Mao Zedong: a 50 años de la muerte del Gran Timonel

Ensayo

Hace 50 años, el 9 de septiembre de 1976, murió Mao Zedong, el hombre más poderoso de China; su agonía fue larga y su legado el de un país arrasado por la inhumana Revolución Cultural.

Mao Zedong, 1893-1976. (AFP)
Ciudad de México /
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Hace 50 años, el 9 de septiembre de 1976, murió Mao Zedong, el hombre más poderoso de la República Popular China; no murió como el Gran Timonel sino como un anciano de 82 años, ahogado en sus propias flemas, rodeado de máquinas hospitalarias y médicos impotentes, pero sobre todo, atormentado por intrigas palaciegas.

Afuera de su alcoba, en los mismos pasillos donde agonizaba, su esposa y líder de la Banda de los Cuatro[1] conspiraba para heredar la revolución, mientras que su guardia y veteranos del Partido Comunista tramaban la contraofensiva que, semanas después, acabaría con todos ellos.

Todo sucedió allí, en el complejo amurallado de Zhongnanhai donde, apenas hace unos meses, Donald J. Trump fue recibido con manteles largos por Xi Jinping, en circunstancias radicalmente opuestas a las de aquel otoño, en que Mao dejaba un país arrasado, principalmente por su última aventura política: la Revolución Cultural, orquestada para purificar la ideología, que terminó paralizando escuelas, factorías y ministerios, empujando a millones al desplazamiento forzado. Sumida en el culto a la personalidad, China quedó internacionalmente marginada.

Nada más lejos del país asiático de hoy que, aunque enfrenta grandes retos, en cinco décadas ha lanzado ambiciosas reformas para reducir la pobreza y robustecer la clase media, con una economía de mercado socialista, especialmente desde su adhesión, hace 25 años, a la Organización Mundial del Comercio, para convertirse en la segunda superpotencia mundial: la “fábrica planetaria” —como la llamó el periodista francés Erik Izraelewicz—, con poderío nuclear y tecnológico, acreedora de Estados Unidos y de muchas otras economías.

En el sarcófago de cristal, sobre el cuerpo embalsamado de Mao Zedong, exhibido en la otrora ensangrentada Plaza de Tiananmen, se construyó la franja económica, conocida como la Ruta de la Seda, con multimillonarias inversiones en trenes, baterías, carreteras, Inteligencia Artificial, puertos, drones, fibra óptica, chips, litio y gasoductos transnacionales. ¿Qué decir de sus abundantes tierras raras y minerales críticos, tan codiciados por nuestros vecinos del norte?

Durante 22 años, el doctor Li Zhisui fue el médico de cabecera de Mao, pero no solo eso. También fue su confidente y compañero de insomnios. Desde 1954, como ningún miembro del Politburó, tuvo acceso de picaporte a la intimidad de Mao, personaje central de ese manual militar de bolsillo: el Libro Rojo.

‘El Este es Rojo’. Obra colectiva. 1967. (Wikimedia Commons)

La vida privada del Presidente Mao (Random House, 1994), best seller mundial publicado tras el exilio estadunidense del médico Zhisui, es el polémico testimonio que rompió el tabú. Desde 2006, mis diez viajes como intérprete a esa nación me han demostrado cuán imposible es entender la China actual de más de 1.4 mil millones de habitantes, sin comprender la patria confinada de Mao, tan magistralmente descrita por el autor, a quien Pekín tachó de traidor, por decir, entre muchas otras cosas, que el dirigente llevaba una vida marcada por el egoísmo, la crueldad, la promiscuidad y la adicción a barbitúricos.

Sin embargo, el singular escritor también aclara que en 1955, cuando empezó a prestar sus servicios al tan reverenciado como temido gobernante, lo admiraba por su capacidad de trabajo, carisma e inteligencia estratégica, aunque con los años, cayó en la decepción.

Guardias Rojos en la Plaza de Tiananmen, Pekín, 1967. (Wikimedia Commons)

Aun así, debatida por algunos académicos y reconocida por importantes historiadores, la desmitificadora biografía, de 638 páginas, de quien estuvo al frente de un equipo de 16 médicos y 25 enfermeras, sigue siendo la fuente más citada sobre la vulnerable intimidad de Mao Zedong, transformador e, irónicamente, también destructor de punzantes realidades.

Desde que se conocieron, el médico se dio cuenta de que su paciente sería el caso más difícil que jamás atendería. Por ejemplo, dice que su primera comida juntos fue una verdadera “pesadilla calórica”, compuesta de cerdo, carnero, pescado y verduras sumergidas en aceite. Por otro lado, ante su preocupación profesional, por la forma en que el mandatario consumía tabaco, Mao le respondía que “fumar es un ejercicio de respiración”.

Testigo de incontables aventuras amorosas, Li también devino en una suerte de verdugo para que Mao se bañara y lavara los dientes, porque solo se enjuagaba la boca con té, para luego masticar las hojas y escupir. “Los tigres no se cepillan los dientes y los peces no pueden vivir en agua pura, ¿verdad?”, era una de sus frases favoritas, cuando Zhisui le hacía ver que un poco más de higiene no le vendría mal, pues le permitiría deshacerse de infecciones, como la pus que le brotaba de las encías o las enfermedades venéreas, que parecían no incomodarle, porque eran como una medalla de oro para las jovencitas contagiadas, para quienes —consideraba— acostarse con el gran jefe era un verdadero honor.

Minuciosamente, Li Zhisui describe el denominado Gran Salto Adelante, cuando la dirigencia maoísta decidió lanzar la industrialización, pero como no sentó las bases para la infraestructura que rompiera con los métodos feudales de producción, la hambruna barrió el país y vació las aldeas.

Uno de los perfiles más interesantes de esta caleidoscópica narración, es el de la cuarta y última esposa del presidente: Jiang Qing, encarcelada a un mes del deceso de su cónyuge, bajo cadena perpetua por delitos contrarrevolucionarios. Tras ser liberada temporalmente, aludiendo problemas de salud, se suicidó en 1991, ahorcándose en el baño de una clínica en Pekín. Tenía 77 años.

Jiang Qing y Mao Zedong con su hija Li Na. (Wikimedia Commons)
Era lista en los detalles pequeños, pero se atontaba ante cosas importantes. Le estaba negada la capacidad analítica. Conocía poco de la historia china y mucho menos del mundo más allá de sus fronteras. No obstante, le encantaba burlarse de las deficiencias de los demás y, después de haber tenido múltiples y fallidos cargos gubernamentales, dedicaba sus días a ver películas importadas de Hong Kong, pues como siempre la aquejaba una u otra enfermedad, decía que ver cine le aliviaba la neurosis.

El día que el presidente Mao murió, ante la preocupación de su médico de que fueran a acusarlo de asesinato, a la viuda se le vio algo contenta. “Nos dimos cuenta de que estaba convencida de que, la presencia del marido, era lo único que le obstaculizaba alcanzar el máximo poder”, escribió Li Zhisui.

No sentí tristeza por su muerte. Al principio, lo alabé, porque lo consideraba el mesías, el salvador de China, pero para 1976, todo eso ya había desaparecido. Mi fe se había extinguido. Una era terminaba. El tiempo de Mao quedaba atrás.
Un trabajador jubilado muestra un retrato de Mao Zedong, días antes de la celebración del cumpleaños del difunto líder. (Reuters)

[1]La Banda de los Cuatro estaba integrada por Jiang Qing, cuarta esposa de Mao y figura principal del grupo; Zhang Chunqiao, ideólogo y alto cargo del partido en Shanghái; Yao Wenyuan, crítico literario y propagandista, y Wang Hongwen, dirigente obrero.

AQ / MCB

  • Lilia Rubio
  • Intérprete y traductora; ha formado parte de los equipos de interpretación presidencial en México.

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