‘¡La novia!’: lejos de Whale, más lejos de Paglia

Los paisajes invisibles

‘¡La novia!’ traslada a Frankenstein al Chicago de los años treinta, con posesiones, gángsters y referencias al cine clásico, pero satura con guiños y clichés que diluyen la potencia de la historia.

Jessie Buckley en ‘¡La novia!’, de Maggie Gyllenhaal. (IMDb)
Iván Ríos Gascón
Ciudad de México /

A pesar de que James Whale se rehusaba a hacer la secuela de El doctor Frankenstein (1931), Universal Pictures se salió con la suya cuatro años después. El director inglés aceptó rodar la “continuación” de la aventura del monstruo concebido más de cien años atrás, quizá para evitar que la productora filmara un adefesio en demérito de su clásico del siglo XX (cuentan que las opciones de argumento eran que Victor Frankenstein prosiguiera sus investigaciones mientras educaba a la creatura o que enloquecido de maldad, terminara inventando un rayo mortal).

La escritura de La novia de Frankenstein fue encomendada a William Hurlbut y John Balderston, pero en ésta Whale corrigió la impertinencia cometida en los créditos de la primera cinta y en vez de atribuir la obra original a una tal “señora Percy Byshee Shelley”, tuvo la decencia de aclarar que se trataba de una ficción “sugerida por la historia escrita en 1816 por Mary Wollestonecraft Shelley”. Además, a manera de prólogo, montó una escena inicial con Lord Byron, Mary y Percy en un castillo, donde Byron encomia el genio de la autora y la incita a seguir imaginando el destino de su moderno Prometeo. De ahí que lo siguiente fuera la calamidad de crearle una pareja.

Aunque el tráiler comenzó a correr en las pantallas desde mediados del año pasado, el estreno de ¡La novia!, un símil mas no una nueva versión de la lejana película de Whale, se llevó a cabo un par de días previos al 8M. Escrita y dirigida por Maggie Gyllenhaal, trata de una extraña posesión y del monstruo en el Chicago de los años treinta: en plena bacanal con una pandilla de gángsters, el cuerpo de Penélope es invadido repentinamente por un ente provocador. Se trata, ni más ni menos, que del espíritu de Mary Shelley, que desafía a un jefe de la mafia con desenlace previsible. En tanto, el monstruo se reúne con el doctor Euphronious, que en realidad es doctora, para que le haga una compañera, y el cadáver que eligen en el cementerio es, por supuesto, el de Penélope.

Ese es, básicamente, el argumento de ¡La novia!, filme que extravía el leit motiv entre referentes y ocurrencias, sin originalidad ni sentido del humor. Contrario a la buena factura de su primera cinta como directora, La hija oscura (2021), basada en la novela de Elena Ferrante, en ¡La novia! Maggie Gyllenhaal crea personajes que oscilan entre la quimera y la caricatura; instituye y se regodea en el cliché verbal (“Here comes the fuckingmother Bride!”, exclama el supuesto fantasma de Mary Shelley; “preferiría no hacerlo”, frase emblemática de Bartleby de Hermann Melville, que los personajes repiten una y otra vez); significa la infantil ingenuidad de su monstruo con el sueño del cine (la creatura toca el violín e idealiza la felicidad en las películas musicales de un tal Roonie Reed, interpretado en blanco y negro por su hermano Jake Gyllenhaal); tributa a Fritz Lang en Metropolis (1917) y a Mel Brooks con El joven Frankenstein (1974) en la escena de baile, y sobre todo, traza una paráfrasis de Bonnie y Clyde con las andanzas del monstruo y su novia como gatilleros en contra de la ley.

Encima, ¡La novia! termina hecho un libelo de supuesto empoderamiento en el que domina la violencia como reacción elemental, disfrazado de “revolución” invocada por el alma de Mary Shelley, la admirable escritora a la que Gyllenhaal caracteriza como una señora de voz aguardentosa que no se cansa de recordarle al público que si su primer relato (Frankenstein) les dio miedo, éste los hará pedir ¡auxilio!.

Así que en este montaje abigarrado de recursos pretenciosos, lo que queda de ¡La novia! es una obra que cansa de aburrimiento, de lugares comunes y de un enfoque insípido de las múltiples facetas reflexivas del relato original, que se diluye lenta, poco a poco, en el simplismo de una historia de amor cuya ausencia más notable es la noción de lo que Camille Paglia llamó feminist fatale: el poder real de la mujer que se sobrepone al victimismo.

AQ / MCB

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