A Luis Fernando Ortega, diseñador de libros
La noción salió a flote durante una conversación virtual donde participamos María Negroni, Esther Peñas, Hernán Bravo Varela y el que esto escribe. Se trataba de tejer entre los cuatro una red de acercamientos a La fiesta hermética —recientemente publicado por las editoriales Vaso Roto y Alquimia—, un libro escrito al alimón entre María y yo, a lo largo de casi diez años. La charla derivó hacia otras latitudes, más encaminadas hacia el libro en cuestión. Sin embargo, algunas preguntas quedaron en el aire, como a la espera de una posible respuesta. ¿Qué características debe tener un libro inclasificable para ser considerado plausible de incorporarse a esta categoría? ¿Dónde reside la diferencia con los libros que de manera convencional se reúnen en los estantes de las librerías bajo los rubros más claramente identificables? ¿Qué antecedentes podríamos encontrar en el pasado reciente? ¿En el pasado remoto?
Tal vez habría que comenzar por decir lo que no es un libro inclasificable, aunque existan elementos que pueden invitar a considerarlo como tal. Pienso, por ejemplo, en El Manuscrito Voynich, del siglo XV, el más misterioso de todos y sobre el que existe una amplia y bien documentada información en la Wikipedia. Un libro que a pesar del trabajo de numerosos eruditos y especialistas en criptografía permanece indescifrable. Es decir que no es posible saber de qué trata, en qué lengua está escrito, ni quién es o quiénes son los autores de su extraña caligrafía y de sus asombrosas ilustraciones. Menos abstruso, en 1981 apareció el Codex Seraphinianus, una obra del artista italiano Lugi Seraphini quien, seguramente inspirado por el Voynich, llevó a cabo su propia enciclopedia de un mundo imaginario en once capítulos. Sobre esta empresa el propio Serafini ha declarado que no existe un significado oculto en el Codex y que lo que pretendía era que su alfabeto “trasmitiese la sensación que tienen los niños al sentarse en frente de un libro que todavía no pueden entender, a pesar de que ven que su escritura tiene sentido para los adultos”. Puedo imaginar a algún joven y esforzado librero ingeniándoselas para colocar cualquiera de estos dos libros en el anaquel adecuado. Quizá, supongo, pondría el primero entre las enciclopedias y el segundo en la repisa de los libros de arte.
(Por cierto, algo muy distinto es en este contexto el libro de artista, concebido casi siempre por un pintor o un artista visual. Aquí, entre otras particularidades, lo que destaca es la libertad con la que el objeto que llamamos libro experimenta singularísimas metamorfosis de forma y de fondo. El papel, su soporte tradicional, puede desaparecer y ser sustituido por los más diversos materiales —vidrio, lámina, cera—, adoptando formatos no lineales y un carácter multisensorial, convirtiendo al lector-espectador en un participante activo y al libro en una pieza única. Libros cuyo destino está estrechamente ligado al ámbito de los museos y las galerías.)
Luego de esta digresión me pregunto: ¿Alguien colocaría un libro tan conmovedor como La cruzada de los niños de Marcel Schwob entre los libros de historia? ¿Sus Vidas imaginarias en el estante de las biografías? Entre nosotros, Juan José Arreola, confeso aprendiz del autor francés, designó como “varia invención” a cierta clase de escritos cuya naturaleza híbrida les impide ser clasificados con ligereza. Un rótulo nada desdeñable que bien podrían poner en práctica nuestras librerías. Imagino entonces, ocupando con felicidad ese nuevo librero a volúmenes como Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Alquimia de tendejón, de Charles Simic, El libro de los venenos, de Antonio Gamoneda, Hombres en sus horas libres, de Anne Carson, Latente, de Menchu Gutiérrez, Avistamiento del fantasma, de Francisco Hernández y Bruno Darío, el Diario de poemas incómodos, de Kenia Cano, o la trilogía de María Negroni compuesta por Elegía Joseph Cornell, Objeto Satie y Archivo Dickinson.
No serían, por supuesto, los únicos. Hace unos días, en los pasillos de una librería, me llamaron la atención un título, Blanco, y una bella portada. No se trataba de aquel extenso poema de Octavio Paz, el más experimental de todos los que escribió, y que se titula precisamente así: Blanco. La autora de este libro es la surcoreana Han Kang, tan publicada ahora por haber recibido el Premio Nobel de Literatura (2024) y mejor conocida por sus novelas. Al abrirlo, al hojearlo, el libro me sedujo por la sobriedad de su diseño que corresponde al laconismo de su escritura. Compuesto por tres capítulos: “Yo”, “Ella”, “Todo lo blanco” y una serie de fotografías que se intercalan a lo largo de sus páginas, el libro es el resultado de un íntimo ritual que llevó a cabo la autora para compensar una ausencia, para sobrellevar un duelo. El color blanco es el eje de cada uno de los brevísimos textos que lo componen, titulados casi invariablemente con una sola palabra: “Cenizas”, “Sal”, “Aliento”. ¿Poemas en prosa? ¿Fragmentos de una novela que brilla por su ausencia? ¿Oraciones que apenas se animan a interrumpir el silencio? “Deseé terminar sin falta este libro, tuve la sensación de que el proceso de escribirlo traería consigo un cambio en mi vida”, escribe Han Kang. Un libro inclasificable, tal vez.
AQ / MCB