Las nuevas troyanas: Ceuta y el grito de las madres por sus hijos

Lejos de Ítaca

De Ceuta a México y Argentina, las madres convierten el miedo y la ausencia de sus hijos en un reclamo colectivo con raíces milenarias.

Miles de jóvenes marroquíes tratan de cruzar la valla fronteriza con Ceuta. (EFE)
María José Solano
Ciudad de México /
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@mjsolanofranco

Ceuta es una pequeña ciudad española en el norte de África, apenas veinte kilómetros cuadrados encajados entre Marruecos y el mar, una frontera de Europa al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Una ciudad acostumbrada desde hace siglos a vivir precisamente en eso, en la frontera, pero que este verano ha vuelto a sentir todo el peso geográfico de la palabra. Tras las entradas irregulares de cientos de migrantes a finales de julio, la crisis migratoria, la saturación de los centros de acogida y la inquietud por la seguridad han terminado llegando hasta las puertas de los colegios. Ha habido manifestaciones, refuerzo policial, seguridad privada en algunos centros y padres que confiesan tener miedo ante el comienzo del curso. Y en medio de todo eso hay un grito que se repite estos días en Ceuta. Lo pronuncian de un modo especial las mujeres ceutíes de toda edad, tipo y condición que se plantan delante de una cámara o levantan la voz en una plaza llegando siempre al mismo lugar: “nuestros hijos”. Conviene escuchar esas dos palabras porque contienen algo mucho más antiguo que cualquier debate parlamentario.

Porque ese grito tiene una genealogía terrible. Lo conocen bien en México las madres buscadoras que, ante la desaparición de sus hijos y la falta de respuestas, aprendieron a salir ellas mismas al campo, a remover la tierra, a buscar fosas y restos, y que todavía llegan al Zócalo con las fotografías de sus muchachos colgadas al pecho preguntando “¿dónde están nuestros hijos?” Lo conocieron antes las madres argentinas que en 1977 comenzaron a caminar alrededor de la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, después de buscar inútilmente en comisarías, cuarteles, iglesias y ministerios a los hijos que la dictadura había secuestrado y hecho desaparecer. Mujeres distintas, países distintos, tragedias distintas y, sin embargo, la misma palabra atravesándolo todo: hijos. Antes que movimiento político fueron madres buscando. Antes que pancarta hubo un nombre. Antes que consigna, una ausencia.

En la Grecia arcaica existía un territorio de la poesía que pertenecía de manera muy especial a las mujeres: el lamento. Cantaban en las bodas y ante los dioses, pero sobre todo frente a la muerte, la ausencia y el peligro. El improvisado góos era su forma de convertir el dolor en palabra y en advertencia.

Al final de la Ilíada, frente al cadáver de Héctor, hablan Andrómaca, Hécuba y Helena. Y después lloran las troyanas. Los guerreros discuten sobre murallas, honor y derrota. Andrómaca habla de Astianacte, su hijo. De qué será de él ahora.

Por eso llevo días observando a las españolas de Ceuta, de mi país, en las redes sociales. Denuncian su miedo y su inseguridad; calles que han dejado de ser las suyas, colegios a los que temen llevar a sus hijos. No hablan desde el parlamento, sino desde sus casas. Repiten que tienen miedo. Reclaman seguridad, una frontera capaz de cumplir su función y un Estado capaz de garantizar que sus hijos puedan volver a las calles de antes, caminar o sentarse en un parque sin que sus madres teman por ellos. Y lo hacen frente al mismo mar Mediterráneo ante el que las mujeres llevan milenios esperando, despidiendo, llamando, llorando.

Han cambiado muchas cosas desde Homero; el coro griego es ahora una red social y el ágora cabe en la pantalla de un teléfono, pero permanece algo elemental: cuando una comunidad cree que el peligro se acerca a su casa, muchas veces son las mujeres quienes ponen nombre a aquello que los grandes discursos convierten en abstracción. Una madre mirando a una cámara y diciendo “tengo miedo por mi hijo” incomoda al poder porque le obliga a responder a una pregunta muy sencilla: quién nos protege.

Las madres de otros lugares claman, por desgracia, por hijos muertos o desaparecidos. Los buscan en las fronteras, levantan sus fotografías en el Zócalo o siguen pronunciando sus nombres frente a la Casa Rosada. En Ceuta, todavía, el grito llega antes. Tres mil años después, al otro lado del Mediterráneo, las mujeres siguen levantando la voz, pero esta vez no cantan por los muertos. Gritan para no tener que hacerlo.


AQ / MCB

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