Las librerías: un espacio en transformación

Ensayo

Son admirables los centros culturales de barrio, de integración comunitaria, donde hay clubes de lectura, foros de discusión. Fortalecer o crear comunidades hoy es vital.

La lectura, la edición de libros y las librerías, en estos días, parecen escapar a los patrones que conocíamos. (Freepik)
Elena Enríquez Fuentes
Ciudad de México /
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Los libreros son la sal del mundo. Están en la línea de fuego…

Las librerías son fuertes solitarios que derraman luz sobre la acera.

Ellas civilizan sus vecindarios.

John Updike

El caos, la incertidumbre, son consustanciales a la vida. Quienes vivimos hoy, desde que tenemos memoria, hemos oído hablar de crisis en la industria del libro. Desde hace al menos cincuenta años escuchamos voces de alarma por el cierre de librerías, falta de programas de fomento a la lectura, bajos índices de lectores, etcétera. Si ese estado ha sido una constante durante tanto tiempo ¿podríamos considerarlo un hecho extraordinario? La declaratoria de crisis ¿tendrá algo que ver con acariciar la ilusión de tener estabilidad?, ese deseo de construir una circunstancia donde los movimientos, cambios y transformaciones sean mínimos, no alteren nuestra vida y aseguren un continuo sin grandes perturbaciones, ¿es eso posible? Sin duda la lectura, y todo lo que ella implica, está viviendo una gran metamorfosis.

Pensar en términos de crisis es un enfoque, un modo de visualizar un problema. Una parte importante de la solución a un reto es su planteamiento: ¿estamos ante la posible extinción de las librerías o ante una mutación? La palabra crisis tiene una liga muy fuerte con la economía, porque es indicativo de un desequilibrio grave en un sistema. Señala el momento cuando no se puede seguir funcionando del mismo modo, es un punto de inflexión, obliga a mirar distinto. La crisis es síntoma del desgaste de un modelo, obliga a cambios. ¿Qué tipos de librerías pueden seguir siendo necesarias cuando la venta de libros se extiende entre plataformas digitales, grandes cadenas, ferias, librerías independientes y circuitos informales? Mirarlas solo como comercios oculta su función cultural; idealizarlas como refugios románticos impide ver sus múltiples funciones y problemas materiales. Entre esos extremos se abren infinidad de posibilidades a explorar.

La pandemia disparó las ventas en el comercio electrónico

En la última década la industria del libro vivió un hecho inesperado: el incremento de ventas de libros físicos a través plataformas digitales, como Amazon, Mercado Libre, Buscalibre y tantas más. En 2020, durante la pandemia, México registró una venta sin precedente de libros a través del comercio electrónico, tanto en papel como en formato digital.

De acuerdo con datos de la Cámara Nacional de la Industria Editorial (Caniem), en 2019, la facturación de libros físicos, a través de comercio electrónico, fue de poco más de 710,000 ejemplares, representó apenas el 1% de las ventas en mercados abiertos, como librerías y ferias de libro. En cambio, en 2020, debido al confinamiento, se disparó a 2,110,000 ejemplares, ese crecimiento no se ha detenido desde entonces. Eso obligó a la industria a invertir en infraestructura y hacer cambios acelerados, pues tuvo de golpe un incremento de más del 200% en ese segmento de mercado. En tanto, la venta de títulos en formato digital, también subió un 58%. No obstante, en el balance general, la Caniem consideró que el aumento no fue suficiente para compensar las pérdidas debido al cierre de librerías físicas.

Sin embargo, en 2022, ya con los comercios y escuelas abiertos, se superó el punto más alto de ventas histórico: el de 2019. El año anterior a la pandemia la industria editorial vendió en total 11,466.5 millones de pesos y en 2022 11,564.2 millones de pesos. A partir de 2022, cada año, ha aumentado la venta en canales abiertos: en 2022 se vendieron 62.2 millones de ejemplares, en 2023, subió a 66.5 millones de ejemplares y en 2024 llegó a 79.3 millones de ejemplares.

Cambios en la historia de las librerías

El libro es un producto, pero tiene muchas dimensiones, es un bien material (en cuanto tiene un soporte), forma parte de una cadena de valor, pero lo apreciamos sobre todo por su relevancia cultural. Es un vehículo para divulgar ideas, historias, reflexiones: comunica. ¿Para qué nos acercamos a un libro? La pregunta tiene infinidad de respuestas, y las librerías, por reflejo, son un caso semejante, pero no igual. Son espacios donde se venden libros y también generan ingresos por diversas vías: pueden albergar cafetería y foro, venden todo tipo de objetos asociados al libro y la escritura, son centros culturales; dan servicio a un barrio o zona, como cuando están próximas a universidades o zonas escolares; y también las hay especializadas en temas o géneros: librerías de poesía, historia o feminismo.

Las librerías no son solo un lugar donde se venden libros: han sido una forma de organizar la circulación de ideas, un espacio de retroalimentación e intercambio. Se transforman a la par de la sociedad. En México, en las primeras décadas del siglo XX, muchos libreros se aglutinaban en el mercado de El Volador y en la Plaza del Seminario. Algunos de ellos, al disolverse esos mercados, se reorganizaron en la Calle de Donceles, aquellas librerías vendían lo mismo libros nuevos y usados. De esos tiempos aún subsiste la librería César Cicerón, en Seminario 10. La gran cadena de librerías Porrúa comenzó como un puesto callejero.

Las librerías, en buena parte del siglo pasado, eran sobre todo de mostrador, se le pedía a un empleado el título a comprar. En 1940, junto al Palacio de Bellas Artes, se inauguró la famosa Librería de Cristal. Se adaptó sobre la antigua pérgola de la Alameda; tenía un foro, cafetería y espacio de exposiciones. Introdujo la idea de centro cultural y libre acceso a los libros: el hallazgo en un mar de opciones. Fue una novedad radical para México, The New York Times la describió como: “la librería más extraordinaria del mundo”. Ahí tuvieron encuentros intelectuales, artistas y escritores del exilio español con mexicanos, eran visitantes frecuentes Alfonso Reyes, Salvador Novo, Martín Luis Guzmán, León Felipe, Juan Rejano, entre tantos más. Librerías como esa se replicaron, aunque en menor formato: El Ágora, la primera librería Gandhi y la Librería Francesa, todas ellas también detonaron encuentros de personajes del mundo de la cultura. Históricamente la mayor concentración de librerías estuvo y está en la Ciudad de México.

Hoy esos espacios físicos son, en cierto sentido, semejantes: aún encontramos puestos callejeros y tianguis de libros nuevos y usados; aún hay librerías de mostrador y múltiples centros culturales. ¿Qué cambió? Mucho, la forma de relacionarnos con los libros, la lectura y la oferta de títulos.

Los puntos de inflexión de las librerías no tienen una sola causa, porque cumplen diversas funciones: son espacios de encuentro, centros culturales, negocio, infraestructura urbana, detonador de comunidad, memoria y, en muchos casos, un espacio político, por mencionar solo algunas de sus múltiples dimensiones.

En el libro Librerías, de Jorge Carrión, un clásico sobre el tema, podemos palpar cómo las librerías son protagonistas de las transformaciones sociales. Las librerías emblemáticas en cada época y país brindan una muy particular forma de relacionarse con los lectores, crean comunidades, responden a necesidades específicas de tiempo y lugar. Ninguna librería es igual a otra, ni siquiera las de una misma cadena: la sucursal de librerías Gandhi frente a Bellas Artes es distinta a la de Miguel Ángel de Quevedo o la de la ciudad de Querétaro. Lo mismo ocurre entre independientes: Profética, en Puebla, y Utópicas, en Coyoacán, tienen cada una un carácter diferente y comunidades lectoras particulares.

Ninguna librería ofrece todos los libros en circulación

Si hablamos solo de libros de interés general (ese conjunto de títulos de creación literaria y de no ficción, dirigidos a lectores no especializados) el número de novedades en 2024, en México, fue de más de 20,000. En España, ese mismo año, se publicaron de poesía, novela, cuento y teatro más de 30,000 títulos. Ninguna librería mexicana, cuya vocación sea el interés general, tiene disponibles todas las novedades que se publican en un año. Quizá la única con capacidad para acercarse a eso sería la Librería Rosario Castellanos, del Fondo de Cultura Económica, por su posibilidad para albergar hasta 250,000 ejemplares, pero es la excepción, no la regla.

En México las librerías de libro impreso tienen, en promedio, tres tamaños: las pequeñas ofrecen entre 3,000 y 10,000 títulos; las medianas, de formato estándar, entre 15,000 y 40,000 títulos, y las mega sucursales de 50,000 a 100,000 títulos. Pero una librería no vende solo novedades, también obras con demanda sostenida en el tiempo. Es muy difícil encontrar todos los libros en circulación en un solo lugar, por grande que sea el espacio de exhibición. Las librerías en línea, en cambio, ofrecen un catálogo de entre 500,000 y 1,000,000 de títulos.

Se lee distinto, se vende distinto

Después de la pandemia se reconfiguró el interés en la lectura. Antes de esa sacudida, las encuestas daban como una de las principales causas del bajo índice de lectura la falta de tiempo. En noviembre de 2025 el INEGI publicó el Módulo sobre Lectura (Molec), y aplicó cambios importantes en la metodología para generar estadísticas. Por primera vez incluyó a población desde los doce años, antes el punto de partida eran los 18, y también contabilizó la lectura en redes sociales y blogs. Bajo esos nuevos criterios el porcentaje de la población que se declara lectora saltó de 41.8% en 2024 a 62.5% en 2025. Ocho de cada diez personas alfabetas declararon haber leído algún material durante el año.

Los jóvenes de entre 12 y 24 años encabezan el repunte: 89.1% leyó algo durante 2025. Pero, como siempre, conviene ver las cifras con cuidado: al parecer, el promedio de lectura de 3.2 libros por año se mantiene desde hace una década. El tiempo promedio dedicado a leer, en cada sesión, es de una hora, y un dato curioso, la mayoría lo hace en el transporte público. Cambiaron muchas cosas: qué se lee, dónde se lee y para qué se lee. La nueva información merece análisis y reflexión profunda.

Conversé con varios actores de la industria del libro: dueños de pequeñas y grandes librerías, directores comerciales de editoriales, editores, y cada uno tiene una panorámica distinta, no hay consensos. Algunas tendencias son: se redujo el número de ejemplares impresos de cada título, si antes se hacían 3,000, ahora sólo 2,000 o 1,000, pero aumentó el número de novedades. Se venden menos ejemplares de cada título, pero se incrementa la venta en librerías.

¿Por qué cierran las librerías si las ventas suben?

Es una pregunta incómoda, no tiene una respuesta clara, las estadísticas no ofrecen conclusiones limpias. La Red de Librerías Independientes (RELI) reporta que se cierran, de manera constante, cerca de 22 librerías al año, dentro de su red afiliada de alrededor de 110 puntos de venta. Al mismo tiempo, abren decenas de librerías con conceptos llenos de imaginación como El Astillero Libros, en Torreón, Coahuila, impulsa círculos de lectura feminista, talleres y una oferta de literatura, arte y humanidades; en la Ciudad de México, La Gallina de Guinea se especializa en gastronomía y Polilla se dedica a literatura contemporánea y autoras latinoamericanas. Esos ejemplos son unos cuantos al azar, no necesariamente se incluyen en estadísticas.

La explicación de organismos como Caniem, ante esta paradoja, es que el aumento en las ventas lo capturan sobre todo plataformas de comercio electrónico: Amazon, Mercado Libre, Buscalibre y las grandes cadenas de librerías físicas. Sin embargo, muchos editores, incluso los de las editoriales más grandes del país, reconocen como su principal canal de venta las librerías físicas. Unos ven al mercado emigrar a las plataformas en internet y otros reconocen a sus compradores en las librerías tradicionales. Esa diversidad de percepciones depende, en parte, de la posición que cada editorial ocupa en el mercado. Para algunos la pandemia fue una oportunidad, para otros, su ocaso. Eso nos obliga a reconocer: cualquier diagnóstico donde se identifica solo una causa para el cierre de librerías o editoriales simplifica el problema. Pero parece que sí tenemos un hecho: el mercado crece y las ventas se concentran en quienes brindan mayor variedad, mejor servicio y ventajas como entregas a domicilio.

A esto se suma otro factor crucial, en 2024, el Centro Mexicano de Protección y Fomento de los Derechos de Autor (Cempro), gracias a un mapeo con software especializado y a diversas investigaciones en colaboración con la Procuraduría Federal de la República, reportó que 5 de cada 10 libros físicos son piratas y en formato digital la piratería llega también al 52%. Esto significa que más del 50% del mercado del libro en México es ilegal. Si la cantidad de ejemplares y descargas ilegales ocurrieran en el mercado legal, eso permitiría bajar el precio de cada ejemplar, porque ante mayor consumo se podría disminuir el costo de producción.

La experiencia de ir a una librería física

Con frecuencia, al visitar una librería física, en busca de un título, recibimos respuestas como estas: “está agotado”, “hace mucho ya no nos surte esa editorial”, “se lo puedo pedir de otra sucursal”, etcétera. Y sin embargo, al no encontrar lo que buscamos, muchas veces salimos con uno o más libros: nos conquistan el tema, la portada, la cuarta de forros. La serendipia, el azar, nos despejan de la manipulación del algoritmo, ofrecen el encuentro con algo que no sabíamos cuánto necesitábamos. Al llegar a casa, buscamos en la red el título no encontrado. Hay quien ya no va a la librería y solo compra en línea.

Pocas librerías de libros nuevos ofrecen una atención cercana al lector; ese trato, a veces lo dan las librerías de viejo. En varias de ellas conocemos al librero, le hacemos pedidos, nos habla por nuestro nombre y mantenemos con él una comunicación continua. Además las librerías de viejo brindan otros hallazgos, como diría Virginia Woolf: “Los libros de segunda mano son libros salvajes, libros sin hogar…”.

A veces, quienes amamos los libros visitamos las librerías físicas solo para divagar, para explorar en ese universo sin propósito fijo. En ellas un sillón donde ojear sin prisa es el paraíso. Hay librerías acogedoras para escapar de las pantallas, pero de cuánto tiempo disponemos para esos placeres. Dice Gabriel Zaid en Los demasiados libros: “Hoy resulta más fácil adquirir tesoros que dedicarles el tiempo que merecen”.

La lectura, la edición de libros y las librerías, en estos días, parecen escapar a los patrones que conocíamos; su dinámica se vuelve inaprensible. No solo en México, en el mundo. ¿Será porque vivimos una metamorfosis?

La librería física humaniza el acto de leer. Permite palpar el objeto, ojear, interactuamos con la curaduría de un librero. También son atractivas las experiencias adicionales: presentaciones de libros, tomar un buen café, el espacio para un encuentro... Son admirables los centros culturales de barrio, de integración comunitaria, donde hay clubes de lectura, foros de discusión. Fortalecer o crear comunidades hoy es vital.

Recién se anuncia la posibilidad concreta de tasa cero de IVA a librerías, una demanda del sector planteada desde hace años. ¿Cuánto favorecerá esa medida, en el actual contexto, a la apertura de nuevas librerías y la preservación de las que ya existen? Solo los hechos lo dirán. Las políticas públicas crean condiciones, pero no producen por sí mismas proyectos: qué libros vender, qué lectores buscar, qué actividades son atractivas, cómo construir comunidad y qué riesgos asumir son preguntas que solo responden personas, desde un propósito, una experiencia y una visión concreta. Las librerías son proyectos culturales, detrás de cada una hay un equipo o una persona con una sensibilidad para detectar necesidades y atenderlas. Las decisiones que se toman marcan su rumbo y llevan a la continuidad o al cierre.

La librería física es un punto de venta en la cadena del libro y, también, un órgano de mediación: construye relaciones entre libros, lectores y territorio. Su supervivencia depende tanto de las condiciones económicas y políticas, como de la capacidad de quién o quiénes definen sus objetivos.

La multitud de pendientes

Durante este recorrido me surgieron infinidad de preguntas, no las responden las estadísticas: ¿qué es una librería cuando ya no satisface una búsqueda?, ¿quiénes construyen nuestros criterios de lectura y la selección de qué leemos?, ¿qué perdemos cuando cierra una librería de barrio? Pero el cuestionamiento más urgente para mí es ¿quién debe pagar las funciones que la lógica de mercado no cubre? Como el fomento a la lectura y afianzar comunidades.

Las librerías se han ido transformando para atender necesidades en cada momento histórico: pasaron del mostrador al autoservicio, de los mercados callejeros como El Volador a grandes cadenas nacionales, de la curaduría del librero a la competencia con el algoritmo.

Desaparecieron las grandes tiendas físicas para comprar discos: compactos, vinilos o cintas, pero muchos aún disfrutamos de esos formatos, sobreviven espacios para adquirirlos, son rarezas ¿Cuál es el futuro de los libros y las librerías?, es una pregunta vigente desde su nacimiento. El libro y las librerías están vivos, quizá por eso, como la vida, permanecen en tensión ante el caos y la incertidumbre.

AQ / MCB

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