Juan Gabriel: cuántas cosas han pasado, corazón

Memoria

Hace diez años, el 28 de agosto de 2016, murió el autor de “Amor eterno”, contraejemplo de la efímera fama del vencedor, de la risa socarrona de quienes están en el peldaño más alto.

El cantautor mexicano Juan Gabriel. (EFE/Paul Buck)
Julio González
Ciudad de México /
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Herir al corazón es crearlo.

Antonio Porchia

No se me ocurre un mito más perfecto para el siglo XX mexicano: el muchacho provinciano que guitarra en mano va buscando en camiones, veredas y tugurios de la frontera un lugar para mostrar que lo ha tocado el milagro. Viene huyendo de sí mismo y su pasado, busca hacerse de ese algo que es tierra, humo, polvo, sombra, nada: fama. Se llama Alberto Aguilera, se llama Adán Luna –¿reminiscencia del primer hombre que todo lo nombra? —se llama Juan Gabriel.

Ha dicho Monsiváis que Juan Gabriel fue un ídolo: “un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma”. Pero digo yo que es más que eso: es un mito por lo que tiene más allá de lo humano; una máscara y un espejo en donde nos ocultamos o miramos a conciencia; la transgresión que incomoda, pero atrae (lo prohibido, esa tentación); las plegarias seculares de quienes —escépticos, o descreídos a la mala, cantan al (des)amor.

Juan Gabriel es un nombre dicho con cariño, le damos —entre quienes compartimos el misterio (y según yo somos todos) — un apodo que nos lo hace familiar, cercano, amigo, cómplice de buenos y malos ratos: Juanga. Su música suena hoy como hace cuarenta, treinta, veinte años o ayer en la alegría diurna del transporte público, las abarrotadas mesas de una cantina, el mariachi que lleva una trasnochada serenata, la malentonada cofradía de un karaoke y la mortal soledad del que tararea para sí su despecho.

Hace diez años que Juan Gabriel partió (aunque haya quienes lo nieguen: la única teoría de conspiración que quisiera creer con fervor, para la que sigo buscando pruebas). En mi pequeño panteón portátil Juan Gabriel ocupa un lugar privilegiado, porque lo miro como contraejemplo del éxito que impregna nuestro ideal de vida, de la efímera fama del vencedor, de la risa socarrona de quienes están en el peldaño más alto. Su vida es el anverso del camino pedregoso que lleva a la cima, como si más bien hubiese descendido una pirámide invertida, siguiendo sus pasiones. Juan Gabriel es mi íntimo Virgilio a través del infierno, en busca del cielo.

Me hace pensar en esa vieja idea repetida hasta el cansancio: fracasar una vez, intentar de nuevo, fracasar mejor. Supone que con el tiempo uno mejora, incluso en la interminable tarea de la derrota. Como todo artista digno de ese nombre, Juan Gabriel encabeza la lista de quienes ganan perdiendo. Migración, abandono, cárcel, pobreza, escarnio, burlas, menosprecio, enfermedad, silencio mediático, fallidas aventuras políticas, asedio de propios y extraños. La adversidad como destino, como prueba a superar. Hay una nota meritocrática que lo vuelve todavía más mítico en un país donde la cima es cosa deseada e imposible.

“¿Cómo es Juan Gabriel?” le pregunta un periodista en los años setenta. Siempre en tercera persona: “Es paciente. Es sensible. Batalló, luchó para lograr un sitio. Le gusta vivir este día, pero sin dejar de pensar en el futuro. Le gusta superarse, luchar en todo momento. No estancarse, por ningún motivo”. La suya es la práctica de quien hace de la necesidad virtud. Hay una vitalidad que no se aprecia en la estampa típica del triunfador, tan cómodo y seguro de sí mismo. Por eso la nuestra, la mexicana, bien podría ser la historia de quienes pierden y no se derrotan. La música popular muestra una genealogía de ello: Juan Gabriel es su ejemplo más acabado.

Ahí está lo que me atrae, lo que me revela la potencia de su poética. La del que pierde, llora y canta —y yo lo sigo—: “Ya no te haré llorar, ya no te haré sufrir / Pues, ya te he prometido que no vuelvo a molestarte / Ni andar tocando tu ventana para hablarte / Duerme tranquila, ya no vuelvo a molestarte”. Errar es humano, pero perseverar en el error es ser idiota. Con todo, herir al corazón es crearlo: una y otra vez. Más vale fracasar y saber lo que puede el amor, lo que dan el espíritu y la carne.

Porque uno puede regocijarse en la tristeza es que Querida es nuestro himno no oficial: “Querida. Cada momento de mi vida, te extraño y lloro todavía...”. Liturgia cotidiana, poesía para descreídos, comunión instantánea, tráfago para que las soledades coincidan, plegaria razonada que recuerda a Lope. Esto es amor: quien lo probó, lo sabe.

Sin moralizar, dar lecciones o ser un preceptor, Juan Gabriel me recuerda que las palabras son también una forma de hacer mundo. Una escena del documental de María José Cuevas, Debo, puedo y quiero (2025), lo revela: “la verdad es que escribo muy sencillo, no utilizo palabras rebuscadas porque no me las sé”. No hace falta si la palabra es verdad, si lo dicho es axioma, aforismo, catecismo laico.

¿Qué años han sido sin ti, Juanga? Tiempo de quienes pierden y hacen suyo el credo de que nada se acaba para siempre. No hace falta saber si su muerte fue un fraude, una elaborada mentira y Alberto Aguilera vive en el anonimato en París —donde dicen haberlo visto—: diez años son nada para un amor eterno. Juan Gabriel vive y yo lo canto.

Organillera a las afueras del Palacio de Bellas Artes durante el homenaje póstumo con las cenizas de Juan Gabriel en 2016. (Foto: Ana Quintanilla)

AQ / MCB

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