Luis Cardoza y Aragón (1904-1992): memoria, exilio y literatura

Literatura

Entre París, México y América Latina, Luis Cardoza y Aragón revive amistades, pasiones, exilios y búsquedas literarias en un viaje íntimo atravesado por la poesía, la memoria y las voces de toda una época.

Luis Cardoza y Aragón, poeta y ensayista guatemalteco. (INBAL)
José Javier Villarreal
Ciudad de México /

Nací en Antigua en 1904, pero mi niñez transcurrió en Ciudad de Guatemala. A los 16 años estaba en Nueva York, pero mi fallida vocación por la medicina me llevó a París. París, que siempre será París, era el París de los veinte. Estuve en una buhardilla como tantos otros. Conocí a Nerval, a Marcel Schwob que se me metió entre las uñas, pero también en la retina de los ojos. Una vez fuera, en la calle, Rimbaud, Lautrémont y Baudelaire con ese aire viciado de habitación cerrada. El orden altera la suma, pero, en realidad, se trata de una multiplicación. El resultado fue una fracción de asombro, una perla encontrada en las aguas más profundas, pero a la vez, en las agitadas e indolentes de los arrecifes. Se trata de una rotunda paradoja, como aquella que plasma Góngora cuando dibuja a Palemo persiguiendo, rendido y enamorado, a Galatea. Él sobre la espuma del mar, ella en lo cerrado del monte. Ocurre, simplemente ocurre, como en el poema “Odio y amo,” de Catulo.

Fuera de mis peripecias, que eran y son muchas; de mis viajes y representaciones de carácter público y privado, La Galatea, de Miguel de Cervantes, y no la de Góngora, me ubican en una meseta alejada del mar. El mar siempre está ahí anegándolo todo con su respiración escritural. Villaurrutia, a muy temprana hora, me tildó de “joven sagitario”. Lya, mi mujer, con quien reposo en el rumor permanente que se deja oír por el cerro del Ajusco, leía a Dostoievski en su lengua original. Paz, dice que somos aquello que alcanzamos a hacer, pero Lya fue aquello que alcanzó a irradiar. Volviendo a La Galatea, de Cervantes; esa promesa que nos vulnera con aquello de que el deseo es filoso y agudo, mientras que el amor es una torunda que nos reconforta, limpia, y sitúa en un estadio donde el deseo se sustrae ante la fuerza fresca y apacible del amor; ya que no todo lo que se ama se desea, y, tremenda lección, no todo lo que se desea se ama. Ella, desde las entrañas de un imaginario que parece que se desboca, pero que no es así, ya que siempre tensé la rienda de mi cabalgadura, fue ese imán, esa potencia que crea una arcadia, una forma única —como toda forma, de vivir la vida. Es cierto, me busqué en ella, y me encontré. La dependencia fue feroz. Las aguas se confundieron, pero el río, a fuerza de correr, acabó por aclararse y pude volver la vista y apreciar lo vivido con la distancia que otorga el anhelo de seguir, la voluntad de vivir. De ahí, el rumor incesante que se escucha y siente por el cerro del Ajusco. Creo que tendremos que leer con más cuidado y atención La Galatea, de Miguel de Cervantes Saavedra.

Breton estaba con su camisa y su saco oscuro. Detrás de él, apenas tan cerca, Cendrars, Cocteau, dueño del momento. Stravinski desde el Este, y Max Jacob que llegaría a México con sus cartones y ballet. Ante tanta bifurcación mis ojos recorrieron los torneados brazos de Calíope. Escuché el canto de las sirenas que no venía de lejos, sino del centro mismo del corazón, y bebí cuanto brebaje me ofrecieron. Las transformaciones fueron muchas e inmediatas, los intereses académicos quedaron atrás y la escritura se precipitó como una novela bizantina. Estaba atado, pero no lastimado. En esa larga fila de viajeros conocí a Pablo Picasso; nos tocó compartir casa. La amistad nos descubrió en una playa donde una edad de oro, tocada por la gracia del instante, fue parte de una historia y de una fotografía que aún se puede ver. También conocí a Miguel Ángel Asturias quien años después le prestaría su pasaporte a Pablo Neruda para huir de su país y salvar su vida. Esta condición de paria, de exiliado, se convirtió en una forma, sumamente accidentada, de trazar la línea recta. Llovía en París. Al mediodía un poco de sol. Ese día estaba ahí comiéndome un bistec cuando conocí a César Vallejo. Primero lo conocí, después leí Trilce. Pero el regreso a la patria, como toda verdadera ilusión —como gran literatura—, se descoyuntó. Corría más allá del ágora, rodeaba el Panteón (la casa de todos los dioses) que no era el de Adriano, y la ciudad ardía. Ardía en cada plaza. No siempre, o casi nunca, veía con claridad. Los planos, no solo para Alfonso Reyes y Maples Arce, eran oblicuos, y en cada esquina había un reloj que indicaba una hora en particular. Los pistones no descansaban y los hidroaviones volaban muy bajo. Los abismos cifraban la caída, pero el horizonte —no tan lejos— demarcó un cinturón que fue sujetando un cuerpo que se convirtió en destino. Hay hombres con un destino pegajoso. Más que miel se trata de hiel que amenaza con ahogarlos. Me impresionó la lectura de Ifigenia cruel que se llevó a cabo en casa de Gonzalo Zaldumbide. Reyes, en su modernidad, iba cribando, con ternura y dolor, las maduras espigas de los Siglos de Oro, pero su escafandra le permitía sumergirse en las profundidades de su bien leído Goethe. El acompañamiento musical —con aires andinos— no me impidió reparar en ese no rotundo de Ifigenia que apostaba por una voluntad liberadora.

Eran oscuros sus ojos, pero en la penumbra —casi oscuridad—, destellaban. Su cabello caía sobre sus hombros; su espalda, perfecta y breve. Su torso de complexión bíblica y sus pechos un destilado imposible de resistir.

Viví una soledad que me fue cubriendo de hormigas. No eran las hormigas voraces que atenazaron a Ramón López Velarde, eran los cifrados signos que recorrían todo aquello que pensaba, veía e imaginaba. Me vi en un hotel más que modesto a unos pasos de la estación del ferrocarril, en el barrio mexicano, en la ciudad de Los Ángeles. No tenía cómo sostenerme y caminaba por las calles. Fatigué cuadras y barrios, atravesé calles y grandes estacionamientos. Me vi comprometido y escapé de los pantanos y arenas movedizas. Los lotófagos, en esas geografías, eran muchos; estaban por todas partes. En las plazas, a la sombra de sus monumentos; en las esquinas, frente a los botes de basura. Cruzaban la calle como si navegaran el Aqueronte empujando un carrito de supermercado. Te decían algo al pasar y se enganchaban contigo. Te acompañaban recitándote una cantinela que, obviamente, no comprendías. Pocas veces me aventuré a los suburbios. Publiqué en el periódico un anuncio donde me ofrecía a dar clases de español. Lo hice, pero conseguí muy poco. Desistí, y me resolví por Francia. Subí al tren rumbo a Nueva York y mi madre, en el último minuto, me aconsejó que no tuviera una mujer, sino muchas. Mi padre guardó silencio y mi hermano pareció no escuchar. Me quedé dormido en mi carro dormitorio. Pero el consejo, como un caleidoscopio, fue girando y girando. Llegué a Francia y la soledad seguía anegando mis costas. Las hormigas pululaban por todo mi cuerpo. La necesidad de hacer corredores y cámaras, jardines interiores, laberintos discursivos, me fue venciendo como una planta de tallo muy frágil y pesada corola. Estuve frente a ella. Después de que le regalé unos caramelos que traía en la maleta, que besé sus labios, que admiré y toqué su desnudez, sentí cómo una estación se perdía y otra se anunciaba. Una más distante tras kilómetros que tendría que recorrer, tras sueños que tendría que enfrentar, tras largas parrafadas que se me confundían con monólogos que no describían una anécdota, sino que me iban narrando, revelando. Pero eso no lo supe hasta muchos años después que redacté Dibujos de ciego, mismo que le dediqué a Lya, a quien, por esas fechas, no conocía.

Era alta como un iceberg que se mece y te amenaza con su blancura. La había seguido por el estrecho corredor. Veníamos de la sala. Nos habíamos abrazado como si nos desnudáramos por tanto sol y tanta arena. La saliva, y lo húmedo de su lengua... No estaba ahí, pero palpaba su cuerpo bajo la tela del vestido. Era un huerto que se ofrecía desde la sombra de sus ramas. Las flores se distinguían. Estaba sobre ella; era su cama, su habitación, y yo un reflejo que recorría su espalda. Pero la sala estaba repleta de viajantes, de parejas y solitarios, de familias y amigos que partían. Su voz, como una rama dorada, como una huella en la nieve, asomaba en mi oído. Descubrí una habitación con una cama tendida donde sólo la luz revelaba la ausencia de todo cuerpo.

A unos los volvería a ver, incluso con mucha frecuencia; otros, serían nombres, referencias, miradas y sonrisas, que se irían desdibujando hasta perderse. En Maelstrom le dediqué la “Biografía de un paisaje” a Alfonso Reyes. No nombré a varios poetas que me impresionaron; entre ellos Francis Ponge y Pierre Reverdy. Con Agustín Lazo fue distinto. Él hizo los dibujos para mi Torre de Babel, y a él y a Beatrice Grey se los dediqué. Iba descubriendo esa “Visión” de Reyes que no solo me reveló colores y trazos, mercado y bullicio; sino que me dio una perspectiva que, siendo contemporánea, era moderna, y a la vez con una arraigada conciencia por lo clásico que se nos volvería cotidiana; sobre todo en la pintura a la cual nos expondríamos como quien transita la plaza, observa el paisaje y renuncia a la comodidad de la banca. Tuve la fortuna de posar para Carlos Mérida. Pero escribí, como quien habita lo que ve, sobre José Clemente Orozco. Este, en un momento dado de nuestras dilatadas conversaciones, me confesó que en El Colegio Nacional solo le gustaba platicar con Alfonso Reyes. Esto viene a confirmar la bonhomía de Reyes; la fama de José Clemente Orozco se preserva. Ni sí ni no. Creo que se trataba de dos demonios, de dos expresiones, que nos delatan y presentan en su innegable desemejanza.

García Lorca y México

En 1930 me encontraba en Cuba como representante diplomático de Guatemala. Federico García Lorca estaba de gira. En el plan México destacaba, pero eso no sucedió. Lo que sí pasó fue la celebración de su cumpleaños. Estaba afinando esos rascacielos que son los poemas que integran Poeta en Nueva York. Yo escribía, o tal vez deba decir, tejía, los textos que integrarían mi Pequeña sinfonía del Nuevo Mundo. Los dos estábamos expuestos, desafiantes ante lo que pudiera sumarse a nuestra obra de creación. Resolvimos “Adaptaciones del Génesis para Music Hall”, el cual lo firmaríamos los dos; lo anunciamos, incluso. Federico emprendió ese tipo de navegación a cuatro manos, al modo de buena parte del teatro isabelino, con varios de los talentos que le eran más queridos y cercanos (Dalí, Manuel de Falla). Nuestro texto se perdió. Sin embargo, el penúltimo poema de Poeta en Nueva York, “Pequeño poema infinito”, tuvo la gentileza de dedicármelo. Conocer a Federico fue encontrar una sólida y robusta columna que sostuvo en más de un sentido el crecimiento de mi Pequeña sinfonía…, que por esos años crecía como la hiedra.

Llegué a México bajo la recomendación de Octavio Paz en 1932. Xavier Villaurrutia, con sus movimientos de pájaro, desde la Escuela Nacional de Artes Plásticas, me encomendó la elaboración de un catálogo de pintura europea. Comencé con paciencia, me movía de manera muy lenta. Pero de pronto, el agua rebasó el vaso y los antílopes y las cebras corrieron por la pradera. Escribí los poemas de El sonámbulo, y a él se los dediqué. Los poemas caían pesados y metálicos sobre el mármol del piso. Yo cerraba los ojos y los sentía escaparse de entre mis dedos. Filos que cortaban una pulpa transparente, un aroma que se propalaba por toda la estancia. Ahí, en esos textos, destaqué la duermevela, los pasos titubeantes, los cuerpos que se detienen y lentifican y cifran de significados la inminente embestida. Todo estaba dominado por el verso, por una respiración que tensaba frases, y eso no solo me sorprendió, sino que también me gustó.

Pero las corrientes ideológicas, implacables en su furia, temibles en su segregación, dividieron el cuadro. Varios árboles se vinieron abajo.

Los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir

—al decir de Jorge Manrique— sufrieron ofensas. Unos, fueron desviados; otros, desecados. Lázaro Cárdenas tuvo en mente acabar con el lago de Chapala. El lirio va tejiendo su cerrado manto y las máquinas, bajo el intenso sol, lo combaten. En otra vida que no tuve estuve ahí a mediados de los setenta. Ella sí estudiaba medicina, pero solo la vi una vez. Con mi tía Cristina fui a Chapala, comimos en un restaurante frente al malecón. Recuerdo, pero esto puede ser del todo falso, que nos levantamos a bailar. Yo tenía quince años y aún no había visto la trilogía de Costa-Gavras; así que mi conciencia descansaba en el Nuevo Testamento. Con mi madre y mi padre fui a comer a la casa del arquitecto Ignacio Díaz Morales (“Nachito”, como le oí decir a mi abuelo). Estaba ahí con su familia en torno a la mesa. Díaz Morales, vía materna, era mi pariente, pero también el representante, en Guadalajara, de un bastión familiar que alcanzaba a mi abuelo Álvarez Tostado. No lo volví a ver, de hecho, perdí todo contacto, pero gané el orgullo de saber que fue él quien terminó la restauración de la Basílica del Santísimo Sacramento (Templo Expiatorio) de Guadalajara. La construcción inició en 1897 bajo la dirección del arquitecto Adamo Boari; mismo que levantaría, bajo el régimen de Porfirio Díaz, el Palacio de Bellas Artes y el Palacio del Correo Mayor en Ciudad de México. El Expiatorio se concluyó en 1972. La comida en casa del arquitecto Díaz Morales fue dos años después, en 1974. Plaza del Sol, en Chapalita, con sus Fábricas de Francia, era la novedad y, a un costado, el Slovensko había abierto sus puertas desde 1971. Yo las traspasé muchos años después en 2022 gracias a la FIL de Guadalajara y a una nostalgia por los lugares donde nunca se ha estado. Esto lo canta Óscar Hahn en madurez absoluta.

Siguiendo esa vida que me es ajena, y que no leí en ninguna parte, en cosa de un año, me encontré en un desnudo departamento de un viejo edificio del centro de Tijuana. Sería en la Zona Norte. Las paredes habían sido blancas, ahora eran opacas con manchas y rayones. Había un mimeógrafo, también un cajón para hacer serigrafía. Yo era el más chico. Eran jóvenes de barba y cabellos largos, muchachas con faldas de la India y blusas de manta. Unas con pañoleta, otras con gorros y sombreros, con aretes y anillos. Yo los veía y escuchaba; es hora que los sigo viendo, pero ya no los escucho. Por esa época vi en los créditos de El último tango en París, de Bertolucci, dos cuadros de Francis Bacon. Me pasaron de noche, pero mi inconsciente sí reparó en ellos. Yo no lo sabía, Bacon sí, que “el amor es una enfermedad”. Caí en estado de coma y me quedé dormido como un tubérculo bajo el barbecho del amor-pasión. Cortázar con su máquina fotográfica, Gato Barbieri con la cadencia de algo que se va perdiendo y Kundera con su proceso descrito a lo largo de La broma. Todo era novedad en una red que descansaba sobre una embarcación. La embarcación era pobre y austera, pero las ganas de alcanzar la otra orilla dominaban el sueño de noche y de día.

Ya para entonces, en esa otra vida que yo no viví, gracias a los discos de Joan Manuel Serrat, me encontré leyendo los poemas de Miguel Hernández. También escuché a Daniel Viglietti. Neruda se convirtió en una fascinación. Desempolvé las boinas de mi abuelo (gorras con visera), tomé El Regiomontano y me fui a Ciudad de México aprovechando mis vacaciones de Semana Santa. La Carpa Geodésica, la Casa del Lago, la Casa del Libro y Gandhi, en Miguel Ángel de Quevedo, y una migraña del tamaño de mi emoción; misma que me invadió cuando fui a ver Solaris, de Tarkovski, dentro de un ciclo de cine soviético que se exhibió en el Cine Roble de Tijuana. Era tan chico y mimado que mis padres me acompañaron. De niño, durante la Semana Santa se apagaban el radio y la televisión. Comíamos filete de pescado, camarones empanizados, sándwiches de atún y sardinas en salsa de tomate. La televisión solo se encendía para ver Los diez mandamientos o El mártir del Calvario; esta última, protagonizada por Enrique Rambal. Y esto, como un ritual de carácter religioso, se repetía año con año. Así que cuando vi en 1974 El ángel exterminador, de Luis Buñuel, interpretada por Enrique Rambal, las cuerdas que sujetaban las jarcias empezaron a aflojarse, y muy poco logró mantenerse sobre la superficie de las aguas.

Hay imágenes que pasan como hojas de un libro zarandeado por el viento. Un niño con el uniforme de la selección italiana cobra un penal que rompe la cerca del jardín de al lado; y tú eres el portero. Un grupo de niños contra una pequeña barda oye y ve a un joven con chamarra del ARMY que da noticias de Avándaro, de Valle de Bravo. Era un pueblo —el mío—, muy al norte, con una calle principal igual que en los relatos —muy al sur— de Truman Capote.

Los libros se iban apilando junto con mi ropa sucia en mi muy pequeña habitación. Además de merodear por las calles y descubrir esquinas, edificios, ex conventos, salas y galerías. De aventurarme por espacios que siempre, de forma inesperada, pasan su factura. De hacerme de una precoz nostalgia que se acentuaría con el tiempo. Con este pesado fardo que leí en Azul, de Rubén Darío, fui adquiriendo mi muy mexicana extranjería. “El más mexicano de todos los extranjeros”. Y bajo este lema me vi rodeado de personas que saludaba, que estrechaba de mano, pero que me era imposible distinguir. Me encontraba en un poblado sorprendido por la llegada de la noche. No había luz eléctrica, y mis ojos, con principios de astigmatismo, se perdían como monedas lanzadas a una fuente sin deseo alguno. Esa noche me vi devorado por las pulgas y mosquitos. El recuerdo de tal sacrificio me devuelve, vía la Hacienda la Media Luna, Al filo del agua, de Agustín Yáñez. De él, años más tarde, leería un estupendo ensayo sobre Dante; y a Ernesto Mejía Sánchez, por ese tiempo, y en esa otra vida que no es la mía, le obsequié una selección de poemas de Alfonso Reyes que yo, el otro; siempre el otro, el semejante, había reunido en una pequeña plaquette.

En esa otra vida que no es la mía

Con un poco de malicia, y acostumbrado a sacar la hierba desde la raíz; es decir, a practicar todas las acciones que te llevan a colocar barricadas, y también a saltarlas, como se dice que le ocurrió a Rimbaud en la Comuna de París. Me vi en la calle señalado y señalando con la punta del dedo. Juan de la Cabada fue implacable. La crítica que los intelectuales mexicanos ensayaban, cuando era aguda y terrible hacia sus propias instituciones, no se podía expresar ante un extranjero. No era bien visto, escapaba a toda regla. Esa fue la reacción que tuvo Rodolfo Usigli con Paz, ya que yo estaba presente en la conversación, y aún no tenía ninguna credencial que avalara mi muy particular mexicanización.

La sombra que recorría el altiplano era Stalin, y nadie podía escapar. O estabas a su diestra, lo cual equivalía a ser estalinista; o estabas a su siniestra, lo cual te situaba en el bando contrario. Pero, al final, todo dependía de la percepción de los otros. Las plumas eran azules, pero para otros, las plumas del quetzal eran rojas y la diatriba subía de tono. Octavio Paz no fue ajeno. Pascal Quignard, a quien no tuve el gusto de leer, afirma que toda interpretación es locura. Obviamente, la cita no es textual, ya que nunca lo leí.

En esa otra vida que no es la mía, pero que me acompaña como ese gaucho que, al final de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, se va “como quien se desangra”; las monjas de El Colegio Loreto, en Tecate, Baja California, decidieron que haríamos una fiesta abierta al mundo. Desde ese estricto rincón de una patria que no es mi patria, pero que llegó a hacerlo, me tocó confeccionar la bandera de Guatemala. Nada sabía del quetzal, de su presencia en una literatura que con el tiempo habría de visitar. Del Popol Vuh al Rabinal Achí. Todo ese mundo que brotó de la voluntad de unos dioses que no abandonamos, que seguimos —a ratos—, invocando, aunque ellos se mantengan distantes y, a veces, sumamente indiferentes. Pero esto fue en sexto año de primaria. No sabía que la ventosa Ilión guardaba semejanza con mi pueblo. Que Eolo era un dios que gustaba transitar las calles y callejones; sobre todo, cuando yo tenía que caminarlas de la escuela a la casa de mis padres.

La Liga de Artistas Revolucionarios fue un fiasco necesario. El fascismo tocaba a todas las puertas. Nada parecía, pero todo abrigaba una terracería, cómoda y plana, que bien a bien, no se sabía a dónde conducía. No solo hay que nacer mexicano; hay que crecer como tal. Me levanté, me puse de pie, y dije lo que tenía que decir. La rechifla, la ofensa, los gritos revotando por toda la sala, me acallaron. La política y la propaganda, los panes del circo. Me fui, ante el silencio de los artistas y escritores mexicanos, al Coliseo. Si vas a Roma y ves el Altar de la Patria empiezas a explicarte muchas cosas. Cómo la izquierda va virando a la derecha. Mussolini, por ejemplo, era de izquierda. Redactó el prólogo al primer libro de Giussepe Ungaretti. Los leones se comen a los cristianos, y luego la plebe se come a los leones. Vaya manipulación. El arte como bisutería de la ideología. Todo con la revolución, todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Acabé más que fatigado. Mis huesos, por no decir mi caja torácica, no encontraban el tronco. Fui como don Quijote vapuleado por fantasmas. Fantasmones de ayer. Hoy lo siguen siendo. Hoy nadie, o casi nadie, los recuerda. Como en los Caprichos de Goya tomaron su palo y a darle, a no descansar hasta acallar la voz, la memoria que fertiliza el campo de las ideas; pero la ideología, como excremento de gallina, cubrió el prado, y el jardín apestaba. Es cierto, paso a paso, me convertí en “el más mexicano de los extranjeros”.

Un buen día, sería muy temprano o cerca de las doce, apareció, con su figura de asombro y su mirada apacible, como escudriñando el cuadro, o aguda, como estudiando la presa, Antonin Artaud, y yo lo llevé por los bajos fondos de la ciudad. Yo era Virgilio, pero también él lo era. Yo soñaba con las Geórgicas, pero él anhelaba las Bucólicas de la Sierra Tarahumara. La Eneida sería un largo poema que a los dos nos llevaría toda una vida. Dante, es de creer, fue el gran ausente. Cuando llegábamos a un punto del camino —a mitad de nuestra vida—, él ya se había ido.

Artaud regresó de la Tarahumara en condiciones muy adversas y el doctor Elías Nandino se hizo cargo hasta donde pudo. Le consiguió insumos que le eran de primera necesidad. Así los veo en una playa frente al mar. A medida que me voy alejando la playa se va llenando de puesteros, familias, deportistas, perros y caballos de renta. El agua moja mis zapatos y en ese atardecer las dos figuras se van alargando contra la luz que se va perdiendo. Empieza a sentirse frío y abotono mi saco. Al levantar la vista me doy cuenta que ya no están. Lo que sigue, lo que vendría a mi regreso, ya no les incumbe.

Nos veíamos con mucho deseo, nos escribíamos a toda hora. El correo se saturaba y los pasillos del sótano se llenaban de rebaños, de ovejas y cabras, que iban por todas las oficinas preguntando por nosotros. En cada rendija, en los huecos y grietas, estaba tu mirada. Yo me aproximaba, casi alcanzaba el resuello, ese aliento que perfumaba la calle donde, de noche, abordaba el camión que daba un tremendo rodeo que mantenía vivo tu recuerdo, pero lejana tu presencia.

Breton llegó a México en abril de 1938 y Diego Rivera le presentó a Lev Trotski. En julio, mes que involucra a los nacidos bajo los signos de Cáncer y Leo, redactaron su Manifiesto por un arte revolucionario. Pero los planes de este viaje dieron inicio dos años atrás. Breton me escribió para ponerme al tanto de sus intenciones y preparar el terreno. Los cielos no eran del todo propicios, y el follaje de los parques y bosques no cesaba de estremecerse. André Breton había sido expulsado del Partido Comunista y las aguas del Mar Rojo se habían separado, pero Moisés y su comitiva no habían pasado. Hubo desaires, boicots y muchos desencuentros. Diego Rivera y Frida Kahlo lo hospedaron en su estudio de San Ángel. El cuerpo social estaba excitado, y su reunión y complicidad con Trotski agravó la situación. Unos que sí y otros que no. La representación diplomática francesa prefirió fijar su atención en otra parte. El viaje duró cuatro meses y su curiosidad los llevó por diferentes puntos de la geografía mexicana: Nuevo León, Michoacán, Jalisco y Ciudad de México. El 25 de junio se presentó en Bellas Artes para ofrecer una conferencia y un recital poético; la traducción corrió a cargo de Xavier Villaurrutia que lo acompañó en dicha lectura. Hay varias fotografías de Manuel Álvarez Bravo de esta escaramuza mexicana donde vemos a Jacquelin Lamba, esposa de André Breton, posar con su marido; a Frida Kahlo y a Diego Rivera y, por supuesto, a Lev Trotski que, al decir de Leonardo Padura, amaba a los perros; amor que vendría a conflictuar su ya nerviosa convivencia con Breton. Relación que se fue agriando al paso de los días. Como dato de interés André Breton y su esposa, a su paso por Monterrey, se hospedaron en el muy tradicional hotel Ancira, muy cerca del Sanborns del centro que está entre la Plaza Hidalgo y la avenida Morelos. Dicha finca, antes de convertirse en el Sanborns, fue la casa de fray Servando Teresa de Mier, último escritor novohispano, primer escritor mexicano, y primer diputado por el Estado Libre y Soberano de Nuevo León; autor de ese magnífico libro que son sus Memorias. Pero la historia no se detiene. Años después ese predio sería la casa del doctor Eleuterio González, “Gonzalitos”, creador del hoy Hospital Universitario y de la facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Nuevo León. La memoria de la ciudad nos somete a pruebas de escaleras con serpientes.

Lya conmigo

Noruega fue mi destino, pero la dacha, a las afueras de Moscú, se impuso. Sí, mi mujer es de ascendencia rusa. Me casaría con ella en Bogotá en 1947. La conocí de niña. Igual que Borges con María Kodama. Pero yo no jugué ajedrez con su padre. A Carpentier lo traté; su madre era rusa, y pienso que su Concierto barroco se puede cantar. María de la Sierra hablaba con fluidez el ruso, también tenía destreza para el dibujo. Realmente su carácter era afable, pero no dulce; amable, pero nunca cariñoso. Su cercanía con Trotsky; me parece, era puramente laboral. En México estaba y no estaba, iba, pero no figuraba. Aparecía, pero nunca en fotografía. He visto muchas, pero ella no está. Le traducía y le llevaba cierta correspondencia. En la casa de Coyoacán se movía a su antojo y es muy probable que se aprendiera ese laberinto de memoria. En España, durante la guerra, había conocido a la madre de Ramón Mercader, Caridad, y es posible que ella fuera quien la iniciara en el oficio del espionaje. Mucho se ha escrito de su relación con Ramón; a mí me cuesta creer tanta cosa. No doy con bola y me pierdo sobre la mesa de billar. El piolet que se utilizó para asesinar a Trotsky hoy se exhibe en el Museo Internacional del Espionaje en Washington. Esto no lo soñé. El hacha nunca estuvo en mi sueño, tampoco el cráneo destrozado ni la sangre ni la hojarasca del jardín. Aquí veo el gesto de Werther sobre su escritorio, su mirada ida, sus dedos crispados y esa respiración que se traducía en estertores que anunciaban la meta conseguida. María, después del asesinato, abandonó el país en un carguero soviético; tal vez haya bosquejado un plano de la casa. No tengo certeza, pero María, que ya no era María, se casó con Felisberto Hernández, a quien sí leí. Cuando se casó con él su nombre era María Luisa. A los dos años se divorciaron y él nunca se enteró, ella jamás le contó de mi sueño. Era brusca, de caricias torpes, pero el deseo la atormentaba. Se le conocía en la KGB con el nombre de Patria. Así está escrito en el cementerio Khovanskoye, muy cerca de la dacha, a las afueras de Moscú. Nació en Ceuta en 1909. Estudió en Madrid en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús y continuó sus estudios en el colegio del monasterio de la ciudad de Melilla. En Montevideo fue costurera, en Moscú, al final de su vida, y con el grado de coronel, se dedicó al entrenamiento de los nuevos agentes en la Lubianka, el cuartel general de la KGB. Cuando ocurrió esto yo ya había despertado. Estaba tendido al centro de la cama viendo cómo se alejaba con su esbelto cuerpo cubierto por una camiseta y unas pantuflas de gamuza. Iba a la cocina, siempre con un cigarrillo en la mano. La veía desde la cama con todos los remordimientos; se trataba de la locura, del acceso, del arrebato. Quería salir de ahí. Sabía que volvería a la noche siguiente. Supe de ella muchos años después. Hoy, que su historia es tan conocida, se le conoce como África de las Heras. Me servía el café junto con los huevos revueltos, las rebanadas de palta y las tostadas de pan. La noche anterior había lavado y planchado mi ropa.

Con Lya, que era 15 años menor que yo, me fui a Berlín. No es que fuera, es que ella había nacido ahí. Lola Álvarez Bravo le tomó varias fotografías. Me casé con ella y viajamos por el Cono Sur; concretamente Chile. El aire frío, la montaña nevada, el Pacífico oscuro. Los autos que bajaban por la carretera hasta la costa. Un niño cetrino ofrecía una liebre que nadie quería. El niño se fue volviendo piedra; la piedra se erosionó y llegó a la orilla del mar. Había odas —largas y flacas— que hablaban de ello. Yo escribí Dibujos de ciego. Estaba dormido, cantaba en sueños y no me cansaba de estar muerto entre sus brazos. Los muertos no tienen memoria, no saben que están muertos. Y aquéllos que sí la tienen, pero no saben que están muertos, son los poetas. Aprendí que el deseo no se sacia. El deseo es infinito como el adolescente que quiere volver a su infancia; ese universo que en realidad nunca te abandona. Razón por la cual te está vedado el regreso. Estuvimos también en Bogotá, pero el día se fue oscureciendo y volvimos a México. Pero antes estuvimos en Francia y recordé, volví a contemplar, ahora con Lya, aquella imagen que Ramón Gómez de la Serna me celebró tanto. Decía yo, en 1926, cuando la luna flota sobre la Torre Eiffel “como un huevo sobre un chorro de agua”. París, que siempre será París, era otro; y un destello contra la pupila del ojo, en mi calidad de extranjero, habría podido desencadenar una trágica historia. Pero Lya estaba conmigo.

Los temblores políticos de mi país me fueron sumergiendo en las entrañas de México. Ahora salía a un destino diplomático. El área de competencia era vasta, la Europa nórdica, los fiordos y los bosques, las grandes distancias; el otoño que, pausado, pero imparable, se dirigía al invierno. Y Guatemala se enfermaba, caía en cama víctima de ancestrales dolencias y yo me quedaba pendiendo de un hilo, y de otro. Volví a México, recorrí las mesas de redacción y encontré cabida en los diarios. El Excélsior, principalmente. Cerraba la puerta, Lya regaba las plantas que nos guiaban por el mejor camino. Y con mi suéter me ponía a leer y a leer; también escribía, pero siempre en ese orden.

Cuando no tenía mi suéter, o mi camisa de franela se había escapado llevándome consigo… En ese otro tiempo que se adelgazaba en la tela o se recortaba en el trazo, Agustín Lazo ejercía su imperio y me convertía en un rostro meditabundo de lápiz y carboncillo. No es que a mí me fascinara, pero Carlos Mérida, al óleo, me hacía unos ojos rasgados, como de alcancía; pero debajo, sobre mis muslos, hacía descansar mis manos. El anillo era un adorno que exigía su atención. Agustín Lazo volvió, pero con óleo y en París. Me hizo sentar como un mandarín en una nube donde las hojas de papel descansaban bajo mi cuerpo. Mis manos crecieron desmesuradamente, pero eran incapaces de tocar el piano. Seguía escribiendo poemas de muchos versos donde la soledad, la sangre y los espejos, alejaban toda compañía y destacaban una soledad que José Clemente Orozco, en 1940, me reveló al subrayar el contorno profundo de mis ojos. Las manos fueron cobrando su personalidad y asomaron en el dibujo de José Chávez Morado. Estaba en funciones diplomáticas y mis manos seguían creciendo en los pliegues de mis ropas, en la desnudez del cuerpo de Lya. En ese entonces viajamos. En ese entonces, llenos de luz, a bordo del vapor De Grasse, sucedió aquella fotografía. Esa fotografía tan bella que desdecía el tono de la poesía que por entonces escribía. Lya estaba a mi lado, la tomaba con fuerza de la mano. Yo apenas y sonreía, y ella, bellísima, escudriñaba la lente que nos suspendía en ese instante de total felicidad.

1939 fue declarado por el “Caudillo de España por la Gracia de Dios” como el “Año de la Victoria”. Esta consigna se mandó estampar en los libros que apenas y tocaron el cuerpo muy dolido de una España de posguerra que se quedó suspendida en una historia que, a su vez, se detuvo. Y la maleta de los republicanos se fue perdiendo en los necesarios esfuerzos del día a día. Trabajaba en mi Pequeña sinfonía del Nuevo Mundo. De hecho, ya estaba redactada, pero no escrita, ya que la seguía revisando. Publiqué en México, en 1948, en la Editorial Cvltura —para darme una tregua, mi Poesía; misma que fue cuidada por los poetas Emilio Prados y Juan Rejano. El exilio español fue permeando un jardín que a muchos nos hizo crecer y, a otros, florecer. México era tierra de cultivo.

Mi vida, que siempre estuvo llena de otras vidas, se fue remansando. Tanto la península escandinava como la América del Sur, al igual que la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, con sus pesados edificios rodeados de parques y autos aparcados sobre la acera, se detuvieron. Los paisajes fueron cobrando detalle, crecieron, y Dante, en un panteón cristiano, fue apareciendo con los dioses emanados del maíz y los hombres de metal que se desplazaban por Florencia, al igual que por Antigua, México y New York. En ese escenario, que en gran medida se debió a una respiración que se dibujó en el fraseo de mi Pequeña sinfonía del Nuevo Mundo, estiré un imaginario que pautó la página en el dulce coloquio de los árboles y las piedras. Había dos Dantes más uno. El famoso, el viajero. El menos famoso, el que lo escribió, y el otro, el que solo caminó por las diferentes plazas de mi dilatada Pequeña sinfonía... El otro personaje que iría conformándose en mi escritura, aparte de Dante, ya que la muerte nunca me fue indiferente, fue Lázaro. Convivían y discurrían juntos. Se trataban con cierto afecto que a mí me delataba, pero, pasado el tiempo y las cantigas de rigor, ocuparían –celosos- sus propios e íntimos horizontes.

Lázaro, una vez que fue despertado de su muerte, fue a cepillarse los dientes, ya que lo que más anhelaba era besar a su mujer. Lo hizo con mucho cuidado. Se enjuagó y volvió a repetir el cepillado. También limpió su lengua. Una vez que hubo terminado, juzgó que su cepillo ya no daba para más y lo arrojó al bote de la basura. Apagó la luz y se fue al café, en el viejo centro de Betania, donde se había quedado de ver con su mujer. El cepillo cobró conciencia de su abandono. Pronto sería olvidado entre papeles y desechos. Su vida útil, por decirlo de alguna forma, había terminado. Sin pertenecer a los ejércitos aqueos había asistido a ritos funerarios de carácter solemne. Por caprichos del destino se vio en la carretera contemplando cómo varios cuerpos, apilados en un auto, ardían. Las horas pasaron y él estuvo ahí con una linterna desviando el tráfico. El caso es que Lázaro se publicó en 1994 dos años después de mi muerte. El poema desciende y se anega al pie de la montaña. Hay muchos cambios de metro y de estrofas. Se acelera y desacelera. A Lya la nombro casi al final y escribo que “El cielo está en tus labios.” Así, como si la tuviera enfrente. Pero ella no estaba; tampoco, yo estaba, y me cuidé de recorrer una selva sin ningún afán de cacería alguna; más bien, se trataba de homenajes. Yo ya no estaba, pero mi voz seguía cantando, subiendo por escaleras y bajando por resbaladeros. Es particular constatar que la muerte es una presencia categórica que ensalza la vida; gracias a ella podemos apreciarla, valorarla, tener conciencia de nuestra finitud. Me doy cuenta que siempre la tuve muy cerca. Tal vez por ello los árboles y las piedras asumieron el riesgo de cantar por medio de mi voz. Tal vez esta certeza, de que la muerte subraya a la vida, fue la que me hizo pensar que solo escribimos un único y largo poema en nuestra vida. En mi caso Lázaro, que resucitó de entre los muertos, como yo no lo he de hacer, siguió con esa vocación, con esa tremenda necesidad, de hacer que define nuestro paso por el mundo.

Cuando hice el retrato hablado de Antonin Artaud lo califiqué de viudo, de príncipe de Aquitania, y le colgué el cigarrillo en los labios. Pero la muerte de Lya en 1987, de manera inexorable, me convirtió en viudo. No fui el príncipe de Aquitania, ese papel le sentaba mejor a Artaud. Yo, al cruzar la plaza de Coyoacán, al comprar el periódico y tomarme un café a la vista de todos, fui un Orfeo traspasado por los caprichos de una melancolía que se fue multiplicando. La melancolía pobló un jardín donde aparecieron sílfides y náyades; pero estas, desde sus vaporosas presencias, se metamorfoseaban en Erinias y moscardones que no me dejaban en paz y me visitaban a ciertas horas. Vuelvo a verla con su abrigo rojo sobre la calle frente a la iglesia. No llovía, pero a mí me lo parecía. La emoción cubrió todo mi cuerpo y el anhelo se impuso. Caminamos tomados de la mano. Sabíamos lo que queríamos, pero no sabíamos dónde. Fue entonces cuando tomamos el taxi, cuando soñé el Premio Hispanoamericano Lya Kostakowsky. La primera edición fue en 1993, yo había muerto un año antes, pero me permití estar en la premiación. Eduardo Galeano no se dio cuenta y, obviamente, no les dijo nada a Carlos Fuentes y a Gabriel García Márquez que lo acompañaron en el jurado. Lo ganó, en esa primera convocatorio, Gilberto Prado Galán, un joven autor del norte avecindado en la Ciudad de México. Tiempo después lo visitaría, a él también, el príncipe de Aquitania. Su viudez nunca se vio reconfortada por la brisa del Leteo, más bien transitó las escarpadas pendientes de los Cárpatos y esa pena, que alcanzó a trazar en Ella era el jardín, se le convirtió en un espacio de desolación donde Mina Harker le cerró la puerta en una playa fría y romántica. El otro, aquel que no soy, pero que ha llegado a escribirme, estuvo muy cerca en un momento público de tal historia que yo no alcancé a vivir. Las Erinias y los moscardones acabaron por marcharse. Merodearon por un tiempo, pero las ninfas, caras a Garcilaso y a mi río, terminaron por ahuyentarlas. Morí, es cierto, con los ojos muy enamorados, el 04 de septiembre de 1992.

AQ / MCB

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