La gracia y la guerra: el futbol como ritual

La guarida del viento

El futbol funciona como un ritual colectivo donde se canalizan rivalidades, deseos de pertenencia y pulsiones competitivas que encuentran una forma simbólica de expresión.

“El futbol es una guerra con reglamento”. (Pixabay)
Alonso Cueto
Ciudad de México /

¿Por qué el futbol se ha convertido en una pasión universal? Es más que un hecho deportivo, y con frecuencia se convierte en una explosión social y cultural. Podemos sugerir algunas explicaciones.

El futbol libera nuestros instintos homicidas. En un tiempo en el que las guerras ya no son deseables, carecemos de los canales de liberación de nuestras pulsiones destructivas. La necesidad natural de competir, de destruir al rival y de hacerlo al interior de una tribu, encuentra una vía de expresión en el futbol. Como vivimos en un tiempo sin guerras, necesitamos reemplazarlas. Términos comunes al futbol y a la guerra como “disparo”, “atacantes”, “estrategia” y otros lo demuestran. Por eso también nos da héroes, esa especie en extinción en otros ámbitos. El futbol es una guerra con reglamento. Algunos se pintan la cara y llevan banderas en las tribunas. Esa guerra nos vende una ilusión absurda. Si el equipo de su país gana es porque sus habitantes son superiores.

Por eso es que los duelos con una historia bélica tienen un sentido absurdo. Cuando España le ganó a Inglaterra en el Mundial de 1950, el presidente de la Federación Española de Futbol, Armando Muñoz, le dedicó un mensaje al caudillo Francisco Franco: “Hemos vencido a la pérfida Albión”. Se refería a la Gran Bretaña y a la historia de guerras con ese país.

En cierto sentido, también el futbol ritualiza las luchas de la vida. A diferencia de los deportes donde se marcan puntos muy rápido, en el futbol el gol es un hecho excepcional. Hay que luchar mucho para lograrlo. Quizá nos recuerda unas vidas en las que la lucha diaria no da resultados y solo de vez en cuando podemos advertir algún logro importante.

Pero el futbol también nos hace olvidar la vida. Crea un espacio y un tiempo propios que nos hace ignorar el tiempo y el espacio en el que vivimos. Nos secuestra en un juego verdadero más simple que la realidad de la vida. El tiempo del reloj es reemplazado por el del partido.

No es de extrañar que muchos artistas y poetas hayan sido aficionados al futbol pues el arte hace una operación similar al juego. En su estupendo libro Héroes numerados, Juan Villoro hace una revisión excepcional sobre el juego y se refiere a la pelota (“el talismán de los héroes”) como aquello que expresa “las inalcanzables ilusiones de la especie”.

La historia empezó el 26 de octubre de 1863, en la Freemason Tavern de Londres. Fue entonces cuando un grupo de representantes universitarios redactó el primer reglamento de un deporte que prohibía el uso de las manos. Al comienzo tenía un solo sentido. Era una separación del rugby.

Más de siglo y medio después, convertido en un teatro de pulsiones individuales y colectivas, el futbol abre una nueva franja temporal. Hay que verlo y vernos en esos estadios modernos: las salas de televisión. Los partidos se prolongan en un tercer tiempo, cuando seguimos hablando de ellos. Un ritual feliz y bárbaro, que se renueva.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite