Este año marca dos efemérides del trayecto del poeta, narrador, ensayista y editor cubano José Lezama Lima: 60 años de la aparición de su novela Paradiso (Ediciones UNEAC, La Habana, 1966) y el 50 aniversario de su muerte (La Habana, 9 de agosto de 1976). Figura pródiga y extravagante dentro de la literatura latinoamericana del siglo XX, contendido por unos y enaltecido por otros: desde la aparición del poemario Muerte de Narciso (1937), su voz ha conformado una cartografía muy personal con derivaciones concluyentes en los espacios de las letras hispánicas.
Conocido como poeta y ensayista, la aparición de la novela Paradiso despertó el interés de los lectores de Hispanoamérica y España que no conocían su prodigiosa labor creativa y alentadora como patriarca del Grupo de Orígenes (Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Gastón Baquero, Lorenzo García Vega, Virgilio Piñera...): “el movimiento cultural más importante y fatalmente polémico de la cultura cubana” (Jorge Luis Arcos).
Hace seis décadas irrumpió en la literatura hispánica un aluvión lingüístico de prodigiosa grandeza: Paradiso desnudó nuestra realidad más íntima y abrió nuevas rutas a la novela latinoamericana, expuestas en los narradores del boom (García Márquez, Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Donoso...).
“Paradiso, novela que es también un tratado hermético, una poética y la poesía que de ella resulta, encontrará dificultosamente a sus lectores: dónde empieza la novela, dónde cesa el poema, qué significa esa antropología imbricada en una mántica que es también un folklore tropical que es también una crónica de familia”, apuntó Julio Cortázar en una de las primeras reseñas sobre la novela. “Gracias a Paradiso vuelvo a la palabra escrita con la actitud del niño que lentamente viajaba con un dedo por los mapas de los atlas, por el contorno de las imágenes, que paladeaba el sabor embriagante de lo incomprensible”, concluye el autor de Rayuela.
La única incursión novelística del poeta habanero constituye un monumental álbum que corre la cortina de zonas secretas del ánimo cubano. Desde 1949, en la revista Orígenes aparecieron capítulos esenciales de una narración de visos autobiográficos que abordaban preocupaciones en torno al concepto de la imagen: el protagonista José Cemí descubre en la adolescencia las eventualidades figurativas y simbólicas de incitaciones al conocimiento.
Hay que entrar a Paradiso con ímpetu desbordado, sin temor ni prejuicio, con apetito voraz y deseo instintivo de penetrar en la misteriosa música de la poesía. “El poema es un cuerpo resistente frente al tiempo” (Lezama Lima). Narración que rompe el sentido ad usum, produjo reacciones adversas en las esferas del poder cultural cubano: el autor siempre mantuvo una actitud de entereza frente a los censores que nunca entendieron la precipitación maniática de un texto que se afinca en un temerario sistema poético del mundo en el propósito de intentar lo imposible.
¿Cómo leer Paradiso? La luminosidad de la noche se atribuye en las prórrogas de una letanía que mis ojos de adolescente en mi primera lectura entreveían el oleaje sinuoso de una gracia de entrelazo fluido. El vals repetía las constelaciones de su cadencia y la noche una vez más, se escondía en la verticalidad de una tersura cuarteada por el canto del alarido.
Teleología insular, plaza extendida y rasgada: entrar al sigiloso ramaje de Paradiso y dibujar el enigma de una liviandad rizada: acicate de presunciones sostenido en una trencilla de seda enlutada: apremio en el clamor del polvo y su fijeza. Esplendor en la intersección de los milagros. Destino definido en la tempestad del fuego, en el vuelo de los retratos: la bifurcación atrapa los dibujos para que el tacto tienda el aliento arrebujado en la brizna.
Paradiso: tambaleo que desdobla la inquietud de la sucesión, el relámpago de la exuberancia engendrando lo entrañable. La bajamar lingüística silabea los contornos: sombra verbal en complicidad con las extrañezas. José Lezama Lima llega a la novela por cogniciones poéticas: “Yo no soy lo que propiamente se puede considerar un novelista profesional. He escrito mucha poesía, mucho ensayo, cuento y entonces, ya al final de mi obra, como una súmula —lo que en realidad es el Paradiso— como se decía en la Edad Media, creí que debía llegar a una novela que estableciera la comunicación de manera más armoniosa” (José Lezama Lima).
Hay que leer a Paradiso como esperando el oleaje. Nombrar la mudanza y designar los presagios en el espectro del canto y su finalidad desconocida. Paradiso nos lleva a la iniciación. Vuelvo una y otra vez a las páginas de una creciente: la aridez anima el verbo, una llovizna telúrica me conduce al hechizamiento de la imagen. La gravitación se anuda a un paisaje perdido en la fascinación del destino.
José Lezama Lima murió el 9 de agosto de 1976 en La Habana, a los 65 años de edad enfermo (bronconeumonía, sepsis urinaria), aislado y apartado de la vida pública. Salud deteriorada por una condición asmática crónica y obesidad por sedentarismo. Internado de urgencia en un hospital de la capital cubana el 8 de agosto, falleció en la madrugada del día siguiente. Su deceso causó consternación en los espacios literarios cubanos. Cincuenta años sin la presencia física de un autor que legó una exuberante obra que abarca poesía (Muerte de Narciso, 1937; Enemigo rumor, 1941; Aventuras sigilosas, 1945; La fijeza, 1949; Dador, 1960; Fragmento a su imán, 1977); ensayo (Analecta del reloj, 1953; La expresión americana, 1957; Tratados en La Habana, 1958; La cantidad hechizada, 1970; Confluencias, 1988); cuento (Juego de las decapitaciones, 1984), traducciones (Jules Supervielle, Plegaria al desconocido, 1939; Marcel Proust, Retrato de pintores, 1943...), novela (Paradiso, 1966), conferencias, diario y prólogos.
Animador cultural y director/fundador de trascendentes revistas culturales en la Cuba republicana (Verbum, 1937; Espuela de Plata, 1939-1941; Nadie Parecía, 1942-1944; y Orígenes, 1944-1956 —considerada la revista literaria y cultural más importante de Cuba en el siglo XX, que llegó a convocar a trascedentes exponentes de la plástica, la crítica y la poesía hispanoamericana).
“La obra de José Lezama Lima, que es acción y no contemplación, se sitúa a pesar de sus complicadas y a veces cristalinas formas, en ese lugar primario que corresponde a la poesía que se adentra en la realidad despertándola y despertándose y nos conduce a ‘las oscuras cavernas del sentido’ en un brote luminoso, secreto y avizorado”, subraya la filósofa española María Zambrano.
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