Los Folkloristas cumplen sesenta años de trabajo independiente e ininterrumpido. Fieles a sí mismos, lo celebran en el Palacio de Bellas Artes, mirando con orgullo hacia atrás y con esperanza y emoción hacia adelante. Su raíz está viva y floreciente, sembrada en un público que abarca varias generaciones. Desde su fundación, a principios de 1966, mantienen la misma línea porque saben que el folclor no es moda y que la música que interpretan es cultura.
Actualmente, el grupo está integrado por Diego Ávila, Olga Alanís, Enrique Hernández, Omar Valdés, Valeria Rojas, Sergio Ordóñez y Allan Ibarra. Son los continuadores de cincuenta hombres y mujeres que convirtieron su gusto por la música de México y América Latina en una leyenda viva.
Diego Ávila abre la conversación. Su voz es dulce y su manera de hablar recuerda a su padre, “Pepe” Ávila, uno de los fundadores de Los Folkloristas y quien se sabía de memoria y de corazón el repertorio musical y el anecdotario: “La esencia del proyecto original no ha cambiado. Seguimos difundiendo nuestras raíces, nuestra música, nuestra cultura de la forma más honesta que podemos con profundo respeto y cariño. El grupo se va adaptando a las personas que lo integran, los elementos que entran, quienes están, los que salieron… Nuestras manos nos definen y, como el folclor está vivo, descubrimos nuevos ritmos, nuevos instrumentos, y eso nutre nuestro conocimiento musical y el repertorio”.
En 1986, cuando cumplieron dos décadas, Los Folkloristas dejaron claro por qué cantaban: “Porque con este canto y esta música que hacemos nuestra recuperamos también la memoria y la historia de nuestra gente. Porque con el mismo barro con el que amasaron nuestros abuelos sus dolores, modelamos la garganta de un Nuevo Canto. Porque con este cuestionamos el presente y soñamos el futuro”.
Con su primera guitarra, Sergio Ordóñez interpretaba canciones de los Beatles. Su mamá, mujer de hermosos ojos grandes, no quería que se hiciera roquero y empezó a llevarlo a los conciertos de Los Folkloristas. Años después lo vio con el poncho de Los Folkloristas bien puesto y recibir, junto con el grupo, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Tradiciones Populares en 2015.
“Además de folclor, cantamos a Víctor Jara, a Violeta Parra, clásicos del Nuevo Canto, pero recientemente hicimos nuestra versión de Latinoamérica de Calle 13”, dice Ordóñez. “Es importante interpretar cosas nuevas y hacer que los jóvenes reflexionen y se sientan orgullosos de pertenecer a una cultura mestiza. La letra nos convenció: ‘El que no quiere a su patria no quiere a su madre. Somos América Latina, un pueblo sin piernas, pero que camina’.
“El montaje de esta pieza fue un gran reto. Grabamos en estudio el CD de los cincuenta años del grupo. Pensábamos que sería casi imposible tocarlo en vivo por la cantidad de instrumentos que requiere, más de cuarenta: de Perú, Bolivia, Brasil, México, Venezuela, Argentina, Colombia… Diego hizo un arreglo especial”.
A principios de los años sesenta, un grupo de jóvenes se reunía en el café cantante de Salvador Ojeda. Cantaban y se pasaban la guitarra. Tocaban rumbas, zambas, jarocho, andino, mariachi. Había ingenieros, arquitectos, estudiantes, amas de casa. El periodista Jorge Saldaña, quien era parte del grupo inicial, los invitó a su programa de televisión, Anatomías. Poco después se presentaron en Casa de la Paz bajo el nombre que los cobijaría: Los Folkloristas. Eran casi una veintena entre los que estaban El “Negro” Ojeda, “Pepe” Ávila, René Villanueva, Gerardo Tamez, María Elena Torres, Rubén Ortiz, las hermanas Milla y Rosa Elena Domínguez.
Su dotación instrumental era mínima: algunos tambores, guitarras y quenas. En 1967 se unieron al grupo Héctor Sánchez con un arpa y Adrián Nieto con su violín. Actualmente, su acervo es un museo ambulante: tienen y tocan poco más de trescientos instrumentos.
Hace diez años el grupo montó música indígena de San Luis Potosí, tocada con instrumentos miniatura: una arpita, el cardonal, una guitarra que no mide más de veinte centímetros, y el ravel, un violín de 25 centímetros, acompañados de un cascabel y una sonaja. Cuando Cristina Pacheco conversó con ellos pudo mirar de cerca el ravel. Preguntó de qué madera estaba hecho, cuánto pesaba y se admiró que algo tan rústico produjera sonidos tan hermosos.
Enrique Hernández cuenta que, en Tancanhuitz, San Luis Potosí, quiso comprar un violín tradicional. Un señor le ofreció el suyo diciéndole: Es que no tengo pa’ comer. Y hace la siguiente reflexión: “Qué padre que tenemos instrumentos, pero hay que ver la condición social de los campesinos. Los Folkloristas tratamos de darle voz a esas cosas al presentar la música a nuestro público, al interpretarla con absoluto respeto”.
En 1999, Enrique se integró al “proyecto”, como llama al grupo. Es músico de tiempo completo pues también forma parte de la agrupación Zazhil desde hace 45 años y es creador digital de Endikka, al que define como amor por el canto, la música indígena, mestiza y urbana. Le gusta hacer trabajo de investigación, recorrer el país y platicar con los músicos que se vuelven sus maestros, tal como lo hacían Los Folkloristas fundadores. “Algo que no cambiaría nunca es la interacción con quien produce la música. Sí, YouTube es una bendición porque te ahorra exponerte a lugares inseguros, que desgraciadamente hay cada vez más en nuestro país, pero ni el mejor tutorial sustituye la vivencia directa”, dice.
Obsesionado por la música chamula, Enrique viajó a Chiapas para comprar un arpa. A fuerza de preguntar, le dieron los datos de un hombre. Tenía una tienda de refrescos y comida chatarra: “Me contó que era músico, de los que contrataban para fiestas y tocarle al Señor de la Iglesia. Ya no le pagaban o querían que fuera gratis y tuvo que poner su tienda para mantenerse y dejó la música. Ver su casa, conocer su pueblo, me hizo tocar esa arpa con aún más respeto”.
En Los Folkloristas conviven varias generaciones y diferentes puntos de vista. Para Diego Ávila, YouTube es una herramienta que facilita el trabajo y el aprendizaje. Sin embargo, conserva, o hay que decir atesora, las grabaciones que hizo su padre al viajar por México, Centro y Sudamérica. Conoce las anécdotas de “Pepe” Ávila y René Villanueva caminando por un bario considerado peligroso en Panamá sin que les pasara nada u hospedándose en un hotel impagable en Machu Picchu a cambio de música.
Cuando Valeria Rojas era niña, su familia tuvo que emigrar a Estados Unidos. Su padre procuró no perder sus raíces. Llevaba a sus dos hijas a la biblioteca, donde podían escuchar los discos de Los Folkloristas. Ella regresó a México y se formó como antropóloga. Considera que hoy es más fácil salir a recopilar música pues las carreteras son mejores y los etnomusicólogos ya no tienen que cargar pesadas y estorbosas grabadoras ni las cintas de carrete abierto como ocurría en el pasado: “Hoy cualquier persona con un celular puede grabar a un músico. No sé si es mejor o peor, es diferente. También puedes entrar a internet y ver Smithsonian Folkways, la BBC o recurrir a las grabaciones de campo que hicieron otros hace mucho tiempo, incluso los mismos Folkloristas”.
Dicen que Allan Ibarra, el integrante más nuevo, “se la pasa en la guerra, yéndose en transportes polleros a Michoacán porque ama la música de allá y ha aprendido mucho de ella”. Él lo explica de esta manera: “Cuando le hallé sentido a la identidad y empecé a tener amor a estas expresiones, para mí se volvió muy fácil ir a esos lugares. La música te rescata, convives con los maestros, te enamoras de ellos y aprendes más”.
Allan aparece en el video del concierto realizado por los 45 años de Los Folkloristas en Bellas Artes, en 2011. Era adolescente. Formaba parte de las Jóvenes Orquestas dirigidas por Juan Carlos Calzada y asistía al revival de peñas como la Tecuicanime. Dice que en su soundtrack juvenil convivían muy bien Led Zeppelin y músicos michoacanos como Antioco Garibay, El Palapo y el Conjunto Erandi. Tomaba clases con Héctor Sánchez y empezó siendo parte del staff de Los Folkloristas. Recuerda que “Veía al maestro ‘Pepe’ Ávila tocar el cajón peruano e imitaba su juego de manos, a Enrique Hernández tocar el arpa y también seguía sus manos. Veía tocar a Adrián Nieto y trataba de entenderle”.
A Olga Alanís la marcó la gira a Nicaragua en 1980, un año después del triunfo de la Revolución Sandinista, y ver cómo el canto y el folclor acompañaban un proceso histórico del que era testigo. “Veías el paisaje destruido y no sabías si era por un terremoto o por la guerra. Nos tocó dar un concierto para más de doscientos jóvenes que salían a la campaña de alfabetización. Eso te impacta porque vienes de otra realidad, pero te das cuenta que vale la pena lo que haces. El folclor es el rescate de tu identidad, de tu cultura, de tu búsqueda personal y colectiva. Aprendí de los primeros Folkloristas, luego de los otros y sigo aprendiendo de mis compañeros. Me nutre el contacto directo con la vivencia de cada uno de ellos. Pero, al igual que Enrique, necesito ver, sentir, tocar. Aprendo de esa manera. Ver un video… Me resisto”.
“Olguita”, como la llaman, llegó a Los Folkloristas en 1976. Tomaba clases de guitarra con Adrián Nieto y de quena con René Villanueva. Se acababa de casar y “Paco”, su esposo, la impulsaba: “Aprovecha que puedes dedicarte a lo que más te gusta”. Ella regresaba de los ensayos y le decía: “Hoy aprendí esto y vamos a ir de gira allá”. Con el apoyo de “Paco”, “Olguita” pudo combinar la maternidad con los compromisos del grupo sin renunciar a nada ni sentirse culpable. Ella lo define como “el octavo folklorista”.
Para 1968, el grupo tenía cada vez más presentaciones. Eso implicaba una mayor responsabilidad ante el público. Muchos Folkloristas se fueron. En 1971, el grupo consideró que, con siete integrantes, cinco hombres y dos mujeres, podía interpretar los muchos géneros del folclor. La presencia femenina fue y es decisiva, no solo en cuanto a la imagen sino a la voz.
Por ese entonces surgieron grupos folclóricos como los chilenos Inti Illimani y Quilapayún, que continúan activos. En ese sentido, Los Folkloristas fueron pioneros pues no había agrupaciones femeninas. Por eso destaca el conjunto Ihuaye, dirigido musicalmente por “Pepe” Ávila, y constituido por Beatriz Ríos (mamá de Diego Ávila), Lupita Sierra (esposa de Gerardo Tamez), Mima de Francisco, quien después se integraría a Los Folkloristas, Line Beauvilain y las hermanas Male y Amada Martínez.
Omar Valdés se integró en 2001. No es afecto a las entrevistas. En cuanto se apaga la grabadora, habla un poco más. Lo suyo son los instrumentos de aliento. En los conciertos presenta “El cóndor pasa” y le relata al público que en 1963 René Villanueva fue a Perú, de allá se trajo unas quenas y ese huayno y que lo dio a conocer a Los Folkloristas, los primeros en grabarlo en México. “Ya después se hizo famoso con Simon & Garfunkel”, dice medio en broma, medio en serio.
A Valeria Rojas le han llegado a decir: “Ya no son Los Folkloristas de antes”, refiriéndose a los fundadores o a algunos de los cincuenta integrantes que han pasado por sus filas. Ella contesta tranquila: “Los Folkloristas son muchos folkloristas. El grupo se ha moldeado de acuerdo a sus integrantes. Cada persona aporta su color, manteniendo la esencia del proyecto, y eso le da mucha vida. No somos piezas de museo. Reflejamos el tiempo en el que vivimos. Somos Los Folkloristas de ahora y miramos para adelante”.
AQ / MCB