“Quiero darle al cine una tercera dimensión”: Liliana Villaseñor, cineasta

Entrevista

La cineasta y diseñadora de sonido Liliana Villaseñor conversa sobre su participación en ‘El último azul’, una distopía de Gabriel Mascaro filmada en la Amazonia.

Liliana Villaseñor, cineasta mexicana. (Foto: Laid Arisai / AMACC)
Ciudad de México /
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Liliana Villaseñor (Ciudad de México, 1990) aprendió a escuchar para sobrevivir en el mundo del cine, pero al mismo tiempo comprendió que el sonido es otra forma narrativa de una película. “Soy una cineasta, sonidista, a la que le encanta el sonido con efectos narrativos”, se retrata en Laberinto. Ya ganó su primer Ariel en 2024, por su trabajo en el equipo de sonido de la multipremiada ópera prima del director de escena Diego del Río, Todo el silencio, con Miguel Hernández y Mario Martínez. Acaba de ser nominada a otro por el sonido directo de una película internacional, El último azul (O Último Azul), distopía del brasileño Gabriel Mascaro sobre la travesía de una anciana por el Amazonas, que desafía a un gobierno despótico que recluye a los viejos en una colonia. El filme, ganador en 2025 de tres reconocimientos en la Berlinale, incluyendo el Oso de Plata, y a Mejor Película de Ficción Iberoamericana en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, aspira a siete Arieles, uno para el equipo de sonidistas integrado por Villaseñor, Arturo Salazar, María Alejandra Rojas y Vincent Sincereti, nominados también al Prêmio Grande Otelo do Cinema Brasileiro.

La ceremonia del Prêmio Grande Otelo do Cinema Brasileiro se celebrará el 4 de agosto en Río de Janeiro, mientras que la 68 edición del Ariel se llevará a cabo el 3 de octubre.

“Soy cineasta desde hace varios años, y a través de recomendaciones he conseguido mis trabajos. Lo hicieron con el productor uruguayo Sandino Saravia Vinay y él me dijo: ‘Hay una película en Brasil, en el Amazonas. ¿Vas o no vas?’ Le respondí: ‘Va’ ”, cuenta Villaseñor.

¿Dónde empieza el trabajo del sonidista en una película?

Cuando empiezo a leer un guion, imagino cómo suena. Después hablo con el director para ver si lo que imagino es lo que piensa. Poco a poco, tratamos de recolectar los sonidos que necesitamos para hacer eso, y más tarde pasárselo al departamento de postproducción de sonido. Defiendo que el sonido de una película empieza en el guion.

Al analizar el guion, ¿cómo recopila sonidos cuando se supone que es sonido directo?

Me gusta decir que hay dos tipos de sonidistas: el que viene de la ingeniería del audio y el que viene del cine. Los sonidistas que venimos del cine somos cinesonidistas. Se trata de buscar una aproximación narrativa a través del sonido para encontrar una propuesta sonora.

¿Cómo pasa una sonidista de un ambiente de sordera y urbano, como en Todo el silencio, a uno natural, donde todo genera sonidos como El último azul?

Más que entender el lugar hay que entender la película. Todo el silencio pasa en una ciudad, pero lo que en realidad sucede es que los sonidos se están perdiendo. El último azul es la historia de una mujer de la tercera edad que se está descubriendo, una especie de coming of age. Dentro de este descubrimiento interno hay también un descubrimiento de todo su exterior, del Amazonas, de los pájaros, del río. Entendiendo el corazón de la película, entendiendo el corazón del personaje, es como uno puede encontrar la propuesta de sonido.

Estudió en el Taller Cinematográfico de Mantarraya (hoy EsCine) y en la Facultad de Ciencias Política y Sociales de la UNAM. ¿Por qué se inclinó por el sonido?

Llegué al sonido por una cuestión práctica. Como todo estudiante de cine, quería ser directora, todavía quiero ser directora [ya ha realizado los cortometrajes Amanda y Llueve], pero uno tiene que trabajar para sobrevivir. Me incliné por el sonido y me quedé en esta área porque descubrí las posibilidades narrativas del sonido. Eso me abrió un mundo diferente. Para mí, la película tiene tres dimensiones: lo que ves, lo que escuchas y lo que cuentas. Eso no hubiera podido entenderlo en la escuela de cine.

¿En qué película se inició en el sonido y qué le enseñó ésta?

Fue una de Julio Hernández Cordón. Fui microfonista y aprendí muchas cosas técnicas. Pero la que realmente me enseñó cómo debería ser el sonido cinematográfico fue la guatemalteca Roza (2022), de Andrés Rodríguez. Fue mi primera película en el extranjero, que, además, hice completa: el sonido directo, el diseño sonoro, y la acompañé de principio a fin. Aprendí a entender el sonido como literatura y que el sonido tiene puntos de vista: puede ser lo que el personaje escucha, lo que el espectador escucha, y, a través de eso, potenciar lo que la imagen enseña, porque muchas veces se queda corta y necesitamos el sonido para entender la historia.

A partir de entender así el sonido, ¿quién es su principal aliado en una producción?

Como mucha gente no está sensibilizada con la parte sonora de su vida cotidiana ni de una película, no entiende que el sonido es importante. Un sonidista debe hacerse amigo de todas las personas posibles para hacer bien su trabajo. Si al director no le interesa el sonido de su película, no hay posibilidades. Pero más allá de lo obvio, que sería el director, hacerse amigo de la gente del vestuario es muy importante, porque generan demasiados problemas. También hay que hacerse amigo del departamento de arte para conciliar ideas. Concibiendo el cine como un trabajo en equipo, hay que ser amigo de la mayoría de las personas.

¿Por qué el vestuario genera demasiados problemas al sonido?

La ropa deportiva está hecha de acrílico. Cuando uno la talla, suena sin micrófono. Cuando tiene micrófono escondido, evidentemente suena, y eso va en perjuicio de los diálogos. Si tu personaje trae collares o aretes, cuando se mueve, estos collares y aretes golpean el micrófono. Muchas veces hay que decir: “Tal vez para esta escena sea más importante que no traigan tantos collares para que se escuchen bien los diálogos”. Cada uno debe ceder su ego para que la película llegue a su máximo esperado.

Regreso al Amazonas. Ahí todo genera sonidos que no se pueden controlar. ¿Qué ajustes tuvo que hacer para mantener su concepción del sonido como narrativa en El último azul?

Lo que se me hizo más impresionante fue cómo sonaba la selva. Estábamos en un barco, y el barco sonaba. Lo más difícil fue grabar en barcos. Sin embargo, lo obvio, ¿dónde está el exterior? El exterior estaba en los pájaros, en el viento, en los árboles. Todo lo que fue la flora, más que el río o los animales, todo lo que tenía que ver con los árboles, era muy bonito. Intenté registrarlo lo más que pude. Terminábamos un día de trabajo y pedía dos minutos para grabar el entorno. No sé si era porque estaba maravillada por ser extranjera, pero mi concepción era que todo suena muy bien. Acompañado con la música y lo que hicieron en voz, se recuperó toda la ecósfera.

¿Se sentía como en Fitzcarraldo?

El Amazonas está hecho para destruirte, entre los mosquitos y todo eso... Fue muy intenso.

Ha dicho que un sonidista necesita mantenerse abierto a otras disciplinas para entender su trabajo. ¿Cómo se nutrió de otras disciplinas para entender el sonido en el Amazonas?

Primero fue lo físico. Un año antes grabé en Cancún, en una reserva ecológica al sur de Tulum. Aprendí, por ejemplo, la importancia de la vitamina B contra los mosquitos y de estar hidratada antes de llegar. Físicamente, me preparé para llegar al Amazonas. Tome muy en cuenta las vacunas. Pero algo que me pasó antes de entrar a El último azul es que vi muchas películas brasileñas, como Ciudad de Dios o Viajo Porque Preciso, para empaparme. También me puse a ver las películas de Gabriel Mascaro, como Toro neón, para entenderlo un poco más.

Cuando vio la película ya concluida, ¿qué le decía el sonido a usted como espectadora?

Espero que a mis compañeros de otras disciplinas les pase lo mismo. Cambió en relación a la película que grabé. La vi y dije: ¡Qué bien quedó!”. Sobre todo, porque ahora pude entenderla un poco mejor, los subtítulos me ayudaron. Y, además, dije: “¡Órale, qué bien suena!” Quizás es falta de confianza, pero a veces digo: no puedo creer que quedó bien.

Recuerdo al mexicano Gonzalo Gaviria, que formó parte del equipo que ganó el Oscar a Mejor Sonido por El exorcista en 1973. ¿A qué atribuye que el sonido esté relegado en México?

Tiene un poco que ver con una época en la cual el cine mexicano dejó de tener mucha atención. Cuando volvió a tener éxito, lo más fácil de entender fue la imagen. Esto coincidió con la renovación de la sala THX de los Estudios Churubusco, que se convirtió en la sala de mezcla de América. Latina. Como en Todo el silencio, no nos preguntamos qué pasará el día en que dejemos de escuchar.

Eso mismo nos ha hecho relegar la parte auditiva, incluso de nuestra cotidianeidad. No nos hemos puesto a pensar que, al menos en México, nos comunicamos a través del sonido. Los tambores, los que gritan colchones, refrigeradores, los tamales oaxaqueños, todo eso lo entendemos a través del sonido, pero nos cuesta trabajo materializarlo. Eso se traslada al cine mismo, al sonido cinematográfico. Pero creo que ya hay directores que tienen mejores propuestas sonoras y vamos hacia adelante. No hay que olvidar que nosotros hicimos Sound of Metal [ganadora del Oscar a Mejor Sonido en 2021 para un equipo en el que estuvieron los mexicanos Michelle Couttolenc y Carlos Cortés].

Sin ánimo de sexismo, pero, después de décadas de que las mujeres en México estuvieron relegadas o ignoradas en áreas técnicas del cine, ¿qué diría a aquellas que quieren estudiar cine?

Para empezar, si eres hombre o mujer, no debes de temerle a un trabajo técnico, porque puede ayudarte a entender el potencial del cine a través de otro punto de vista. Eso, de entrada, se lo diría a cualquier gente. Cuando empecé, no vi muchas mujeres sonidistas. Siempre digo que yo no sería la persona que soy si antes no hubiera existido Isabel Muñoz Cota. Quizás el hecho de mi existencia hace que haya otra persona que pueda imaginarse en un trabajo técnico. Es un trabajo físico muy duro, pero también es muy bonito. Si Isabel pudo hacerlo, si yo puedo hacerlo, las próximas generaciones de mujeres podrán hacerlo, sobre todo porque cada vez hay más crews hechos por mujeres, y eso hace mucha diferencia.

Ya ganó un Ariel, está nominada a otro, y también a un Otelo, en Brasil. El último azul ganó tres reconocimientos en la Berlinale. ¿Cómo se siente por tantos reconocimientos por una película?

Para los Otelo y los Ariel ahora estoy nominada, y eso ya es un reconocimiento. Ser nominado por una academia cinematográfica es algo muy importante, porque significa que tu gremio te está validando. Y que te esté validando una academia cinematográfica extranjera hace que tu trabajo se sienta doblemente mejor. Finalmente, no llegué a Todo el silencio con la idea de ganar premios. Pero está sucediendo y eso es muy bonito. Hay que hacer una película por el placer de hacer cine. Cuando esto se reconoce, llegan los premios.

Y cuando vio por primera vez el guion de El último azul, ¿qué pensó de esa historia distópica, pero que ocurre en la realidad, en la que se relega o segrega a los ancianos?

Me llegó por el simple hecho de que soy millennial mexicana. Nosotros éramos el fondo demográfico y nadie ha hecho nada por nosotros. Siento que lo que pasa en la película ocurrirá con mi generación cuando lleguemos a esa edad: nos van a desechar. Cuando leí el guión, dije: “Esto es como un coming of age”. Qué bonito poder descubrirte a ti mismo a la edad que sea, no solo a los 16 años, sino a los 66.

¿Para qué película le habría gustado hacer el sonido?

Me hubiera encantado estar en el equipo de trabajo de Zona de interés [Glazer, 2023]. Me voló la cabeza. Tiene una gran propuesta sonora para tratar una historia que hemos visto mil veces de todas las formas posibles. Cuando ves esa película, te das cuenta que pueden existir dos películas: la que ves y la que escuchas. Si tú le quitas el sonido a Zona de interés, estás viendo la película de una familia burguesa que no tiene latitud. Además, no ves el campo de concentración; lo escuchas. Es a través del sonido que escuchas los horrores y entiendes las decisiones de los personajes.

Siguiendo con esa línea, pienso en la película de Alejandro Amenábar, Tesis, en la que hay muchas cosas que no ves, pero que imaginas por el sonido. Ese es el verdadero uso del sonido: darle al cine una tercera dimensión. La mayor parte de los cineastas, de los productores, piensa que el cine es música. Y no: el cine tiene más posibilidades.

¿Regresaría a un ambiente como el Amazonas?

Claro que regresaría. Ya hasta me metí a clases de portugués. Quiero conocer toda América Latina. México ve siempre lo que hace Estados Unidos. Tratamos de imitar el cine estadunidense cuando el cine latinoamericano es más cercano a nosotros. Yo he ido a hacer películas a Guatemala y a Brasil, y me gustaría explorar los ambientes sonoros de Chile, Uruguay, Costa Rica.

¿Qué le deja El último azul a Liliana Villaseñor?

El último azul es la película que me dio mucha confianza como profesional, me ayudó a crecer. Todo el silencio es la confirmación conceptual y tópica que tengo sobre el sonido cinematográfico: me confirmó que el sonido empieza con el guión. En cinco años espero hacer una película que confirme mis nuevos pensamientos sobre el sonido, y dirigir una película donde pueda poner en práctica todo lo aprendido.

¿Quién es en este momento Liliana Villaseñor?

No lo sé. Soy una cineasta, sonidista, a la que le encanta el sonido con efectos narrativos. Me gusta que la gente me vea como Liliana Villaseñor, cineasta, especialista en sonido. No como Liliana Villaseñor, la mujer sonidista.

¿Y qué hay del silencio? El silencio a la manera de cómo se presenta en Pedro Páramo.

El silencio es también una construcción social. Siempre pregunto a la gente: “¿Cómo suena tu silencio?” Porque el silencio es demasiado potente cuando estás triste y a veces el silencio no existe cuando eres feliz.

AQ / MCB

  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.

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