Lo poético pero amenazado

Toscanadas

La gran literatura rehúye la obviedad y rompe con el lugar común; revela la dimensión moral y estética de la experiencia humana.

El escritor László Krasznahorkai. (EFE)
David Toscana
Ciudad de México /

A Gonçalo M. Tavares le otorgaron el Premio Formentor, y entre los motivos del jurado hay una frase magnífica: “Por la osadía con que ha construido una narrativa ajena a las tentaciones de la obviedad”. No solo está muy bien dicho para referirse a Tavares, sino que cada escritor habría de tomarlo como un mandamiento.

Cuando a László Krasznahorkai le concedieron el Premio Nobel, Mauricio Montiel publicó un texto de lector superior. Contenía frases sabias y bellas sobre el escritor húngaro, como que “expone una individualidad en pos del grito que fracture el silencio impuesto por la historia y la política” o que ofrece “auténticas arquitecturas del abatimiento, pero también destellos de una compasión que no se sacude la crueldad, sino que en buena medida nace de ella”, que sus libros nos obligan “a contemplar la descentralización del yo, la caída paulatina hacia lo inasible, lo posible pero horroroso, lo poético pero amenazado”. Y quien haya leído a Krasznahorkai sabe que es así.

Montiel termina diciendo que el flamante Nobel nos enseña “por medio de la palabra, lo indecible, lo que tiembla bajo la apariencia de lo cotidiano”; confirma “que la distopía no es mañana sino hoy y que el monstruo de proporciones cetáceas vislumbrado por Herman Melville no tiene que venir de fuera sino que está dentro, en lo que heredamos y lo que olvidamos, en lo que callamos y lo que nos negamos a ver. Ahí reside la profundidad de László Krasznahorkai, su tenebrosa bondad, su luz improbable, su prodigioso lirismo de ruina”.

Cuando los suecos dieron el Nobel a su compatriota Imre Kertész, dieron como motivo: “una escritura que defiende la frágil experiencia del individuo ante la bárbara arbitrariedad de la historia”.

Ligar una serie de aplausos verbales a la obra de grandes autores ha de darnos buena idea sobre los ladrillos con los que se construye la alta literatura.

Ya cité en estas páginas a Longino, quien dijo que para alcanzar lo sublime en las letras, lo primero y más importante es “el talento para concebir grandes pensamientos”. También es lo más difícil. Para muchos, la obviedad no es una tentación de la que se pueda huir; es lo que lleva en su alma quien se ha criado en el lugar común.

En una crítica a la novela sobre crímenes a la que recurren tantos autores sin grandes pensamientos, Simon Berkovits dijo: “Una novela no es para buscar al asesino; es para encontrar al hombre”.

El oficio del buen escritor es el mismo que el del filósofo, ocupándose de todas las facetas del ser humano, pero llevando la obra más allá, e incluyendo siempre una visión estética del mundo.

Montiel dice que en Krasznahorkai “lo grotesco no es ornamento sino revelación de lo que permanece oculto: la descomposición moral, la traición muda, la soledad de los que aún creen en algo y sueñan en medio de la devastación”.

La barra está alta. ¿Quién se anima a saltar?

AQ / MCB

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