Lucrecia Martel: “Creo más en la curiosidad que en la moral”

Entrevista

En entrevista, la realizadora argentina reflexiona sobre el placer de la conversación, la importancia de la alegría como método de resistencia y sobre cómo la tecnología ha ido erosionando la curiosidad.

Lucrecia Martel, cineasta argentina. (Foto: Sáshenka Gutiérrez | EFE)
Ciudad de México /

En “Lección de arena”, el ensayo inaugural de su libro Efectos personales, Juan Villoro examina el engranaje de Pedro Páramo y sugiere que el curso de esta novela es comparable al del mito: “Nada lineal (ninguna trama con sentido de la consecuencia) puede pasar en ella porque sus personajes han sido expulsados de la Historia”.

Una afirmación similar podría concentrar los intereses narrativos de la realizadora argentina Lucrecia Martel. Refractaria a las hegemonías de la industria cinematográfica, se interesa más por la dimensión sonora que por el aspecto óptico de una película. Esta simpatía por la escucha le permite sostener que el sonido es la única dimensión verdaderamente táctil del cine, pues su existencia depende del aire a nuestro alrededor. Ha dicho, incluso, que la primera película sonora fue también la primera aparición de la tecnología 3D.

Si los personajes de Rulfo deambulan en esa temporalidad alterna llamada Comala, las películas de Martel desafían, desde su dimensión auditiva, al imperio de la cronología, atado —según Martel— a lógicas occidentales y capitalistas.

El libro Un destino común (Caja Negra Editora, 2025) reúne una serie de intervenciones públicas ocurridas entre 2009 y 2025 en las que Martel indaga en estas y otras reflexiones sobre la temporalidad y la creación narrativa. Reivindica, además, el valor de la conversación y la escucha activa: ambas son herramientas políticas que procuran el pensamiento colectivo.

Originaria de Salta, una provincia septentrional de Argentina, Martel visitó recientemente la Ciudad de México para hablar de este libro y para promocionar Nuestra tierra, su primer largometraje documental. La película registra el homicidio del líder indígena Javier Chocobar, asesinado en 2009 mientras custodiaba sus tierras para evitar el desalojo de su comunidad.

En esta conversación, sostenida minutos antes de recibir la Medalla Cineteca Nacional, Martel reflexiona, entre otras cosas, sobre la importancia de la alegría como método de resistencia y sobre cómo la tecnología ha ido erosionando la curiosidad.

Durante la lectura de Un destino común, da la sensación de que Lucrecia Martel es una mujer que se hace preguntas todo el tiempo, no solo cuando hace cine. El libro está plagado de preguntas sobre todas las cosas.

Sí, es algo de la curiosidad infantil que a veces, en la vida adulta, uno piensa que debe abandonar. Y yo, por algún motivo que no conozco bien, nunca me alejé de esa parte muy infantil mía.

¿Y eso sirve para crear?

Toda vez que lo que te rodea te resulte estimulante y atractivo, y no tenés que irte al Tíbet para sentir un estímulo, pienso que sirve mucho para pensar sobre el mundo. Es tan absurdo vivir en un planeta y tener que trabajar un montón de horas para pagar las cuentas, en vez de andar en la playa charlando con la gente. Lo más lindo que hay es caminar y charlar. ¿Cómo una civilización inventó alejarse de lo más lindo?

Este libro surge, precisamente, de la charla. ¿Piensa que la conversación antecede al pensamiento o viceversa: se piensa mientras se charla?

Muchas cosas de las que hablo en mis charlas las vengo pensando desde hace mucho tiempo. Siempre hablo de lo que estoy pensando en el momento, según qué estoy haciendo, en qué parte del proceso de una película o de una investigación estoy. Por eso a veces una está bastante articulada. Lo que yo no tengo es una formación académica que me inhiba de usar determinadas palabras. Por supuesto, tengo infinidad de prejuicios, pero no tengo las restricciones de la academia para hablar. Eso hace que pueda decir barbaridades con facilidad, o tonterías o chistes. Ni me creo intelectual ni me creo un gran personaje. Me gusta divertirme, me encanta la gente, pero no tengo una imagen enaltecida de mí misma.

¿Y ese mismo talante busca transmitirlo a su público?

En las charlas que doy, la mayoría del público es muy joven. Y el único rasgo de maternidad que tengo en mi personalidad es que me importa mucho que la gente joven no se desanime. Es difícil, sobre todo en estos tiempos. Hay una frase de [Eduardo] Galeano que no voy a recordar bien, pero dice que para transformar la historia, la alegría es fundamental, que sin alegría no se puede hacer ninguna revolución. Yo pienso que sin alegría no tenés fuerza ni para salir de la cama. Tenés que tener un poco de fe en tus fuerzas, creer un poco en la humanidad. Si no, ¿cómo hacés? Hay catorce mil noticias que te llegan al teléfono y una debería más bien quedarse bajo la cama. Si tenés gente joven escuchándote, tenés que ayudar a que esa gente tenga fuerzas para hacer frente a un momento tan difícil de la historia, de la geopolítica, en un continente complicado como el nuestro, con países empobrecidos como los nuestros. No podés bajarle el ánimo a la gente que se va a hacer cargo de esto, cuando una ya está más bien de salida. Me parece muy mezquino entristecer a la gente.

A propósito de Galeano, que siempre tuvo una preocupación muy patente no solo por lo identitario latinoamericano, sino por el porvenir de la región. ¿Comparte usted algo de esa preocupación?

Yo no creo en lo identitario. Pienso que la identidad —la nacional y la de género— es un problema. No sé cómo se resuelve, pero deberíamos tratar de salir de ahí. Menos las fronteras. Atados a la identidad están el racismo, el nazismo, los nacionalismos de todas las especies. No creo que la identidad haya sido una gran hazaña intelectual de la humanidad. ¿Cómo se reemplaza? No lo sé. Estoy todo el tiempo pensando sobre eso, pero todo lo que gira en torno a la identidad me parece una preocupación pobre. Yo pienso que las comunidades no luchan por su identidad: luchan por la tierra, por poder seguir viviendo como quieren vivir, por tener agencia sobre sus propias vidas. Lo de la identidad es muy occidental. Siento que es una locurita nuestra. Todas esas ideas que obligan a las personas a ser algo.

Por cierto, yo conocí a Galeano. Él estaba haciendo la cola para entrar a ver La ciénaga, en Uruguay, con su esposa. Recuerdo que pensé: “un personaje tan fundamental yendo a ver una ópera prima…”. Me pareció un gesto de una generosidad enorme.

Son ideas atravesadas, en cierta medida, por la corrección política, el deber ser.

A veces le decimos corrección política a lo que es simplemente un poco de educación: no maltratar a la gente, no abusar de la posición de poder que te dé tu trabajo… A veces caricaturizamos eso diciéndole “corrección política”, cuando es buena educación nada más. Educación y respeto por el otro. Hay una cosa de la que nuestra educación nos obliga a deshacernos muy rápido: la curiosidad. Vos ves la curiosidad que tiene un humano cuando tiene pocos años, y qué rápido la va perdiendo. O cómo empieza a ser una curiosidad digitada por las redes, por la información, por lo que sea. Para conducirse más o menos bien con el otro bastaría con la curiosidad. Ningún valor moral es necesario como la curiosidad, el deseo de conocer realmente a la otra persona. Creo más en la curiosidad que en la moral.

¿Como herramienta creativa y como herramienta vital?

Como herramienta para los humanos.

Hay una idea que atraviesa buena parte del libro: la sensación de estar disociado de los tiempos que corren. El escritor Carlos Monsiváis dijo, desde hace varias décadas: “O ya no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba yo entendiendo”. Parece que la frase nos sigue describiendo.

Es muy buena. Yo pienso que nos ha pasado algo en lo que la tecnología ha colaborado muchísimo: la transferencia de información va cada vez más a la velocidad de las máquinas, y el espacio vital —el de un organismo, el de un humano, el de un grupo de humanos, el de una comunidad— se ha ido restringiendo cada vez más. Antes vos sabías de memoria las calles del DF, estoy segura. Ahora cada vez sabemos menos de la calle, porque ponemos el teléfono y seguimos una línea azul de aquí y para allá. Todo eso achica tu relación con el espacio. Vas en un taxi o en un colectivo y vas mirando el teléfono. La publicidad en la vía pública dejó de ser útil, porque ya nadie va mirando: es mucho más lo que te llega por el teléfono. Pienso que ese achicamiento del espacio vital al que nos hemos acostumbrado nos ha debilitado muchísimo como especie. Nos ha debilitado políticamente, ha debilitado la democracia. Nos ha debilitado amorosamente. Hoy es más fácil conocer a alguien por Tinder, por Grindr o por Instagram. Yo no tengo ninguna de esas aplicaciones. Por la generación a la que pertenezco, me autoexcluí de todo ese mundo.

Aunque por aquí en el libro hay una confesión: existe una cuenta fantasma que maneja Lucrecia Martel.

Tengo una en Instagram, sí. Con esa cuenta falsa le hago comentarios a Julieta [Laso, su pareja] sobre sus posteos familiares y tenemos una especia de diálogo secreto. También la uso para chusmear. A mí me encanta ver TikTok y no puedo entrar si no tengo una identidad falsa. Pero no tengo la voluntad de mantener una cuenta propia: la abandonaría por aburrimiento, por tener que mantenerla viva con algo. Lo que digo es que se nos achicó el espacio, y eso es muy peligroso, porque la aventura empieza a ser la locura, el enloquecer con la información que te llega. Y para mí la aventura tiene que ser la ciudad, el planeta, la calle, moverse y, sobre todo, conversar.

Y algo sintomático de estos tiempos es que hay una preocupación por volver a lo que está fuera de línea, a la vida offline. En algún sugiere la posibilidad de que la gente se canse de las series y volvamos a los ciclos de conversación.

Sí, tengo un poco de esperanza en eso, pero te digo: también me da mucho miedo. Genera mucho miedo volver a la calle. ¿Viste que después de la pandemia se sentía una rareza estar en la calle? Las personas mayores se desacostumbraron; para la gente de mayor edad fue terrible ese encierro. Para los adolescentes también: el confinamiento, la cantidad de padecimientos que quedaron en los adolescentes que sufrieron esa restricción de espacio durante la pandemia es tremenda. Ni podíamos imaginar que eso iba a pasar. Yo pienso que de todo lo homogéneo una se cansa, pero también me da miedo, porque lo homogéneo va generando miedo a lo heterogéneo.

En el libro, por ejemplo, habla del zumbido constante de una lámpara: al principio está ahí y, de pronto, dejamos de escucharlo.

Eso es naturalizar algo. Es lo mismo que hace el oído con una frecuencia molesta, el cerebro la anula. Con una información que te duele pasa igual. Un hecho doloroso, la pobreza —que es lo más rápido que te encontrás en la ciudad: la gente viviendo en la calle, comiendo de la basura—, tan rápidamente dejamos de verlo, tan rápidamente no nos llama más la atención. Es terrible. Las cosas constantes se vuelven invisibles.

¿Y hay ahí un trabajo para el cine?

Exacto. El trabajo que puede tener el cine, si se lo propone, es que todo eso que naturalizaste —y que, por lo tanto, dejaste de escuchar o de ver— lo vuelvas a poder ver.

Cierro con una pregunta más bien personal. ¿Quién fue la persona que creyó en usted en algún momento y que le permitió ser lo que hoy es?

En buena medida, mi mamá: me veía capaz de cosas de las que no era capaz. También mi papá: sin ser él un hombre deconstruido, a sus hijas nos enseñó a resolver todo. Cambiar un neumático, arreglar una lámpara… No nos crió como unas tontas que tienen que llamar a alguien para que les resuelva un problema. Aprender a usar herramientas te da mucha confianza. Parece una tontería que no tiene nada de intelectual, pero saber usar una pinza o un martillo es tremendamente importante. Ser hábil con las manos te da autonomía. Está bueno pedir ayuda, pero también está bueno tener autonomía.

AQ / MCB

  • Ángel Soto
  • Periodista cultural y escritor. Sus textos, fotografías y poemas han aparecido en la Revista de la Universidad de México, Langosta Literaria, Punto de partida, Algarabía Niños, Picnic y Yaconic. Es creador del podcast y newsletter "Tinta y voz".

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