Leonardo Favio, el cineasta, en la Cineteca Nacional

Cine

Leonardo Favio llevó a la pantalla la pobreza, el folclor, los sueños y las frustraciones del pueblo argentino. Cuatro de sus películas llegan a la Cineteca Nacional.

El director, guionista, actor y cantante Leonardo Favio. (Instagram @inamuargentina)
Ana Quintanilla
Ciudad de México /
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Para Julieta

“Ser poco conocido es el destino del cineasta latinoamericano. A pesar de que tenemos las mismas angustias, no nos conectamos entre pueblos y el cine tiene problemas de exhibición”, dijo el artista argentino Leonardo Favio (Las Catitas, Argentina, 1938) en una entrevista en 2002, cuando estaba a punto de arrancar su primera gira por México en 18 años. Favio, quien tuvo gran fama como cantante en toda América Latina, fue también un reconocido director de cine, pero por diversos obstáculos, propios de la industria cinematográfica, sus películas no tuvieron, fuera de su país, el mismo éxito que baladas románticas como “O quizás simplemente le regale una rosa” y “Fuiste mía un verano”.

Pero para Favio era tan importante filmar que en Argentina se popularizó la idea de que mantenía su carrera como cantante para poder financiar sus películas. Él lo negó: “Canto porque me gusta. Ahora, si eso me produce mi dinero, bueno, lo invertiré en mis películas o en lo que a mí me interese”. De cualquier forma, su trayectoria en el cine comenzó primero. Favio había tenido experiencia como actor en películas como Dar la cara (José Martínez Suárez, 1958) —un clásico del cine argentino— y estrenó su primera cinta como director, Crónica de un niño solo, en 1965. Fue el inicio de una filmografía que se extendió a lo largo de más de cuatro décadas en la que retrató el folclor, la realidad y la idiosincracia argentina, filmografía de la que fueron seleccionadas cuatro obras representativas para conformar la muestra Leonardo Favio en la Cineteca Nacional.

Aunque inspirada en sus vivencias, Leonardo Favio aseguraba que Crónica de un niño solo no era la historia de su niñez, pues la suya, decía, había sido “una niñez feliz, en un marco de mucha pobreza, de mucha humildad, pero con esa linda felicidad”. De niño, su inestable núcleo familiar lo orilló a pasar su tiempo en las calles, meterse en problemas y eventualmente en reformatorios, ambiente que recrea en Crónica de un niño solo. El protagonista, Polín, vive en un asilo, donde a los niños no se les cuida ni se les educa, se les vigila, tal y como retrata Favio con aquellas distantes tomas cenitales que, desde el comienzo de la película, convierten al espectador en frío vigilante. Incluso cuando vemos a los niños en su tiempo libre y jugando, las secuencias de planos repetitivos y cerrados reflejan cómo el castigo no es sólo privarlos de la libertad, sino de la infancia. Pero incluso cuando Polín logra escapar del asilo, no logra escapar de la violencia de una sociedad opresiva y autoritaria que no cobija a la niñez.

“Cuando yo estuve internado era la época de [Juan Domingo] Perón, donde quien golpeaba un niño iba preso. Donde nos alimentaban. Caída esa forma de gobierno, donde comprendían al niño y sabían el valor de la niñez, comienza esa otra etapa, la etapa de Polín, y yo sí quise remarcarlo, porque era otro mundo”, explicaba Favio en entrevista con el Canal 7 de Argentina. Buscaba denunciar la realidad de aquel presente, entre dictaduras y mostrar también, en las escenas en las que Polín vuelve a su barrio, la posibilidad de una sociedad que actuara como comunidad. Sin embargo, decía, “finalmente son personajes que no escapan a su destino. Están obstinadamente perseguidos por la frustración. Polín no es un chico triste, por lo general no están tristes. Pero es como un estilo de vida, no conocen otro mundo”.

Fue su madre quien lo acercó a la posibilidad de otro mundo. Actriz y escritora de radio, Laura Favio consiguió que actuara en pequeños papeles de radioteatro, donde comenzó a cultivar su pasión por las ficciones antes de dar el salto al séptimo arte. El radioteatro era, además, un formato de gran popularidad en la Argentina de aquel entonces, que se alimentaba de las tradiciones, el folclor y la cultura popular.

Basada en el radioteatro homónimo de Juan Carlos Chiappe, Nazareno Cruz y el lobo (1975) aborda el mito guaraní sobre el luisón o lobizón, un séptimo hijo varón que, en la adolescencia, comienza a transformarse en una especie de hombre lobo. Nazareno, rechazado desde la infancia por ser séptimo hijo varón, se encuentra con El Poderoso, un diablo gaucho interpretado por Alfredo Alcón, quien le ofrece grandes riquezas y la posibilidad de escapar de su maldición si renuncia al amor, pues se convertirá en monstruo —cuando salga la luna llena— una vez que se enamore. “Más que una adaptación de Nazareno, mi película quiere ser un homenaje al radioteatro y, en especial, a ese maestro de lo popular que es Chiappe”, dijo Favio en una entrevista el día del estreno. Con una estética característica de los años setenta y una gran carga visual y sonora, Nazareno es un espectáculo popular en el sentido estilístico, a la vez que traslada a la pantalla al imaginario y folclor indígena del norte de Argentina. “Así fue que empezó este cuento, que el diablo contó a mi abuelo y cómo él me lo contó… yo se lo cuento”, establece un narrador en off desde el inicio de la película, y la establece como una historia transmitida de generación en generación, más que por una familia, por un pueblo. Pero lo popular se encuentra también en la decisión de Nazareno, el amor por encima de las riquezas y a pesar de la condena, una decisión que reflejaba los ideales peronistas de Favio, quien entendía el amor al prójimo como el motor revolucionario de aquel movimiento político. Con casi 4 millones de espectadores, Nazareno Cruz y el lobo mantuvo durante décadas el récord de taquillas en Argentina.

Su siguiente película, Soñar soñar (1976), protagonizada por dos estrellas, el cantante Gian Franco Pagliaro y el campeón mundial de boxeo Carlos Monzón, cuenta la historia de Carlos, un empleado municipal (Monzón) que conoce al Rulo un artista viajero (Pagliaro) y abandona su vida para irse con él a Buenos Aires y cumplir su sueño de ser artista. Carlos, ingenuo, y el Rulo, desvergonzado, tienen en común, más que su gusto por el espectáculo, el ser víctimas de sus miedos. Estrenada una semana después del golpe de Estado de marzo de 1976 y prohibida a los pocos días, Soñar soñar, fue rechazada por la crítica y el público del momento, y aunque hoy se le considera de culto, fue quizás este rechazo inicial lo que motivó a Favio a decir que esta era, de sus películas, la que él más quería.

La dictadura militar llevó a Leonardo Favio a exiliarse primero unos meses en México, y después varios años en Colombia, tiempo que dedicó a su carrera musical. Regresó a la Argentina en 1987.

Después de casi dos décadas lejos del cine, Favio estrenó Gatica, el Mono (1993), película biográfica sobre el boxeador argentino José María Gatica, quien peleó por el título de campeón mundial de los pesos ligeros el 5 de enero de 1951 contra el estadounidense Ike Williams en Nueva York, pero perdió por nocaut en el primer asalto. La cinta yuxtapone la trayectoria de Gatica, activo de 1945 a 1953, con el primer y el segundo mandato de Juan Domingo Perón, a través de una narrativa de ascenso y caída y un montaje que utiliza material de archivo de manifestaciones en favor de Perón y del golpe militar de 1955. Pero Favio va más allá de hacer una metáfora sobre el político, sino que usa la figura popular de Gatica para reflejar el sentir de la gente. “Yo quiero mucho a la gente de Buenos Aires, la amo”, afirmaba Favio, “y es bullanguera, gritona, pero detrás de todo eso se esconde un gran tímido. El porteño es muy tímido pero muy solidario… Y él sintetizaba toda una época. Él llega con la época del peronismo, y cuando cae, cae con el peronismo, pero de la manera más estrepitosa. Junto con el dolor de todo ese pueblo, el dolor de todo ese pueblo estaba en Gatica. Que uso como lápiz para plantear una realidad que nos dolía a todos”.

El cariño que expresó Leonardo Favio por el pueblo argentino fue el mismo que recibió. Fallecido el 5 de noviembre de 2012, se convirtió en uno de sus grandes ídolos populares no sólo por los éxitos musicales que lo colocaron junto a figuras como Palito Ortega y Leo Dan, sino por aquellas películas que el resto de América Latina todavía tiene la gran oportunidad de descubrir.

El ciclo Leonardo Favio se presenta en la Cineteca Nacional del 24 al 26 de julio, con las películas ‘Crónicas de un niño solo’, ‘Nazareno y el lobo’, ‘Soñar, soñar’ y ‘Gatica, el mono’.

​AQ / MCB

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