El jueves 22 de febrero de 1962 Marilyn Monroe entró al salón Tesoro del hotel Hilton, en avenida Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, para ofrecer una conferencia de prensa. Portaba un sencillo vestido camisero en verde pálido diseñado por Emilio Pucci, diseñador, también, del vestido blanco ondeante en la foto tomada en el metro neoyorquino para la secuencia de La comezón del séptimo año, dirigida por Billy Wilder en 1955. Desde entonces, y hasta su muerte, fue su diseñador de cabecera. La esperaba una marabunta de fotógrafos para retratar a “El dulce ángel del sexo”, como la describiera Norman Mailer en el libro biográfico publicado en 1973. Marilyn había llegado a México, dos días antes, el martes 20. Partió el 2 de marzo. Además de la polémica foto de Antonio Caballero, destacan las 18 tomas, en la misma sesión, capturadas por Humberto Zendejas (1933-2012), el fotorreportero enviado por el semanario Órbita, dirigido por Héctor Pérez Verduzco, que hoy forman parte del acervo del Museo del Estanquillo y de la fiebre colectiva de un Distrito Federal en blanco y negro que muy pocos recuerdan pero que contribuye a la idealización de un mundo que nunca fue.
En esos días, casi de ficción, se respiraba la tensión provocada por los nuevos libros de texto gratuitos, debido a su “laicidad”, entre otras incomodidades. Sin embargo, la visita de Marilyn, lejos de incomodar, se acomodó en todas las secciones de los periódicos, incluidas las de política y las primeras planas. Un acontecimiento así permanece entre los favoritos tanto para la sociología de la nostalgia como para su mercantilización.
Quizás ahora existan muchos espacios virtuales dónde repasar el recorrido de diez días de Marilyn Monroe en México, y se deben no solo a que celebramos el centenario de su natalicio, sino que, ante el vertiginoso cambio que ha transformado al otrora DF en la Ciudad de México, secuencias como esta visita son refugios emocionales ante las crisis que generan los cambios. Emocionarnos por esta visita a una capital que ya no es nos cohesiona en el presente. Esta necesidad la intuyó Humberto Zendejas, quien sobrevivió su vejez vendiendo recuerdos impresos en blanco y negro en el corredor de arte que ocupó el camellón de la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma Norte, hasta 2012, cuando murió.
Fue en ese camellón donde muchos coleccionistas anónimos y no tan anónimos —como Pedro Valtierra y Carlos Monsiváis— incluyeron en sus acervos fotos de artistas, entre ellas la serie de Marilyn Monroe, que se expuso en las vitrinas del pasaje Zócalo-Pino Suárez del Metro, en 2009. Tal y como era: Marilyn Monroe en México fue la única exposición que Humberto Zendejas tuvo en vida. Las fotografías que daban constancia de una visita legendaria no solo homenajeaban a Marilyn, sino que descubrían un archivo desconocido, valioso no solo por los retratados, sino por el ojo de su autor. La serie atrajo la atención de la curadora y promotora cultural Gloria Maldonado Ansó, quien la adquirió, entre muchas otras fotos, por cien pesos cada una. El investigador y curador Horacio Muñoz, especialista en archivos, entendió la importancia de rescatar este acervo y trabajó en ello, digitalizó y organizó 28 mil negativos, además de realizar alguna curaduría. Por desgracia, Humberto Zendejas murió sin ver la promoción de su trabajo, como la exposición “Brindo por México”, Marilyn Monroe a 55 años de su visita a México y su fallecimiento, en el galería del cine Villa Olímpica, en 2017, que despertó en mí la curiosidad por revivir los pasos de Marilyn Monroe en México.
De lo que sí le dio tiempo fue de dar una que otra entrevista a medios de comunicación que acudían a buscarlo en su puestito de fin de semana en la colonia Roma para preguntarle una y otra vez sobre aquel día que fotografió a Marilyn Monroe en un hotel que fue destruido por los terremotos de 1985. A través de sus palabras e imágenes se ha continuado dibujando el recuerdo del paso de una mujer que este año cumpliría cien años y que murió hace 64, quien, a diferencia de María Félix, como declara Zendejas, “nos hacía sentir frío”, transmitía una inocencia pícara.
Son extraños los caminos de la nostalgia. Más allá de esa inocencia estudiada, como la calificó el fotógrafo (“producto de la mercadotecnia del cine estadunidense, pero que sabía exteriorizar muy bien en cualquier terreno”), en las hemerotecas aún está la constancia de que, durante esa rueda de prensa, Marilyn elogió a Cantinflas, expresó su deseo de filmar con él y declaró que el cine mexicano le parecía violento y pasional. Con simpatía inteligente, respondió las preguntas sin gracia, como si le gustaría enamorarse de un actor mexicano, a la cual respondió que bastaba que fuera mexicano; o cuál era su opinión sobre la hazaña de su compatriota el astronauta John Glenn, quien acababa de circunnavegar la Tierra, a lo que contestó: “En la misma fecha también hice un vuelo atrevido: vine a México”. Ese mismo día comió en El Taquito, ubicado en la calle Del Carmen en el Centro Histórico, donde se echó un tequila y se fotografió con un grupo de mariachis para después lanzarse a Coyoacán, a la casa del Indio Fernández y Columba Domínguez, quienes le tenían preparada una reunión (ya se sabe que en México “mi casa es tu casa”). Tras brindar y departir en La Escondida, donde antes habían sido recibidas Greta Garbo y Maria Callas, regresó a su hotel, para al día siguiente, viernes 23, levantarse temprano para ir a Teotihuacán.
Marilyn continuó llenando no solo las conversaciones sino las páginas de los periódicos. Así había sido desde su arribo, y tras su encuentro, el miércoles 21, con el presidente Adolfo López Mateos en la Residencia Oficial de Los Pinos, donde le expresó su deseo de visitar alguna casa cuna. Luego, cuentan las crónicas periodísticas, marchó rumbo a Xochimilco, muy bien custodiada por una escolta oficial. Una semana después, el jueves 1 de marzo, aquel deseo se convirtió en realidad. Acompañada de Eva Sámano de López Mateos, visitó la sede del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI) y entregó un cheque de mil dólares como donativo.
Si bien no hubo noticias de sus andanzas en México, entre el lunes 26 y el miércoles 28, su viaje a Taxco, durante el fin de semana del 24 y el 25, sí fue noticia, y lo siguió siendo hasta este siglo XXI. En 2009, el cronista de Taxco, Javier Ruiz, relató que, durante aquella travesía, además de buscar muebles —ya que quería amueblar su casa estilo campirano—, trató de conocer a William Spratling. Se ignora si coincidieron, lo que sí se supo es que en el Hotel Borda la esperaba el actor mexicano José Bolaños, a quien se cree llamó antes de morir el 5 de agosto de 1962, y quien la acompañó a la entrega de los Globos de Oro, inmediatamente después del viaje a México, donde recibió el premio a la actriz favorita del cine mundial. Mucho se ha especulado sobre “el novio mexicano” a quien, de acuerdo con el periodista Ricardo Perete, había conocido en Hollywood, y quien seguramente la acompañó de regreso a Chiconcuac, donde se compró un suéter en la tienda La Guadalupana con el que posó para George Barris, en las calles de Santa Mónica. Nadie imaginaba que esta sería su última sesión fotográfica ni que ese suéter mexicano sería subastado, 37 años después, en 1999, por 167 mil dólares, en Christie's Londres. En esos días, María Félix filmaba en Taxco la película La Bandida. Corren los rumores de que Marilyn Monroe expresó sus ganas de conocer a la diva mexicana, pero que el encuentro no sucedió. Lo que sí sucedió fue su encuentro, un día antes de partir, con Luis Buñuel en los Estudios Churubusco durante el rodaje de El ángel exterminador.
¿Después de Taxco se fue con Bolaños a Acapulco? ¿Qué hizo antes de su encuentro con la primera dama del país? Quizá sí fue a Toluca y compró unos tepalcates, como sucede en Con M de Marilyn, novela de Rafael Ramírez Heredia, o visitó el rancho de un personaje influyente en Metepec o fue a comer a Cuernavaca con su paisano Frederik Vanderbilt o John Huston le hizo una cita con su amiga Katy Jurado o simplemente descansó en el hotel Hilton antes de retomar su obligación de ser encantadora y sensual.
Tras la muerte de Humberto Zendejas, los 18 negativos de formato 6x6, junto con el resto de su acervo, están en poder de su familia. El Museo del Estanquillo conserva aproximadamente quinientos impresiones (la mayoría donadas por Gloria Maldonado y Horacio Muñoz, sumadas a las adquiridas por el propio Monsiváis), entre ellas la serie de Marilyn, como prueba de aquella visita al Distrito Federal. Imágenes en blanco y negro que reiteran lo que Carlos Monsiváis escribió, en 1969, en el texto “Marilyn como pretexto para hablar (entre otras cosas) de Marilyn”, publicado en la Revista de la Universidad de México: “El mito puede ser una reducción, una síntesis cualitativa de todas las imágenes vistas y recorridas y padecidas y gozadas. Marilyn Monroe es, antes que otra cosa, antes que símbolo o alegoría, una presencia cinematográfica, una sensualidad jubilosa, cuya melancolía es atribución nuestra, cuya tristeza ha sido colocada por nosotros, cuya sensación de fracaso es, finalmente, de orden extracinematográfico. Marilyn es definitivamente una imagen de vida”.
Foto Cortesía Colecciones Carlos Monsiváis Museo del Estanquillo/ Fotos de Humberto Zendejas donadas por Gloria Maldonado Ansó
AQ / MCB