado para celebrar a Jean Meyer: además del homenajeado, se encontraban en el auditorio Benito Juárez de la Casa de México en París el escritor y editor Adolfo Castañón y la catedrática y traductora Florence Olivier, además del investigador Thomas Calvo y la historiadora Alejandra Moreno Toscano, enlazados desde México.

Adolfo Castañón reconstituyó el ambiente y los actores alrededor del Instituto de Estudios Mexicanos, evocando particularmente a Louis Panabière (1935-1995), autor de la tesis fundamental sobre Jorge Cuesta que el propio Castañón se encargaría de traducir y editar en el FCE bajo el título de Itinerario de una disidencia. Gracias a Panabière, quien desde 1988 fuera uno de los directores más recordados del IFAL, se ensanchó un círculo de inteligencia, cultura disidente y fecundas realizaciones institucionales entre los escritores y universitarios de México y Francia. Panabière, recordó Castañón, contribuyó a la revaloración de la revista Ábside y propició una diplomacia de la inteligencia imantada por los valores de la amistad, la espiritualidad y la crítica.

“Fallecido prematuramente Louis Panabière”, continuó Castañón, “fue Jean Meyer quien colmó esa orfandad”. Colaborador cercano de Panabière, Meyer se convirtió desde entonces en el emblema por excelencia de la inteligencia franco-mexicana. Como un “acupunturista planetario”, Meyer analiza el estado del mundo desde sus columnas dominicales con una vigilancia alerta que toma el pulso de la política internacional. En otro sentido, la revista Istor del CIDE —una de las realizaciones más contundentes de Meyer al mundo de la cultura— da testimonio de un vasto y sostenido proyecto de comprensión global desde hace más de un cuarto de siglo. No dejó de mencionarse uno de los libros más recientes del historiador, Louis Riel, el profeta del nuevo mundo, dedicado al visionario político canadiense del siglo XIX que se opuso al Estado en defensa de los indios del norte. “Una de las características más importantes de Jean Meyer, concluyó Castañón, es que siempre regresa a sus reflexiones para profundizarlas y cuestionarlas, algo que yo llamo el espíritu de la escalera”.

En su intervención, Thomas Calvo evocó con emoción las tempranas excursiones a los pueblos mexicanos que emprendió en compañía de Jean Meyer, en particular un viaje a Pisaflores, Hidalgo, en busca de la música folclórica de la región, el huapango, cuya originalidad radica en la lenta sedimentación de las influencias ibéricas, indígenas y africanas. Su amistad, dijo con una nostalgia apenas disimulada, quedó marcada por el descubrimiento de un México que parece muy lejano y a veces perdido.

Por su parte, la catedrática Florence Olivier compartió su experiencia como joven estudiante de Louis Panabière y Jean Meyer en México; su investigación pionera sobre la correspondencia entre Alfonso Reyes y Genaro Estrada, así como sus estudios sobre la obra de José Revueltas. “Un regalo y un paseo”, dijo parafraseando el célebre poema de Ovidio, “me hicieron conocer el Instituto de Estudios Mexicanos de Perpiñán”. Un paseo por Aix-en-Provence donde le hablaron del Instituto y un libro de Revueltas, del que quedó prendada por su valentía disidente, motivaron su vocación de mexicanista, que la llevaría a ser una intérprete privilegiada de nuestra literatura en Francia.

Desde la Ciudad de México, Alejandra Moreno Toscano celebró la larga amistad entre sus respectivas familias, rememorando los intereses compartidos de Enrique Florescano y Jean Meyer alrededor de la cuestión agraria, y de una época marcada por el Seminario de Historia Urbana del Castillo de Chapultepec, así como de su propio trabajo alrededor de la antigua Ciudad de México en el siglo XVIII y de la aparición de obras como Días de guardar de Carlos Monsiváis, todo en un intento colectivo de entender la realidad de nuestra capital-mundo.

Adolfo Castañón, Marjorie Janer, Marion Jarraya, Jean Meyer, Tania Enríquez, Florence Olivier y Jorge García Flores. (Casa de México en París)

Finalmente, Jean Meyer tomó la palabra. Punteó, primero, algunos momentos significativos del “mexicanismo francés”: a mediados del siglo XIX ya se anunciaba en la prensa mexicana el Liceo Francés al tiempo que los geógrafos franceses se interesaban vivamente en el conocimiento científico de nuestro país. Haciendo un salto evocó a Jacques Soustelle (de quien trazó una importante semblanza que explicaba su interés imbricado por México y por Argelia), a François Chevalier, a la familia Bataillon y a Paul Rivet, los eminentes antecesores. En seguida, consideró al IFAL como un foco de cultura desde su fundación y lugar de encuentro de los intelectuales mexicanos, donde podían conferenciar (por allí pasaron Octavio Paz, José Luis Cuevas y Carlos Fuentes), consultar Les Temps Modernes y Esprit o frecuentar el cine europeo.

De Louis Panabière, Meyer ponderó su capacidad de articulación, animada siempre por una simpatía auténtica y eficiente, entre intelectuales franceses y mexicanos. En su casa, dijo, era frecuente encontrar al escultor Manuel Felguérez, al cineasta Nicolás Echeverría o al compositor Mario Lavista. El carisma y la generosidad de Panabière, que tanto hizo por las relaciones bilaterales, encontró el equivalente mexicano durante la evocación de Jean Meyer en las personas de Daniel Cosío Villegas (que dio el impulso mayor para el IEM de Perpiñán) y de Luis González y González, fundador del Colegio de Michoacán, que recibiría en su momento a J.M.G. Le Clézio. Enlazamientos y entrelazamientos: en el agitado mar de la historia tal pareciera que las mejores realizaciones se dan cuando los genuinos intereses intelectuales y creativos convergen con una necesaria voluntad institucional.

Clausuró el evento la embajadora de México, Blanca Jiménez Cisneros, enmarcando este homenaje en las celebraciones por los doscientos años de amistad entre Francia y México. Entre los presentes se encontraban Renaud y Richard Meyer, Marion Jarraya vicepresidenta de la Universidad de Perpiñán y el embajador Lorenzo Vignal.

AQ / MCB

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