Es la casa de mis padres, pienso, ya que puedo ver a través del ventanal el pequeño jardín y el durazno que se balancea, mecido por un viento ligero. Hay, en la sala, un grupo de personas desconocidas que parecen conversar —como solía suceder— sobre diversos asuntos; pero, entre todos, destaca una figura que me resulta familiar. Menuda, vestida de negro, María Zambrano me sonríe y sin decir palabra me tiende una mano blanca, una mano delicada en la que asoma un trazado de venas muy finas. Me aproximo con cierta reverencia y beso su mano al tiempo en que le expreso mi admiración por sus libros, “los tengo todos, deben estar por aquí”. Al volverme para buscarlos la escena se modifica y me encuentro frente al mueble con puertas de vidrio que muchos años después, ya lejos de aquella casa paterna, compré para colocar en él algunos de mis libros predilectos. Ahí está la primera edición de Claros del bosque, publicada en 1977 por Seix Barral en su colección Biblioteca Breve. ¿Y los demás? Avanzo entonces por un pasillo angosto, poblado de libreros, donde los volúmenes que albergan el pensamiento de la gran filósofa española, por más que los busco, no aparecen. Vuelvo a la escena inicial, portador de ese único libro, apenado por no haber encontrado los otros para mostrarlos a María. Ella sigue ahí, sentada en el sofá de la sala, ajena a lo que sucede a su alrededor, se ha puesto a escribir en una libretita. Una nube que se posa sobre el jardín oscurece la estancia y el viento de este frío comienzo de año se afila sobre el tejado de casa y me despierta.
“Los libros que has de leer y las mujeres que has de amar llegarán a ti irremediablemente”, escribió, con acierto, André Maurois. Y así fue en mi caso con Claros del bosque. Diré más, hay libros que son imanes, libros que generan en el espacio de las librerías una suerte de zona gravitacional hacia la cual somos atraídos sin remedio. Pero puede suceder que, aun a la vista del libro en cuestión, aun sosteniéndolo en las manos, atraídos doblemente por la belleza de su título y el diseño de su portada, nos demos cuenta, al hojearlo, que no estamos todavía listos para ese libro. Así que, no sin cierto pesar, volvemos a colocar el volumen en su sitio y nos alejamos de ahí, invadidos también por la sensación de que no hemos de volver a encontrarlo, de que tal vez era un “aquí y ahora”, que no se repetirá.
Claros del bosque fue mi primer encuentro con María Zambrano y ocurrió exactamente tal como lo cuento líneas arriba, durante mis días felices de estudiante universitario, una época durante la cual dedicaba las ociosas mañanas —las clases eran vespertinas— a recorrer, con escaso dinero en el bolsillo aunque con una suerte de emocionada expectativa, las librerías que por aquel entonces se prodigaban en el centro de Guadalajara: Casarrubias, Font, Moya; Don Quijote, El Topo, Jardín de Senderos… hoy todas ellas desaparecidas. Tuvieron que pasar unos años, para que, ya más espabilado, volviera a encaminar mis pasos a esa librería: el libro estaba ahí, en el mismo lugar donde lo había dejado, esperándome.
No cometeré la audacia de reseñarlo, diré que es uno de mis libros más queridos, al que vuelvo una y otra vez cuando la tenue flama de mi atolondrado espíritu parece languidecer y encuentro siempre en él la sabiduría y el consuelo indispensables. Un libro central en la numerosa bibliografía de María Zambrano que, como ese claro al que refiere su título, es un organismo vivo, al que se llega sin buscarlo, como advierte su autora: “es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada en ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido”. El libro, como un oráculo sutil, habrá de ofrecer, mejor que respuestas, vías, caminos, senderos más o menos agrestes para transitarlo. Ella misma lo consideraba “como algo inédito salido de ese escribir irreprimible que brota por sí mismo y que ha ido a parar a cuadernos y hojas que nadie conoce, ni yo misma”. Pero apenas escribo la palabra “oráculo”, me detengo. Lo pienso mejor. En verdad no hay nada sibilino en ese libro. Ninguna profecía, ningún mensaje cifrado o forzadamente enigmático. Y, sin embargo, al releerlo, no dejo de experimentar el azoro ante una escritura que se aleja del racionalismo puro, disuelve los límites entre filosofía y poesía, al afirmar, con pasmosa serenidad, que el claro del bosque es un templo “hecho por sí mismo”, que “todo es revelación” y que “no hay infierno que no sea la entraña de algún cielo”.
Durante sus largos años de exilio tras la derrota republicana, lejos de su patria, María Zambrano vivió una breve temporada en México, donde impartió cátedra en la Universidad Nicolaíta de Morelia. En 1988 fue la primera mujer en recibir el Premio Cervantes. Dejó esta dimensión un 6 de febrero, a los ochentaiséis años. Fumaba cigarros en una larga boquilla de ébano y amaba a los gatos casi tanto como a su hermana Araceli. Pidió que en su lápida se inscribiera la frase latina del Cantar de los cantares: “Levántate amiga mía y ven”.
AQ / MCB