• Jorge Ayala Blanco: “Quiero morir dando clase, hablando de cine”

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Con motivo de la aparición de ‘La tendencia del cine mexicano’, una entrega más del ‘Abecedario’, Jorge Ayala Blanco recapitula su carrera como docente y expone las claves de su tarea como crítico.

Ciudad de México /
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El primer ensayo de La tendencia del cine mexicano está dedicado al filme El último vagón, de Ernesto Contreras, alumno de Jorge Ayala Blanco en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), hoy Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC), donde el crítico ha dado clase a sesenta generaciones.

A 61 años del inicio de su Abecedario del cine mexicano, la vigésima primera entrega de su serie tiene como portada una foto fija de la película Placeada. Historia íntima de una ex-sicaria, de Alejandra Sánchez Orozco, otra de sus discípulas en la ENAC. “Siempre digo que soy un maestro vampiro, porque me alimento de sangre joven. Mi visión de las cosas es siempre fresca, no desde el punto de vista de los intelectuales, o de los escritores, o de los cineastas, sino de los chavos. Sus dificultades son las mías, me mimetizo con ellos sin que se den cuenta. Creen que me están vampirizando, pero, en realidad, es de ida y vuelta”, dice Ayala Blanco en el jardín de la ENAC durante una pausa de sus clases.

Aunque otro de sus alumnos, Santiago Torres, lo incluyó como actor postapocalíptico en una película rodada en un ya destruido cine Ópera para que interpretara a un último espectador, a sus 84 años Jorge Ayala Blanco (Ciudad de México, 1942) tiene otros planes para su transición a esa eternidad que nos espera a todos: “Quiero morir dando clase, hablando de cine”, comparte el ensayista y crítico que recuerda que su mentor, “el más grande novelista de México”, Francisco Pina, autor de alrededor de ochocientas novelizaciones de películas, lo introdujo “al cine como género y como género literario”.

Ayala Blanco se define como consumidor compulsivo de cine desde que era “espermatozoide”. Apunta que su Abecedario… ha servido para documentar cómo ha crecido el número de cineastas mujeres en México. El primer tomo de La aventura del cine mexicano no analizaba película alguna de mujeres (solo aludía a Matilde Landeta), pero La tendencia del cine mexicano incluye 31 películas rodadas por mujeres, dentro de la sección creada ex profeso: “Feminea”.

Aunque ha recibido homenajes institucionales de la UNAM como el Premio Universidad Nacional 2006 en Docencia y Artes y el Reconocimiento al Mérito Universitario 2021 por su labor académica, quizá su mayor satisfacción sea la huella que ha dejado en sus alumnos y en los lectores de sus tres colecciones: Cartelera cinematográfica (1912-1989), la serie del Abecedario, de la cual ya tiene terminados los volúmenes hasta la letra “W”, y sus libros dedicados a películas extranjeras.

Con una memoria de varios gigas, Ayala Blanco recuerda que el primer tomo, con la letra A, de La aventura del cine mexicano (1968), tutelado en el Centro Mexicano de Escritores por Juan Rulfo, Juan José Arreola y Francisco Monterde, le salvó la vida porque el 2 de octubre de 1968, en lugar de irse a la marcha a Tlatelolco, que era su plan, se fue a Iztapalapa (donde estaban los talleres de Ediciones ERA) a recoger el libro que había terminado entre 1965-66, que tuvo muchas dificultades para publicar. “Me entregaron los ejemplares de La aventura del cine mexicano el día de la matanza de Tlatelolco. Ese libro me salvó la vida. Por ir a recogerlo a la calle Avena, en Iztapalapa, llegué tarde a casa y ya no fuimos a Tlatelolco. Por perder el tiempo, quizá salvé mi vida, pues mi mujer y yo estábamos muy inmersos en el movimiento estudiantil”.

A cada volumen del Abecedario llama “actualización” del cine mexicano y espera publicar los de las letras U y V en 2027, y cuenta ya con ochenta capítulos de la W.

Le sorprende que desde que hace unas semanas Ediciones ERA anunció sus problemas financieros nadie haya recordado que esa casa tuvo una de las mejores colecciones de cine del país. Ahí Ayala Blanco publicó el primer volumen de su serie después de ser rechazado durante dos años en otros sellos que le decían: “Nosotros no publicamos libros de cine, imposible”. Cuenta que gracias a su amigo Luis Spota, la editorial Diana le ofreció publicar ese primer libro: “Mi disyuntiva era terrible. Después de esperar dos años y dar vueltas por todas las editoriales, dos me resolvieron. ¿Con cuál me quedaba? Nunca sabré qué habría pasado. Tal vez con Diana, con mayor difusión, mi libro hubiera sido más popular.

¿Cuál es su método de trabajo en el Abecedario?

En el momento en que ya no tuve que trabajar en varios lugares para ganarme la vida, cuando tuve la oportunidad de que la Universidad considerara mi trabajo como investigación, pude dedicarme a mis clases, que son un deleite para mí, y a mis tres series de libros: el cine extranjero, El cine actual, la Cartelera cinematográfica [con María Luisa Amador], que nos tomó una cantidad enorme de tiempo, y el Abecedario del cine mexicano, cien películas por tomo, cien películas por año, dos capítulos por semana. Aparte de eso, las columnas que publico en Confabulario. En el Abecedario solo se encuentran las inéditas. Trato de entrarle a todas las películas que se estrenan en las carteleras comerciales o en las tres cinetecas, aunque hay algunas que se me pelan y son las más difíciles de encontrar, pues se estrenan en salas alejadísimas de mi casa.

Usted incluye cien películas, pero según los Anuarios del Cine Mexicano que publica Imcine, se producen más de cien cintas mexicanas por año. ¿Cómo las elige?

Nunca me han enviado el Anuario. No sé por qué extrañas razones. Los he obtenido por interpósitas personas. Los anuarios son registros que no me interesan. Lo que menos me importa de una película es si se exhibió, si no se exhibió, si tuvo éxito, si no tuvo éxito, si era buena, si era mala o pésima. Lo que me interesa es cómo fue la película.

“Todavía me sorprendo, aparte de que disfruto las películas.”. (Foto: Juan Carlos Aguilar)

Pero al haber casi doscientos películas producidas por año...

Películas que no se exhiben. Yo las cacho en la cartelera, como un espectador común y corriente, que además me gusta serlo, pagar mi dinero en la taquilla de la sala que esté más o menos cerca de mi casa. Y ver la película y escribir sobre ella, que ya forma parte de mi rutina, podría decir, de mi disciplina.

¿Alguna vez ha comido palomitas en el cine?

Cuando iba a ver algunas películas con mi hija cuando era pequeña. Pero no trago en el cine, llevo mi agua y listo.

¿Por qué habla de la “tendencia” del cine mexicano si en esas cien películas que analiza hay variedad, pero no escuela, no una tendencia?

Exactamente. De hecho, es el último tomo de lo que llamo “El Pentateuco pandémico”, que empieza con las películas que se estrenaron en 2019 y termina en las películas que se estrenaron en 2023, cuando se levantó oficialmente la pandemia. Son cinco tomos: La potencia, La querencia, La resiliencia, La sapiencia y La tendencia. Elijo el nombre del volumen y la idea de la tendencia y me pregunto si realmente murió o no el cine mexicano. Hay dos razones: la pandemia y la desaparición de los fideicomisos.

Por supuesto, el cine no murió por la pandemia ni por el cambio de régimen. Esa fue la primera comprobación. Con la idea de la tendencia quería saber si se repetían las ideas temáticas. De pronto, me encuentro con que tengo cien películas y no puedo agruparlas de otra manera que con la que manejaba en anteriores volúmenes: las películas hechas por veteranos; las óperas primas; las documentales, que son una cantidad enorme y de las que me quedo con pocas porque tienen otra difusión; los cortometrajes, los de más difícil acceso, si no los agarras en los festivales, en repeticiones o en plataformas, no los agarras nunca. ¿Cuántas veo? Las que pueda. Trato de agarrar todas las de rumbo a los Arieles, que para mí es sensacional por la posibilidad de ver las de animación, que son imposibles de ver en otros lugares.

Portada de ‘La tendencia del cine mexicano’, de Jorge Ayala Blanco. (UNAM)

¿Todavía se sorprende con una película?

Todavía me sorprendo, aparte de que disfruto las películas. Me considero el bobo más increíble de la Tierra porque me río muchísimo con las películas y las disfruto. Si tomo notas, estoy botado de risa o realmente emocionado. Vamos, me emocionó Cocodrilos, la película de los periodistas muertos en Veracruz. Me comunicó la tensión. Esa es la base del desmonte de la película: cómo logra crear tensión.

¿Cuántas veces necesita ver una película?

En general, las más difíciles, un par de veces, con la idea de un crítico argentino, Sergio Wolf, que decía que la primera visión es hipnosis y la segunda es disección, aunque para mí, la más importante es la primera: si la película me emociona, si no me emociona. Intento cuestionarme por qué me emocionó, por qué no me emocionó o por qué no entendí nada, o si ese no entender nada era deliberado Hay muchas posibilidades.

¿En qué momento adoptó el estilo con el que escribe sobre cine?

Se fue dando en los 63 años que tengo escribiendo crítica de cine en los suplementos culturales, donde hay más apertura a las invenciones del lenguaje. No es un barroquismo deliberado, sino la necesidad de compendiar, la angustia de saber que tengo que entregar seis mil caracteres cada semana. Tengo una paginita o una paginota, como la del suplemento de El Financiero con Víctor Roura. ¿Qué era eso? Era un ensayo, pensado en que iba a reescribirlo para ser publicado en un libro, quitar lo que fuera opinión y quedarme con la parte objetiva.

Como profesor de tantas generaciones de cineastas, ¿cómo ha sido la evolución en las aulas?

Llevo ya sesenta generaciones de cineastas. Siempre digo que soy un maestro vampiro porque me alimento de sangre joven y finalmente la visión de las cosas es siempre fresca, no desde el punto de vista de los intelectuales, de los escritores o los cineastas, sino de los chavos. Sus dificultades son las mías. Me mimetizo con ellos sin que se den cuenta pues creen que me están vampirizando a mí, pero en realidad es de ida y vuelta. Los trescientos posibles alumnos son de las procedencias más extrañas de la Tierra. Estamos en un cambio. Antes se aceptaban quince, ahora son 36 en nueve campos de conocimiento, cuatro por cada campo: realización, producción, edición, animación, guion...

¿Cómo se refleja el aula en el cine mexicano y en su más reciente libro?

La tendencia del cine mexicano empieza con la película de un egresado, El último vagón, de Ernesto Contreras, que es una delicia, el gran homenaje a una maestra. Es estupendo saber que la hizo ese muchacho que fue mi alumno. Nunca hablaba en clase, nunca. ¿Por qué? Porque tomaba apuntes. Le dije: te empiezo a tratar cuando ya eres cineasta. En sus primeros cortos me hacía actuar, cosa que para mí es un juego. El cine es sobre todo un juego, y así debe enseñarse y recibirse, con una actitud siempre lúdica.

¿En cuántas películas ha actuado? Recuerdo aquella en que aparecía de último espectador de cine.

Es una película de Santiago Torres, el actual secretario académico de la ENAC. Me invitó a participar y fue delicioso estar ahí perdido en la sala derruida, el desastre total. Todos los maestros de la ENAC, como Gabriel Herrera, que se fue a Polonia, fueron mis alumnos. Los maestros decanos de la escuela fueron mis alumnos. No quiero dejar de dar clase. Quiero morir dando clase, hablando de cine.

Jorge Ayala Blanco: “No trato de hacer la historia muerta del cine mexicano, sino la historia viva.” (Foto: Juan Carlos Aguilar)

¿Se ciñe estrictamente a lo que ve en una película?

Cada texto —yo le llamaría crítica, aparte del ensayo— está trabajado de una manera distinta porque mis referentes, las películas mismas, son distintos. Parto de la idea de que la película te obliga a ser vista de determinada manera. Hay películas que me remiten a la literatura, o a las artes plásticas, o al teatro. De pronto, sobre eso vuelcas tus conocimientos. Me preguntaste hace un rato sobre el lenguaje. El lenguaje que uso es, ante todo, un lenguaje plástico: se trata de traducir una imagen a lenguaje escrito.

¿Trabaja con su diccionario al lado?

Al contrario, no encuentro la palabra y la invento. Alguien me dijo: hay demasiados neologismos. Es que, si no hay palabras, las inventas. Se trata también de rescatar al lector de poesía que fui en mi más remota juventud, cuando adoraba, y sigo rindiéndolo culto, a Vladimir Mayakovsky. Para él, los manifiestos eran bofetones. Decía que el único lenguaje válido era el lenguaje torcido, el que inventaba neologismos.

Si el punto de partida de La tendencia del cine mexicano fue la comprobación de que el cine mexicano sigue existiendo, ¿alguna vez pensó que iba a escribir sobre la autopsia del cine mexicano?

Nunca me he propuesto la idea de la autopsia porque el cine mexicano no está muerto. No trato de hacer la historia muerta del cine mexicano, sino la historia viva.

¿Qué define a Jorge Ayala Blanco?

A un señor que consume cine de una manera compulsiva desde su más tierna infancia. Estoy seguro que cuando era espermatozoide, como Woody Allen en Todo lo que querías saber sobre el sexo (pero temías preguntar), empecé a ver películas en el claustro paterno porque mi padre veía diez veces la película que le fascinaba. Mi madre también. Eran muy buenos cinéfilos. Mi abuela me llevaba al cine, pero no entraba. Cuando regresaba a casa, yo tenía la obligación de contarle la película en francés, porque ella era bilingüe. Sigo haciéndolo, sigo contándole historias de cine a mi abuela, que ahora es todo el mundo.

AQ / MCB

  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.

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