Leer o no leer, esa es la cuestión

Lejos de Ítaca

Hay lectores interesados en los clásicos, pero la falta de vocabulario y práctica puede convertir el acceso a esos libros en una barrera.

“Hay lectores entrenados y lectores no entrenados. Y el sistema español hace tiempo que dejó de entrenarles”. (Shutterstock)
María José Solano
Ciudad de México /
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@mjsolanofranco

La polémica a la que me refiero en este artículo surgió hace unas semanas en las redes sociales en torno a una muchacha, su vídeo de Youtube y un clásico de la literatura: Cumbres borrascosas. Ella quería probar a leer el libro después de ver la adaptación en el cine. Un gesto casi inocente; acercarse a una obra canónica por curiosidad, por contagio cultural, por estar en la conversación. Nada heroico. Leer, simplemente, leer.

​El video de esta youtubera (por ahí anda todavía, dando vueltas en las redes) es revelador. El problema no es el sentido, sino el exceso de mediación. La supuesta lectora confiesa delante de la cámara, incluso con inocencia, que cree entender más o menos lo que cuenta la novela, pero que lo que no entiende es cómo se cuenta. Confiesa, la pobre chica, que tropieza en cada página con palabras como “antonomasia”, “estrépito”, “indicio”. Unos términos que no son tecnicismos de laboratorio, sino palabras más o menos normales, lengua culta de andar por casa, de esa que hasta hace no tanto usábamos en el día a día y no hacían sudar a nadie. Lo que expresó la youtubera no fue rechazo ni desprecio a los clásicos. Fue, sencillamente, desbordamiento. No fallaba en ella la inteligencia ni la voluntad. Fallaba el andamiaje léxico.

El llamado “clásico” es hoy, para la mayoría de los estudiantes, una especie de objeto hostil. No antiguo. No difícil. Hostil. Y no porque sea violento o ideológicamente incómodo, sino porque habla otra lengua dentro de la misma lengua. De ahí la frase tan reveladora de la influencer: “hay gente que ya ha leído cosas antiguas, pero yo no”. Hay lectores entrenados y lectores no entrenados. Y el sistema español (educativo, cultural y mediático) hace tiempo que dejó de entrenarles. La consecuencia es que hemos terminado prefiriendo la comodidad al esfuerzo, el resumen al matiz, la sinopsis al texto.

Lo verdaderamente inquietante del video desde mi punto de vista, es cuando la joven concluye: “Pensé que este librito me lo leería en nada… y resulta que necesito un diccionario al lado”. Ese “en nada” lo dice todo. La lectura ha dejado de ser un acto de demora para convertirse en una expectativa de consumo rápido, como una serie de ocho capítulos o un video de treinta segundos.

Yo me temo, queridos padres, tutores, profesores, prescriptores, que esta situación no va contra la novela decimonónica, ni tampoco contra Cumbres borrascosas. Ni siquiera va contra los clásicos de la literatura. Va sobre una generación a la que no se le ha dado tiempo, palabras ni paciencia para entrar en los libros. Y la paradoja final (la más triste) es esta: la lectora youtubera sí quería leer, pero sentía que había algo que no la dejaba pasar.


Entre otros libros, es autora de La RAE para lectores curiosos (Almuzara, 2026)

AQ / MCB

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